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dimecres, 6 de maig del 2009

LARRY HOLLINGWORTH, ex coronel británico que ha coordinado 12 misiones de la ONU

"Creo más en las personas que en las banderas"



Tengo 69 años: con mis alumnos de la Universidad de Fordham soy un chaval. Soy de Liverpool y "Never walk alone": único himno de fútbol que apela a la solidaridad. Católico, pero las peores guerras son de religión. Colaboro con el Centre Internacional per la Pau de Barcelona



Serví al ejército británico durante 30 años en 19 países, pero en zonas en conflicto siempre veía a los voluntarios humanitarios jugándosela más que nosotros...

Ustedes llevaban armas.
... Y además veía que ellos conseguían mejorar cosas: alimentos, agua, sanidad. Los misioneros eran magníficos: ¡qué generosidad entregando su vida! ¡Y qué eficacia ayudando! Yo quería ser uno de ellos.

De soldado a monje.
El problema es que yo sabía que el voto de pobreza -siendo ya soldado- no me costaría mucho cumplirlo, pero el de castidad...

Comprendo.
... Así que ingresé en el Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU (Acnur) y mi primera misión fue dirigir un campo en Sudán con 68.000 refugiados ex soldados de Megiste que habían huido desde Etiopía. Mi obsesión era que volvieran a sus casas.

Los refugiados suelen eternizarse.
Lo que hice fue conseguir primero la aprobación del nuevo régimen etíope, que, para mi sorpresa, no se negó a aceptar que aquellos soldados volvieran a su país.

Bien.
Después pedí el dinero para pagar el regreso de los refugiados a varios países a cuyos diplomáticos convencí de que era más caro mantener el campo que la repatriación.

Buen argumento.
Lo hice tan bien que me premiaron con otra misión: 72.000 refugiados somalíes en Kenia. Y, de nuevo, el reto no era tanto abrir el campo como cerrarlo; pero estalló la guerra de los Balcanes y me mandaron allí.

Aquello fue una carnicería europea.
Mire, yo cada vez creo menos en las banderas, estados, países, instituciones, y más en las personas: usted, yo, este señor que me hace fotos, con nombre y apellidos y amigos y familia. Por eso me rebelo cuando se habla de "los militares", que si son así o asá, o "la ONU", que si hace esto o lo otro...

Lugares comunes.
¡Tonterías! Cada militar -yo lo fui 30 años- es un mundo y cada oficial de la ONU, igual. Hay tipos magníficos y deleznables, y sucede igual en cada conflicto de la docena en los que he tomado parte: la verdad y la justicia se acaban cuando dejamos de llamar a las personas por su nombre y empezamos a hablar de bandos, banderas y causas.

Es inevitable: somos seres tribales.
Pero no pueden reducirnos a una tribu. Antes somos personas, y lo he comprobado en mis misiones y en mis propios grupos de mediación: cuando dos personas en principio de bandos enemigos se conocen por el nombre y se tratan y se enseñan las fotos de las familias y hablan de fútbol..., ¡por Dios, se les hace imposible volver a dispararse!

Esa es la esperanza.
Por eso digo que en Sarajevo, donde coordiné a la ONU, el problema no era militar sino psiquiátrico: cada mañana, una serie de tipos que habían dormido en sus casas subían a las colinas como quien va a la oficina y desde allí masacraban a sus 300.000 propios vecinos bombardeándolos.

De psiquiatra: cierto.
Y yo le diré por qué: fue tan perverso porque era una guerra no por intereses materiales, sino una guerra de religión: había católicos, musulmanes, ortodoxos: era una guerra de identidad. Todas esas complicaciones que creíamos haber resuelto en Europa.

... Y no.
Si se trata de repartir un país o unas riquezas, siempre puedes llegar a un pacto, pero si quieres afirmar tu religión e identidad sobre las demás, ¿cómo te vas a poner de acuerdo! Esa guerra no se acaba nunca.

Ustedes hicieron un buen trabajo allí.
Aún me cuesta entender aquel odio: tuve que negociar con tipos que se negaron a que entrara en el cerco... ¡anestesia para operar! Y se operaba sin anestesia entre horribles alaridos. Fue brutal: un reto para mi mente peor que el de cualquier otra guerra.

¿Adónde le enviaron después?
A Abjasia. Y allí aprendí que si una guerra sale en la tele, tal vez se solucione, pero si no sale, seguro que no se soluciona. Pedí dinero para los refugiados, pero los donantes ricos no sabían ni dónde estaba Abjasia, así que fracasé: si trabajas con y para las personas, tienes que acostumbrarte a fracasar.

Intentarlo ya es un éxito.
De allí me enviaron a Chechenia: ¡qué aterrados estaban los soldados rusos! ¡Y qué estupidez y crueldad la de sus mandos! Allí pasé mucho miedo: secuestraron a un compañero mío de la ONU y nadie me aseguraba que no me dispararían.

Me cuesta imaginarle atemorizado.
¡Pues lo he estado: créame! Y eso que yo tenía la bandera de la ONU y vehículos y dinero, pero a mi lado había ONG pequeñitas sin nada que se arriesgaban más que yo y lograban más cosas. Eso me infundió valor.

¿Su peor destino?
Mi año en Yenín, Palestina. Traté de organizar la reconstrucción y sufrí las mismas dificultades de los palestinos: están en una cárcel sólo por serlo. El Estado israelí dirige en Palestina el más eficaz programa de formación de terroristas palestinos del mundo.

No todos los israelíes piensan igual.
Espero que Obama evite que se perpetúe el odio en esos jóvenes palestinos encerrados entre muros sólo por haber nacido allí generación tras generación. Y allí de nuevo las ONG -algunas con judíos y musulmanes- desafiando a los tanques israelíes nos dieron lecciones de coraje.



Guerrero por la paz

¡Qué magnífica mañana de aventuras paso con el coronel Hollingworth! Sólo lamento no tener espacio aquí para tanta audacia y generosidad en todas sus guerras por la paz: no me cabe Iraq ("disolver el ejército iraquí fue una estupidez que costó miles de vidas: con cambiar a sus generales era suficiente"); su mediación en Timor Oriental -todo un éxito-; Líbano y Pakistán... Y, sin embargo, el coronel siempre encuentra a alguien -una pequeña ONG desconocida- que hizo más que él por salvar a los niños de un campo de refugiados con un cargamento de leche en polvo o a las mujeres de un bombardeo. Los auténticos valientes -concluye con una sonrisa- son los que no llevan armas.



LLUÍS AMIGUET



dijous, 12 de febrer del 2009

EMAN AMAD, arquitecta palestina: trabaja en la conservación del centro histórico de Nablús

"Sólo lograremos algo si luchamos, pero sin armas"


Tengo 51 años. Nací en Nablús en la afortunada familia de un profesor. He vivido toda la vida bajo ocupación israelí. Que los palestinos usemos la violencia sólo da la razón al militarismo israelí: seguirán machacándonos. Colaboro con la Universitat Internacional de Catalunya


Aquel oficial israelí, cuando me oyó explicarle en inglés que no había nada que temer de nosotros, me miró y vi en sus ojos que tenía más miedo a razonar conmigo que a que yo llevara una bomba oculta...

¿Cómo está tan segura?
Lo sentí. El ejército israelí había entrado de nuevo en Nablús. Era el 2002 y la intifada les hizo intervenir: nos echaron de nuestra casa cinco días para alojarse ellos...

¿Qué le pedía usted al oficial israelí?
Que por favor no robaran ni rompieran nada de nuestro hogar; que queríamos volver. Yme lo prometió: "No somos así: usted encontrará su casa tal como la deja".

...
¡Y no robaron nada! La verdad es que estaba igual que cuando la dejamos. Sólo habían amontonado en el garaje la basura de los cinco días en que habitaron nuestra casa.

¿Por qué dice usted que aquel oficial tenía miedo a razonar?
Porque les rompe los esquemas que intentes hablarles en inglés de persona a persona. No entra en sus previsiones.

Las palabras no matan.
Les es más fácil manejar a palestinos cuyo árabe no entienden, y que pueden reducir al estereotipo de palestino que les inculcan, que a razonar en inglés con personas diversas, como lo son también los israelíes, porque no todos los israelíes ni los palestinos pensamos igual ni queremos lo mismo.

Eso parece obvio.
Aquel oficial vio que éramos como ellos: sólo tratamos de sobrevivir. Yo le dije la verdad: que rechazo la violencia.

Yo no diría que Hamas la rechaza.
Ustedes pensarán que soy una ingenua...

...
... Pero mi rechazo de los cohetes de Hamas y de cualquier violencia no es sólo una actitud ética. Es una constatación pragmática. Es una estupidez para los palestinos intentar competir militarmente con Israel.

¿Por qué?
Es dar la razón a los militaristas israelíes, que se ven justificados por esos cohetes de Hamas. Es seguir su lógica de la fuerza bruta, porque ellos tienen y tendrán siempre más: todo el complejo militar industrial estadounidense. Mientras no dejemos las armas, los israelíes nos machacarán. Debemos luchar, por supuesto, por una existencia digna y en paz, pero no con las armas.

¿Y qué propone usted?
No soy ninguna profeta ni líder. Sólo soy una arquitecta que quiere hacer su trabajo en paz. Ya no me fío de ningún partido. Sólo me limito a señalar un ejemplo: el de Nelson Mandela.

Mandela también empezó su lucha con el ANC empuñando las armas.
... Pero sólo consiguió avanzar cuando las dejó; fue inteligente y convenció a los suyos de que el apartheid salía reforzado cada vez que se enfrentaban a él militarmente.

No veo ningún Mandela palestino.
¡Ni yo! Si simplemente tuviéramos un mínimo de inteligencia política en nuestros líderes... Pero ya le he dicho que desespero de los partidos, lo que no quiere decir que renuncie a pensar y a decir lo que pienso.

¿Quién le enseñó a pensar?
Mi padre, Mohamed Amad, ha sido un intelectual palestino reconocido. Siempre me ha dicho que las mujeres somos igual que los hombres y me ha animado a estudiar: él quería que fuera médica, pero yo preferí ser arquitecta, y por eso estoy aquí.

¿Su padre hacía política?
Fue nacionalista árabe, pero cuando yo tenía diez años vinieron a buscarlo los militares israelíes y le dispararon quince balas en la espalda. Sobrevivió. Después volvieron a detenerlo dos veces. Mi madre fue una refugiada a la que expulsaron de su casa, cerca de Haifa. Siempre dice que se había comprado un bañador pero no pudo estrenarlo.

¿Y usted?
Yo he vivido bajo la ocupación. En 1975 fui a estudiar a la Universidad de Ammán. La mía ha sido siempre una vida afortunada, excepto por la humillación de ser de segunda en mi propio país y hacer colas en los controles: a veces cinco minutos; otras cinco horas y otras que los cierran porque sí.

¿Qué le decía a aquel oficial israelí?
Hablamos. Los israelíes no ven nada malo en ocupar otro país. Les han enseñado que somos nosotros los que ocupamos su tierra. Lástima que nadie nos enseñe a todos a vivir juntos como habíamos convivido durante siglos sin importar nuestra religión.

Usted no lleva velo.
No.

Tiene los ojos azules.
Los palestinos somos una gran mezcla racial y cultural, como todos los pueblos mediterráneos: hay musulmanes o cristianos; morenos o pálidos... Es una estupidez considerarnos una sola etnia y una sola religión, y más aún aspirar a serlo.

¿Qué hace como arquitecta?
Intento conservar el centro histórico de Nablús. Es un laberinto burocrático, porque desde los acuerdos de Oslo -un error- hay un área A, bajo mandato palestino; una B, compartida, y una C, que sólo controla Israel. Pese a todo, intento conservar Nablús para toda la humanidad.

Pues gracias.
Da sentido a mi vida en este caos, y también dar clases en la Universidad An Najah. A mi padre, que aún escribe poesía, le gusta que enseñe. Él también fue profesor.



Conflictos y personas

Vayas o no en peregrinación a Tierra Santa, ella viene a buscarte: llega Amad a la UIC a enseñar arquitectura y arriba hoy Avishai Margalit, filósofo de la Universidad Hebrea de Jerusalén, a disertar en Barcelona y a entrevistarse con La Contra. Detrás de los grandes conflictos siempre hay personas más o menos de nuestro tamaño. Espero que en el tú a tú del diálogo entre iguales encontremos más luz que en las diatribas de los políticos en campaña. Eman -la veo dudar- antes de decir lo que piensa, piensa mucho lo que dice. Espero que nadie la obligue a arrepentirse de decirlo. Me ha sorprendido su serenidad y lucidez, cuando temía encontrar despecho, recelos y retórica panfletaria.



LLUÍS AMIGUET



dissabte, 22 de novembre del 2008

ZOYA PHAN, representante de la premio Nobel de la Paz birmana SUU KYI

“Los generales birmanos han intentado asesinarme tres veces”





Tengo 28 años. Nací en Manerplam (Birmania) y vivo en Londres desde hace un año. Coordino la campaña internacional a favor de la democracia y los derechos humanos en Birmania. Estoy soltera. ¿Política? Democracia, libertad. Soy animista. Los militares arrasaron mi aldea


¿Cómo está Suu Kyi?
El régimen militar la mantiene aislada, confinada en su domicilio, incomunicada.

¿Secuestrada?
Detenida, oficialmente.

¿Por qué?
Los generales la temen. Ella aboga por los derechos humanos, la democracia, la libertad, y es una mujer firme, carismática, muy querida por los birmanos.

Y con un premio Nobel de la Paz.
Esos premios internacionales (como el Premi Internacional Catalunya, que acaban de concederle aquí) son los que la blindan y le salvan la vida: los generales no la eliminan para ahorrarse un escándalo internacional.

¿Qué podemos hacer para ayudar a los birmanos a librarse de la dictadura?
Presionar a vuestros respectivos gobiernos. El actual Gobierno de España, por ejemplo, mantiene tratos con el régimen dictatorial militar de Birmania.

No sabía...
Por intereses económicos, como Alemania y Francia. Impiden que la UE apruebe sanciones económicas contra el régimen birmano.

¿Eso funcionaría?
Es lo que más puede molestar a la dictadura. Y, sobre todo, ¡es una cuestión moral! Si España valora la democracia, debería promoverla también para Birmania, ¿no?

Todos vimos a monjes budistas manifestarse...
No pudieron soportar más la postración de la gente. Los monjes siempre han estado junto al pueblo.

¿Qué ha sido de ellos?
Mataron a muchos, otros se han ocultado en la jungla, detuvieron a los líderes... Hay terror en los monasterios, represión.

¿Cómo ven los birmanos a esos monjes?
Como a héroes. Los birmanos siempre han sentido un enorme respeto por los monjes.

¿Qué sistema político desearía usted para su país?
Una unión federal democrática, con autonomías como las españolas para los territorios con identidad propia, como es el caso de la etnia karem, la mía, al este del país.

¿Podría ser un día Suu Kyi presidenta de Birmania?
La mayoría de la gente estaría encantada de votarla como presidenta, por sus virtudes cívicas, por su valor, su coraje.

Si mandase usted, ¿qué haría primero?
Cubrir las necesidades sanitarias y educativas, las mayores carencias de mi gente. ¡Los militares se gastan hoy en armas la mitad del presupuesto nacional! En 1988 cerraron las universidades, quemaron libros... Hoy sólo reciben educación los hijos de los generales y sus familias.

¿Y el resto?
Esclavos. Millones de personas explotadas como esclavos. Se quiere sumir a la gente en la ignorancia y la indignidad.

¿Qué recuerda usted de la suya?
Recuerdo la felicidad de la vida en mi aldea, con mi familia, jugando con los búfalos de agua junto al río, con la jungla a la puerta de casa... Hasta que, a los 14 años, los militares nos bombardearon.

¿Por qué?
Por ser de la etnia karem, minoritaria, pero que reclamamos nuestros derechos. La tierra temblaba bajo las bombas, y tuvimos que huir del pueblo con lo puesto y un poco de comida.

¿Adónde fueron?
Nos internamos en la selva. ¡Dramático! Mucha gente, herida, murió por el camino. Mi madre sufrió un ataque cardiaco. Sin tratamiento médico, aquello la mató poco después, estando ya refugiados en Tailandia.

¿Hay muchos refugiados allí?
Miles, viviendo en campos junto a la frontera birmana. Un lugar peligroso para mí... He tenido que abandonarlo este año, y ahora vivo en Londres, por seguridad.

¿Por qué es peligroso para usted?
Han intentado asesinarme tres veces: los generales birmanos envían a agentes secretos a Tailandia para eliminar a opositores molestos. Ya me han puesto una bomba en el coche, que descubrimos a tiempo.Y contrataron mercenarios para tirotearme, pero afortunadamente uno se arrepintió...

¿Por qué les resulta usted tan molesta?
En el exilio en Tailandia, mi padre se convirtió en líder de la comunidad karem, un activista opositor del régimen militar birmano. Y el pasado enero, después de varios intentos, los generales birmanos enviaron a mercenarios que lograron asesinarle.

Lo siento mucho...
Yo sigo luchando en memoria de mi padre y en favor de mis compatriotas .

¿Tiene familiares en Birmania?
He roto todo vínculo con ellos, para evitarles daños. Tengo un hermano en Canadá, una hermana conmigo en Londres,y mi hermano mayor está con los refugiados en la frontera, corriendo también peligro...

¿Ha tenidousted contacto reciente con Suu Kyi?
Tiene prohibido recibir visitas, correo y llamadas. Pero un médico la visitó hace poco y sabemos que está bien de salud.

¿Sueña con reunirse un día con ella en Birmania?
Lucho para eso. Veo el sufrimiento de mi gente, y sueño que Occidente da una respuesta firme a los generales y que se acaba la sistemática limpieza étnica en Birmania.

¿Volvería a su casa?
Ahora mi casa está ocupada por militares y toda mi aldea está sembrada de minas.


Incomunicada

Inspirada en Gandhi y en el budismo, Suu Kyi inició una lucha por los derechos humanos y la libertad de su país, hoy aherrojado por una camarilla de tiránicos generales, unos criminales que han devastado poblaciones enteras en Birmania y que han ordenado disparar contra monjes inermes. Por su lucha en favor de la democracia y la autonomía de las etnias de Birmania, Suu Kyi vive confinada e incomunicada. Recibir el premio Nobel de la Paz en 1991 la ha protegido, y la semana pasada la Generalitat le otorgó su Premi Internacional Catalunya, que reconoce a personas destacadas por su alto compromiso ético y humanístico. Su amiga Zoya Phan viajó a Barcelona para recoger este merecido premio.


VÍCTOR-M. AMELA
(Foto: Mané Espinosa)