dilluns, 20 de juliol de 2009

EUGENE CERNAN, comandante del Apollo XVII y último astronauta que pisó la Luna

"Estuve en la Luna, sentado en el porche de Dios"


Tengo 75 años. Nací en Chicago y vivo en Houston. En 1972 comandé el Apollo XVII: soy el último ser humano que ha pisado la Luna, por ahora. Tengo tres hijos de dos matrimonios y seis nietos. Soy conservador. Como nieto de emigrantes checos y eslovacos, soy católico


Cómo es el suelo lunar?
Donde yo pisé, arenilla de grafito pulverizado. Anduve tres días por allí y recogimos muestras de roca y polvo lunar. No olvido la partida...

¿Qué recuerda?
Subí la escalerilla del módulo, volví la cabeza, vi la Tierra sobre mi hombro... Abajo, en el suelo lunar, quedaba la huella de mi pie, mi última pisada... ¡La última huella de un ser humano en la superficie de la Luna!

Por ahora.
Desde diciembre de 1972. Hace ya 37 años, ¡demasiado, demasiado tiempo...! Es una desilusión para mí que no haya habido más alunizajes... Espero que regresemos un día.

¿De qué dependerá?
De una decisión política. Fue Kennedy, en 1962, quien desafió a los norteamericanos a llegar a la Luna antes de terminar aquella década. Y lo hicimos: Neil Armstrong pisó la Luna el 21 de julio de 1969. Fue una épica colectiva, resultado de una ilusión.

Y de mucho dinero.
Si destinásemos a eso un penique de cada dólar de los impuestos de los norteamericanos, podríamos volver a la Luna y pisar Marte.

¿Cuándo podríamos amartizar?
Mis nietos podrían verlo.

Yo tenía ocho años cuando vi por la tele la llegada del hombre a la Luna.
Podría asistir también a la llegada a Marte.

¿Qué deberíamos hacer para llegar?
Me lo enseñó mi padre: "Todo lo que hagas, ¡hazlo lo mejor que puedas! Y así, un día te sorprenderás a ti mismo".

¿Así llegó usted a astronauta?
Yo era un niño fascinado por los noticiarios de la guerra en el Pacífico, los vuelos de aquellos aviones... Quise ser aviador. Lo fui. Luego superé una prueba tras otra, y orbité en torno a la Tierra, paseé por el espacio, orbité en torno a la Luna con el Apollo X... ¡Nada hay imposible!: ¿quién iba a decirle a aquel niño que caminaría por la Luna?

¿Cuántos astronautas lo han hecho?
Doce personas. Y tres han muerto ya...

¿De qué hablan cuando se ven?
Veo a menudo a mi amigo Neil Armstrong y hablamos de todo, y muy poco del espacio.

¿Son coincidentes sus experiencias?
Todos los que hemos estado en la Luna hemos sentido una transformación, no religiosa, pero sí espiritual. Si hubiese venido usted conmigo, me entendería... Si todos hubiésemos estado allí, ¡todo sería mejor aquí!

¿Por qué? Explíqueme esto.
Ves la Tierra tan bella, tridimensional, de colores, dinámica, rotando, moviéndose, palpitante, vibrante... y rodeada de una inacabable oscuridad ilimitada…

Somos frágiles.
Extendí el brazo y con el dedo pulgar y tapé la Tierra, mi origen, mi identidad, mi casa… ¡Estaba sentado en el porche de Dios! Yo he estado sentado en el porche de Dios...

Eugene, vuelva aquí...
Miraba la Tierra, consultaba mi reloj y pensaba: "Las siete, amanece sobre Houston y mi hija desayuna para ir al colegio". Y luego: "Las nueve, mi hija se acuesta y reza sus oraciones para que su papá vuelva a casa".

Y su papá volvió.
Yo no iba a la Luna para ser un mártir, sino para volver. Quien lo pasaba mal era mi esposa: para ella era más duro que para mí.

¿Qué fue lo más duro de lo que vivió usted allá arriba?
Una salida al espacio para una reparación técnica: durante unos momentos fue muy dudoso que yo pudiese retornar al módulo... Eso fue muy peligroso, como lo había sido pilotar cazas, o ir a la Luna. ¡Pero sólo se muere una vez! Aquí, allí..., ¿qué más da?

¿Algún amigo se le ha quedado flotando por ahí arriba?
No: todos los compañeros astronautas fallecidos en misión lo fueron en la atmósfera terrestre. Y sus restos descansan en el cementerio de Arlington: ahí querré estar yo también cuando muera.

¿Siente nostalgia de sus pasadas gestas espaciales?
Estoy orgulloso de haber vivido algo parecido a lo que vivió Cristóbal Colón, y con el mundo por testigo. Pero no vivo en el pasado: miro al futuro.

Hay quien sostiene que aquellos alunizajes fueron un montaje audiovisual.
Durante años me enfurecía al oír esto. ¡Yo me jugué la piel allá arriba! Pero ahora, muy tranquilo, digo que la verdad es la verdad y no necesita ser argumentada.

Pero esa bandera estadounidense ondeante sin viento...
¡No ondea! Allí no sopla viento alguno: se mantiene extendida gracias a un palito rígido en el borde superior de la tela, y la tela está arrugada.

Y esa huella en el polvo...
Es así como queda impresa una pisada lunar en el polvo. Allí quedó mi última pisada. ¡Y por toda la eternidad! Porque allí no hay viento, no hay lluvia, no hay nadie que pase caminado por encima... ¡No se borra!

¿De verdad no se borra?
Ahí sigue y seguirá durante siglos. Junto a la última huella de mi pie, dejé dibujadas en el polvo con mi dedo las iniciales del nombre de mi hija: TDC (Teresa Dawn Cernan). Y allí siguen y seguirán.

¿Qué siente usted cuando mira al cielo nocturno y ve brillar la luna llena?
Que ahí arriba brilla mi pequeño, particular y querido Camelot del espacio. Que yo, nieto de unos emigrantes, he estado allí arriba. Y que mi nieto, si él lo quiere, ¡volverá!





Reloj espacial


Mañana hará 40 años de la llegada del hombre a la Luna, que presencié en directo por TVE con locución de Jesús Hermida. Armstrong pisaba ese día la superficie lunar, y tres años después lo haría Cernan por última vez. Hoy es un septuagenario jovial, bromista y con cierto sentido poético de sus misiones espaciales, que cree en la vida extraterrestre y cuya obsesión es que la juventud vuelva a ilusionarse con la conquista del espacio. Invitado por la marca de relojes Omega -cronometradora en los viajes espaciales-, me muestra el viejo reloj de esa marca con el que caminó por la Luna: podría subastarlo por un millón de dólares, una fruslería comparado con el valor del testimonio de este hombre.



VÍCTOR-M. AMELA