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dilluns, 10 d’agost del 2009

IGNASI RIBAS, astrónomo que busca planetas aptos para la vida

"Tiene que haber más vida en otros planetas, y yo la busco"



Tengo 38 años. Nací en Manresa y vivo en Vacarisses. Soy astrofísico, especializado en exoplanetas. Estoy casado y tengo dos hijas, Laura (3) y Anna (6 meses). Soy liberal. No soy religioso ni antirreligioso: simplemente ateo. Un rayo de sol tarda ocho minutos en llegarnos.



Hay vida ahí afuera?
Yo creo que el universo está lleno de vida.

Es una creencia...
Basada en la experiencia: siempre que nos hemos creído singulares, la ciencia ha desbaratado tal presunción.

¿En qué clase de vida extraterrestre piensa?
Sabemos que la vida es viable en condiciones extremas: ¡abrámonos a cualquier posibilidad! De entrada, busquemos otros planetas similares al nuestro...

¿Cuántos hay por ahí?
En otros sistemas solares de esta galaxia, puede haber miles de millones. Y en el resto de las galaxias, ¡cientos de miles de millones!

¿Planetas con vida?
Planetas con posibilidad de albergar vida. Son los que buscamos: cuando localizamos un exoplaneta, mi trabajo consiste en discernir sus condiciones para la vida.

¿Exoplanetas?
Así llamamos los astrónomos a todo planeta externo a nuestro sistema solar: por ahora, 350 planetas en torno a 320 soles.

¿Cuál es el más cercano a nosotros?
Epsilon Eridani, a 10 años/luz. Un año luz es la distancia que la luz recorre en un año.

Dígamelo en kilómetros.
Está a casi 10 millones de millones de kilómetros. Los exoplanetas más lejanos por ahora detectados están a 100 años/luz...

A distancias tan fabulosas, ¿podemos saber algo de esos planetas?
Analizamos las variaciones provocadas por su tránsito ante su estrella: deducimos tamaño, masa, densidad, velocidad de su órbita, composición de la atmósfera del planeta...

¿Y cómo son esos planetas?
La mayoría son gigantes de gas, jupiterinos.

¿Cuál es el más raro?
Algunos tienen densidades tan bajas que flotarían en el agua. O un año dura 20 horas. O tienen temperaturas de más de 2.000 º C...

¿En qué caso usted pensaría: "Ahí puede haber vida"?
En el caso de que ese planeta retuviese en su superficie agua líquida.

¿Y de qué depende eso?
De no orbitar demasiado cerca de su sol (el agua se evaporaría) ni demasiado lejos (el agua se congelaría). Y de tener la masa idónea para retener atmósfera…

¿Con qué gases, esa atmósfera?
Algo de oxígeno, metano y CO2, porque estos gases son biomarcadores.

¿El C02 ?
Sin el C02 estaríamos muertos: ejerce de termostato natural, regula y suaviza las temperaturas del planeta, evitando que sean extremas. El oxígeno y el metano son subproductos de seres vivos: las plantas expelen oxígeno, y vacas o las termitas expelen metano...

¿Qué más necesita un exoplaneta para ser viable para la vida?
No haber padecido grandes traumas, como potentes impactos de meteoritos. A la Tierra le sucedió a pocas decenas de millones de años de formarse: el choque con un planeta del tamaño de Marte le arrancó una parte, la Luna. Pero luego la Luna ha ejercido de estabilizador del eje de la Tierra...

¡Cuántas singularidades, la Tierra...!
Otra: Júpiter ha bombeado hacia la Tierra meteoritos de hielo, cuyo agua habría colmado de océanos la Tierra. Y el tamaño de Júpiter nos libera de asteroides...

¿Y de verdad sigue confiando en hallar un exoplaneta como la Tierra?
Hay días en que dudo. Pero nuestra galaxia -la Vía Láctea- la forman 100.000 millones de estrellas... Y un tercio podrían tener planetas: ¡sólo en nuestra galaxia, pues, habría 33.000 millones de estrellas con planetas…!

¿Y todas son igual de idóneas?
Mejor si tienen un tamaño parecido al de nuestro sol, o más pequeño. Los soles más grandes tienen vida más corta. ¡A más tiempo, más margen para la aparición de vida!

No renuncia usted a hallar vida, ¿eh?
En unos 30 años, analizados esos exoplanetas, sabremos si alguno es hospitalario para la vida bacteriana. Otra cosa es vida más compleja, o con capacidad comunicativa...

¿Sería eso posible?
Si a 100 años/luz hubiese un planeta con seres vivos con capacidad de comunicarse, nuestra señal tardaría 100 años en llegarles, y su respuesta otros 100 años. Pensemos a escala de especie humana: ¡sería un éxito!

Lo meditaré mientras contemple el firmamento estrellado esta noche.
Verá la lluvia de estrellas de las Perseidas, en verdad una zona de polvo cósmico que la tierra atraviesa y cuyos granos se encienden al roce con nuestra atmósfera.

¿Y esa franja blancuzca en el cielo..?
La superposición de estrellas que vemos en dirección al corazón de la galaxia, desde nuestra perspectiva (en un brazo externo de la espiral de estrellas que es la galaxia).

De todas las estrellas que vemos, ¿cuál es la más cercana?
Próxima Centauri, a sólo cuatro años luz.

¿Y la más lejana?
De hecho es una galaxia entera, en la constelación de Andrómeda, a más de dos millones de años luz. Y hay estrellas que no podemos ver porque a su luz todavía no le ha dado tiempo de llegar a nuestros ojos.

¿Cuánto tarda en llegar un rayo de sol?
Del sol a tu piel, ocho minutos. Pero cada fotón tarda un millón de años en ascender desde el núcleo del sol hasta su superficie.

¡Un millón de años y ocho minutos!
Ahí lo tiene: aplíquese fotoprotector, ¿eh?



Lluvia de estrellas

Siendo niño, un vecino le dejó mirar por su telescopio. Desde entonces vive pendiente de allá arriba. Hoy es astrofísico y busca vida fuera de nuestro sistema solar. Cree que la Tierra no es una singularidad cósmica y que tiene que haber más vida por ahí. Y la busca, persuadido de que antes de medio siglo la encontraremos. Aquí abajo la vida sigue, "¡y seguirá!: aunque la especie humana desaparezca porque hagamos inhabitable para nosotros el planeta, la vida seguirá", aclara Ribas. La Obra Social de La Caixa lo acoge en septiembre, en un congreso internacional sobre criterios para caracterizar planetas habitables. Mientras, en la madrugada del 11 al 12, lluvia de estrellas: saldré a mirar.



VÍCTOR-M. AMELA


dilluns, 20 de juliol del 2009

EUGENE CERNAN, comandante del Apollo XVII y último astronauta que pisó la Luna

"Estuve en la Luna, sentado en el porche de Dios"


Tengo 75 años. Nací en Chicago y vivo en Houston. En 1972 comandé el Apollo XVII: soy el último ser humano que ha pisado la Luna, por ahora. Tengo tres hijos de dos matrimonios y seis nietos. Soy conservador. Como nieto de emigrantes checos y eslovacos, soy católico


Cómo es el suelo lunar?
Donde yo pisé, arenilla de grafito pulverizado. Anduve tres días por allí y recogimos muestras de roca y polvo lunar. No olvido la partida...

¿Qué recuerda?
Subí la escalerilla del módulo, volví la cabeza, vi la Tierra sobre mi hombro... Abajo, en el suelo lunar, quedaba la huella de mi pie, mi última pisada... ¡La última huella de un ser humano en la superficie de la Luna!

Por ahora.
Desde diciembre de 1972. Hace ya 37 años, ¡demasiado, demasiado tiempo...! Es una desilusión para mí que no haya habido más alunizajes... Espero que regresemos un día.

¿De qué dependerá?
De una decisión política. Fue Kennedy, en 1962, quien desafió a los norteamericanos a llegar a la Luna antes de terminar aquella década. Y lo hicimos: Neil Armstrong pisó la Luna el 21 de julio de 1969. Fue una épica colectiva, resultado de una ilusión.

Y de mucho dinero.
Si destinásemos a eso un penique de cada dólar de los impuestos de los norteamericanos, podríamos volver a la Luna y pisar Marte.

¿Cuándo podríamos amartizar?
Mis nietos podrían verlo.

Yo tenía ocho años cuando vi por la tele la llegada del hombre a la Luna.
Podría asistir también a la llegada a Marte.

¿Qué deberíamos hacer para llegar?
Me lo enseñó mi padre: "Todo lo que hagas, ¡hazlo lo mejor que puedas! Y así, un día te sorprenderás a ti mismo".

¿Así llegó usted a astronauta?
Yo era un niño fascinado por los noticiarios de la guerra en el Pacífico, los vuelos de aquellos aviones... Quise ser aviador. Lo fui. Luego superé una prueba tras otra, y orbité en torno a la Tierra, paseé por el espacio, orbité en torno a la Luna con el Apollo X... ¡Nada hay imposible!: ¿quién iba a decirle a aquel niño que caminaría por la Luna?

¿Cuántos astronautas lo han hecho?
Doce personas. Y tres han muerto ya...

¿De qué hablan cuando se ven?
Veo a menudo a mi amigo Neil Armstrong y hablamos de todo, y muy poco del espacio.

¿Son coincidentes sus experiencias?
Todos los que hemos estado en la Luna hemos sentido una transformación, no religiosa, pero sí espiritual. Si hubiese venido usted conmigo, me entendería... Si todos hubiésemos estado allí, ¡todo sería mejor aquí!

¿Por qué? Explíqueme esto.
Ves la Tierra tan bella, tridimensional, de colores, dinámica, rotando, moviéndose, palpitante, vibrante... y rodeada de una inacabable oscuridad ilimitada…

Somos frágiles.
Extendí el brazo y con el dedo pulgar y tapé la Tierra, mi origen, mi identidad, mi casa… ¡Estaba sentado en el porche de Dios! Yo he estado sentado en el porche de Dios...

Eugene, vuelva aquí...
Miraba la Tierra, consultaba mi reloj y pensaba: "Las siete, amanece sobre Houston y mi hija desayuna para ir al colegio". Y luego: "Las nueve, mi hija se acuesta y reza sus oraciones para que su papá vuelva a casa".

Y su papá volvió.
Yo no iba a la Luna para ser un mártir, sino para volver. Quien lo pasaba mal era mi esposa: para ella era más duro que para mí.

¿Qué fue lo más duro de lo que vivió usted allá arriba?
Una salida al espacio para una reparación técnica: durante unos momentos fue muy dudoso que yo pudiese retornar al módulo... Eso fue muy peligroso, como lo había sido pilotar cazas, o ir a la Luna. ¡Pero sólo se muere una vez! Aquí, allí..., ¿qué más da?

¿Algún amigo se le ha quedado flotando por ahí arriba?
No: todos los compañeros astronautas fallecidos en misión lo fueron en la atmósfera terrestre. Y sus restos descansan en el cementerio de Arlington: ahí querré estar yo también cuando muera.

¿Siente nostalgia de sus pasadas gestas espaciales?
Estoy orgulloso de haber vivido algo parecido a lo que vivió Cristóbal Colón, y con el mundo por testigo. Pero no vivo en el pasado: miro al futuro.

Hay quien sostiene que aquellos alunizajes fueron un montaje audiovisual.
Durante años me enfurecía al oír esto. ¡Yo me jugué la piel allá arriba! Pero ahora, muy tranquilo, digo que la verdad es la verdad y no necesita ser argumentada.

Pero esa bandera estadounidense ondeante sin viento...
¡No ondea! Allí no sopla viento alguno: se mantiene extendida gracias a un palito rígido en el borde superior de la tela, y la tela está arrugada.

Y esa huella en el polvo...
Es así como queda impresa una pisada lunar en el polvo. Allí quedó mi última pisada. ¡Y por toda la eternidad! Porque allí no hay viento, no hay lluvia, no hay nadie que pase caminado por encima... ¡No se borra!

¿De verdad no se borra?
Ahí sigue y seguirá durante siglos. Junto a la última huella de mi pie, dejé dibujadas en el polvo con mi dedo las iniciales del nombre de mi hija: TDC (Teresa Dawn Cernan). Y allí siguen y seguirán.

¿Qué siente usted cuando mira al cielo nocturno y ve brillar la luna llena?
Que ahí arriba brilla mi pequeño, particular y querido Camelot del espacio. Que yo, nieto de unos emigrantes, he estado allí arriba. Y que mi nieto, si él lo quiere, ¡volverá!





Reloj espacial


Mañana hará 40 años de la llegada del hombre a la Luna, que presencié en directo por TVE con locución de Jesús Hermida. Armstrong pisaba ese día la superficie lunar, y tres años después lo haría Cernan por última vez. Hoy es un septuagenario jovial, bromista y con cierto sentido poético de sus misiones espaciales, que cree en la vida extraterrestre y cuya obsesión es que la juventud vuelva a ilusionarse con la conquista del espacio. Invitado por la marca de relojes Omega -cronometradora en los viajes espaciales-, me muestra el viejo reloj de esa marca con el que caminó por la Luna: podría subastarlo por un millón de dólares, una fruslería comparado con el valor del testimonio de este hombre.



VÍCTOR-M. AMELA


dimarts, 17 de juliol del 2007

MIGUEL LÓPEZ ALEGRÍA, cosmonauta con más horas de vuelo espacial

“Si sabe de un buen trabajo, avíseme”






Tengo 49 años. Nací en Madrid y me crié en California. Estudié aeronáutica en la NAVY y fui elegido entre 2.200 aspirantes para ser astronauta de la NASA, donde he sido quien ha concluido la misión más larga: 215 días. Cobro mucho menos que un piloto de Iberia. Separado, tengo un hijo de siete años que no quiere ser astronauta


–¿Cómo está su rodilla?
–Mejor, gracias. Acabo de volver del espacio, como sabe, volví en abril, y arrastro esta lesión ya hace años, pero empeora cada vez que paso tiempo en ingravidez.

–¿El espacio es malo para los huesos?
–Cada mes pasado en ingravidez, se pierde masa ósea. Para evitarlo, nos ejercitamos a bordo, unas dos horas y medias diarias. Y ahora, ya ve, estoy en plena recuperación.

–Pues parece que haya ido a correr.
–No, no puedo correr aún. He estado haciendo ejercicios en el gimnasio del hotel.

–¿Por qué ha vuelto tan lesionado?
–Porque las articulaciones acusan las tensiones al volver del espacio, donde estaban en ingravidez sin sufrir ninguna presión, y someterse ahora de nuevo a la gravedad terrestre. Ese vaivén no es nada bueno para ellas.

–¿Para qué sirven los vuelos espaciales?
–Satisfacen la innata necesidad humana de explorar, y si eso no le parece bastante, piense en el GPS y en los satélites de telecomunicaciones que lo hacen posible.

–La conquista del espacio sale cara...
–Yo le he dedicado toda mi vida y no me arrepiento.

–... Y los políticos le regatean recursos.
–Cada vez que hablo en público, veo enorme interés por la exploración espacial, pero cada año nos cuesta más sacar adelante el presupuesto en Washington, donde en teoría representan a ese público; así que en algún punto se pierde esta conexión entre el pueblo y sus representantes...

–El cosmos es el último destino turístico.
–Es otra posibilidad para el futuro de los vuelos espaciales, y no me parece mal. Al principio me pareció poco serio admitir turistas de pago a bordo de la estación espacial, pero al conocerlos he mejorado mi opinión.

–¿Por qué?
–He viajado al espacio con dos de ellos: el multimillonario norteamericano de origen húngaro Charles Simonyi, creador del Microsoft Office, ese programa que todos usamos...

–Dicen que un excéntrico.
–Un señor peculiar.Y también compartíamos astronave con la empresaria norteamericana de origen iraní Anousha Ansari...

–Bellísima.
–Muy competente, encantadora y gran compañera de vuelo. Mejoré mucho mi opinión sobre los dos cuando vi que, desde la Estación Espacial Internacional, llevaban un blog que logró treinta millones de entradas.

–¿Cuánto pagaron por el paseo espacial?
–Veinte millones de dólares cada uno. Y volvieron encantados de lo que habían visto y sentido: la ingravidez, la Tierra vista desde el espacio, el compañerismo a bordo...

–¿Invertiría usted en una empresa privada de vuelos al espacio?
–¿Por qué no? La cosmonáutica comercial está ahora como estuvo la aviación espacial en los años 30: despegando, pero con enormes expectativas de crecimiento.

–No sé si todo el mundo pagaría.
–A medida que se generalicen, los vuelos comerciales al espacio disminuirán de precio. No serán low cost, desde luego, sino más bien como aquellos vuelos transatlánticos que antes eran el viaje de toda una vida y hoy ya son habituales.

–¿Ha apreciado usted el cambio climático al contemplar el planeta desde el espacio?
–Pues sí, especialmente en la Antártida, en el Himalaya y en el Kilimanjaro... En general, lo he podido apreciar desde que vi el planeta por primera vez hasta ahora.

–¿Se ve que la Tierra es una cosita frágil?
–Cuando se ve desde allí, puedes sentir que nuestra casa no es indestructible.

–¿Tiene ganas de volver allí arriba?
–La verdad es que me estoy replanteando mi futuro muy en serio... He estado pensando y creo que, como cosmonauta, en mi carrera ya lo he hecho todo. He llegado a comandar la Estación Espacial. Y ahora tal vez pueda plantearme otras cosas. Y si no es en la NASA, tal vez será en otro sitio.

–¿De verdad quiere dejar la NASA?
–Hasta ahora llevaba toda mi vida dedicada al espacio: 15 años como cosmonauta, asumiendo en cada viaje más y más responsabilidad. Ahora, después de este última misión que he comandado, me planteo si tal vez podría crear más valor fuera de la NASA...

–Seguro que puede hacer muchas cosas.
–Me interesan mucho las relaciones internacionales, materia en la que me especialicé en la escuela Kennedy de Harvard: piense que la Estación Espacial Internacional ha sido posible gracias a la cooperación con los rusos, con los que he trabajado directamente.

–¿Piensa volver a España?
–¿Por qué no? También es mi país. Si sabe de un buen trabajo, avíseme.

–Además es usted un gran trabajador en equipo: habilidad crucial en el espacio.
–En diciembre, durante la misión del transbordador Discovery, trajeron un elemento externo que acoplaron, un panel solar, y ese panel era fundamental para la construcción secuencial,..

–La estación ya tiene sus añitos.
–... Hubo problemas y tuvimos que hacer una cuarta salida espacial, que no estaba prevista en nuestro programa de operaciones. La gente de Houston trabajó muchísimo, pero la coordinación entre el equipo de Tierra y los dos astronautas que salimos al espacio fue ejemplar. Y nada fácil, como sabe cualquiera que haya trabajado en la estación.

–¿Y su trabajo está bien pagado?
–...

–¿Cuánto le pagan?
–Mucho menos que a un piloto de Iberia.

–¿Cuánto le gustaría cobrar?
–Por lo menos como un piloto de Iberia.



Terrícolas

Paso una semana encerrado en el Kempinski de Fuerteventura con catorce premios Nobel, un grupo de doctorandos y un astronauta: es el Campus de Excelencia 2007. Descubro a López Alegría en una terraza frente al Atlántico; acaba de entrenarse y va sudado como un pollo con shorts de la NASA. Le pido una ‘contra’ ilusionado, porque los niños del ‘baby boom’ somos algo astronautas. López Alegría, el terrícola con más horas de vuelo de la NASA, me revela que cobra menos que un piloto de Iberia y que a él, de mayor, le gustaría ser otra cosa. Es lo que pasa cuando te vas al espacio, que la Tierra es cara y sigue dando vueltas. Ni siquiera su hijo Nicolás, de siete años, quiere seguir los ingrávidos pasos de papá; prefiere explorar el ciberespacio: logra parecidas emociones y sin ningún riesgo.



LLUÍS AMIGUET
(Foto: Juan Pujol)




dijous, 12 de març del 1998

VLADIMIR DEZHUROV, cosmonauta ruso

"Me encanta ver la Tierra a mis pies"




Tengo 36 años. Nací cerca de Moscú. Soy teniente coronel de las Fuerzas Aéreas rusas y cosmonauta. Estoy casado. Tengo dos hijas, Ana (14 años) y Svetlana (10). Soy Leo. Conduzco un Audi 100. Mi talismán es un muñequito astronauta. ¿Tendencias políticas? Soy militar. Me encanta la velocidad. Estuve en la Mir y seré el comandante de la nave Soyuz en viaje a la Estación Espacial Internacional, en 1999


—Volar en avión debe de parecerle a usted como ir en patinete.
—Hombre, sí, viene a ser corno ir en coche.

—¿Cúanto tiempo ha vivido usted en el espacio exterior?
—Seis meses, con cinco caminatas espaciales incluidas.

—¿En cuánto está por ahora el récord humano de permanencia en órbita?
—En un año y cuatro meses. Tiene este récord un médico ruso llamado Valen Polakov.

—¿Qué efecto sobre el cuerpo humano tiene una estancia tan prolongada en el espacio?
—Que vuelves a la Tierra más fuerte: ¡ahí arriba tenemos por norma hacer ejercicio fisico dos veces al dia!

—¿Podría yo subir a la estación Mir y participar en una misión espacial?
—Hummm... No creo. Demasiadas dioptrias. Con esas gafas no podría usted ponerse el casco. Y las lentillas no son prácticas. Y debería pasar un estricto control médico que no sé si superaría.

—De acuerdo, pero ¿vale la pena subir ahí arriba, realmente?
—A mí me encanta pasear por el exterior de la nave y ver la Tierra a mis pies. Es una bonita imagen. Se ve España.

—Ah. ¿Y qué me dice de su vida sexual ahí arriba?
—Allí arriba no hay vida sexual.

—¿Ni vídeos ni revistas? ¿Nada?
—Nada. No hay tiempo.

—¿Y no hay mujeres cosmonautas? ¿No hay tiempo para algún romance?
—Hay mujeres cosmonautas, sí, pero con esos trajes que llevamos, es como si no hubiese diferencia de sexos.

—¿Duermen ustedes bien, al menos?
—Muy bien, porque trabajamos y nos cansamos mucho. Te duermes y te quedas flotando. Como hay ingravidez y corriente de circulación de aire, tu cuerpo va dando vueltas por la nave, como un globo. Es muy agradable.

—Cuénteme ahora algo desagradable.
—Cuando se estropearon los ordenadores de la Mir y nos quedamos sin luz. Fue complicado, porque hubo que hacer la reparación casi a oscuras. ¡Pero lo conseguimos!

—Brindaron por el éxito, supongo. ¿Un poco de vodka?
—No! No podemos tener vodka: demasiado peligroso. Brindarnos con café, té y leche.

—¿Sin vodka, sin caviar? ¡No!
—Caviar rojo sí teníamos, es verdad.

—¿Y es cierto que hubo una fuga en el depósito de excrementos y que quedaron flotando por la nave?
—No. Eso no es cierto.

—Me alegro. ¿Cuál era su comida favorita en la MIR, por cierto?
—Patatas con cerdo. En puré y envasadas al vacio, claro.

—Además de buen estómago, ¿qué virtudes debe tener un buen cosmonauta?
—Primero una muy buena salud, desde luego. Luego, ser psicológicamente muy equilibrado, flexible, saber trabajar en equipo y tener rapidez de reflejos.

—¿Qué tipo de experimentos hacen ustedes en la MIR?
—Observaciones astronómicas y terrestres, experimentos fisicos, de producción de medicamentos en ingravidez... Muchos, muchos...

—¿Cuánto cobra un cosmonauta como usted por hacer ese trabajo?
—Mi sueldo normal como militar del Ejército ruso.

—Dígame la verdad: ¿no le da mucha pereza volver ahí arriba, con lo a gusto que se está aquí en la Tierra?
—Sí, pero ese es mi trabajo. Me da la misma pereza que debe darle usted ir a su trabajo.

—Pero no llego a pasar miedo, y usted sí debe de tenerlo a veces...
—¿Miedo? No!

—¿Ni siquiera cuándo sale a pasear al exterior de la nave?
—No. Estás demasiado concentrado en lo que haces. Y más te vale estar con centrado: un pequeño error y...

—¿Y...?
—Pues hay riesgo de quedar suelto y de convertirte en un pequeño satélite humano alrededor de la Tierra...

—¿En ese caso, cuánto tiempo duraría usted con vida?
—Si sucede al poco de salir afuera, unas seis horas. Es la autonomía de oxigeno que tiene el traje espacial.

—En “2001, una odisea del espacio”, eso le sucede a un astronauta, que se pierde en el cosmos rezando el padre nuestro. ¿Reza usted ahí arriba?
—No. Creo en Dios, pero ahí arriba no hay tiempo ni de rezar.

—¿Y de ver la tele?
—A veces pedimos a la base que nos conecten en los monitores las noticias de la televisión rusa. Pero siempre hay tanto trabajo que hacer que tampoco tenemos tiempo ni para eso.

—¿Y para soñar? ¿Qué me dice de la vida extraterrestre? ¿Cree en ella?
—No... Vaya, es muy dificil que exista. A la Mir no ha venido nunca un alienígena a llamar a la puerta, al menos.

—Y si llama uno, ¿qué haría?
—Le invitaría a pasar y a conversar.


VÍCTOR-M. AMELA
(Foto: Pedro Madueño)