dilluns, 23 de febrer de 2009

CLÉMENT ROSSET, filósofo

"Ya sabemos que lo peor es inevitable, ¡alegrémonos!"


Tengo 70 años. Nací en Normandía, en una familia medio española, y vivo en París. No tengo pareja ni hijos... y me sobra una pesadillesca caterva de primos. ¿Ideas políticas? ¡No he tenido ni una en mi vida!, y me odian por ello. ¿Dios? Es demasiado temprano para hablar de eso.



Podría ser una copita de fino? ¿Un Tío Pepe?

Hecho. ¡Por favor...!
De niño, durante la ocupación nazi en Francia, nos llegaban paquetes de España con estas cosas tan ricas, pues mi familia era medio española. Y discos de coplas, libros... Mi educación sensorial infantil es muy española.

Aquí llega su vinito.
Ah, ahora ya empiezo a ser persona...

¿Pero quién es usted? Según le he leído, ¡sostiene usted que el yo no existe!
Ese supuesto yo esencial -que restaría una vez despojado de máscaras sociales- no existe: es mera creencia, pura metafísica.

Bajo mi identidad, ¿no hay nada?
Nada. Toda identidad es social y nada más: tu identidad es social o no es. Sostengo lo que ya sugirió Lacan: "El yo extrae toda su sustancia del tú que se la otorga". Punto.

¿No soy más que mi relación con otros?
Lo ha entendido, bravo. Otra cosa es lo que usted y cada uno crea ser: eso son fantasmas de yo, ilusiones, ¡dobles de la realidad!

Qué frustre: yo quería dedicarme a buscar mi esencia individual intransferible...
Vanidad. Un camembert, si pudiese probar quesos, conocería sus sabores..., pero del suyo nada sabría por más que se mordiese.

Borges decía: "Soy muchos hombres".
Buen ejemplo de personalidad inexistente. Minuto a minuto podemos ser distintos.

¿Qué idea filosófica fue la primera que le conformó a usted?
Leí de muy jovencito los pesimistas fragmentos amorosos de Schopenhauer, ¡y entendí que todo estaba perdido! No he cambiado de parecer.

¿Por qué, hombre?
Entendí que el ser humano no es lo bondadoso que Rousseau supone.

¿Alguna otra idea fundamental?
Sí, esta de Pascal: "Moriremos solos".

Pese a todo esto, le veo a usted alegre.
Con Nietzsche aprendí la aprobación incondicional de la vida. ¡Qué regocijo, conocer la tragedia de que no hay más mundo que este mundo sin historia! Y me repito con gozo aquel epitafio de Martinus von Biberach...

¿De quién? A este no le conozco.
¿Un místico renano del siglo XV? ¿Un personaje de una obra teatral húngara? Cioran me aseguró que fue un autor de epitafios... Nada se sabe de él con certeza. ¿Y eso importa? Le cito: "Vengo de no sé dónde. Soy no sé quién. Muero no sé cuándo. Voy a no sé dónde... Me asombro de estar tan alegre".

¡Espléndido...! Así, la pregunta que toca ahora es: ¿de dónde mana la alegría?
¡Quiere un adelanto de mi próximo ensayo!

Por favor.
La alegría nace del ser, de lo que es, de lo real, y es activa. La tristeza nace del deseo, de lo que no es, de lo irreal, y es pasiva.

Aclare.
La visión trágica de lo real es lucidez: es la visión que constata que nuestra vida resiste ¡pese a las infinitas razones para hallarla ridícula, miserable o absurda! He ahí la alegría. Vivir es, en sí mismo, alegría.

Dijo nuestro Llull: "Puesto que existimos, ¡alegrémonos!". ¿Es eso?
El deseo es penoso y su realización, aún más penosa. Es ilusión. La desilusión, en cambio, engendra serenidad. Saber esto posibilita la sabiduría de la alegría: ¡alegrémonos, ya sabemos que lo peor es inevitable!

Ya le llaman "filósofo de la alegría".
Denomino "fuerza mayor" a esta alegría sin miedo ni esperanza, sin objeto ni motivo, que aprueba la existencia en su integridad ¡por trágica que sea! Esta alegría es su propia causa y su fin, ¡es la fuerza mayor!

¿Indeformable, inoxidable, indemne?
Offenbach se maravilló: "A veces me pregunto cómo hizo Dios para darme tanta alegría".

Dígame qué entiende usted por Dios.
Demasiado temprano y poco vino para entrar ya en esto. Cito a Hume: "Tan pretencioso es afirmar que existe Dios como afirmar que no existe Dios". ¡Me es indiferente!

Algo que sin duda existe es la depresión, ¿no?: he leído que usted la ha vivido.
Fue como pillar una pulmonía. Me atacó como un relámpago. De pronto todo parece fuera de lugar: desde el gesto más anodino al más agradable, todo se empapa de desinterés o disgusto. ¡Levantarme para ir al baño a orinar era como escalar un Everest...!

¡El filósofo de la alegría, deprimido!
Todo intento de localizar la naturaleza de esto es extravío. Es preferible localizar el fármaco que te saque del pozo. Mire: en este potecito llevo mi pastillita, ¡por si acaso! Y como venía aquí dos días, he metido dos.

¿Qué aprendió de tan negra vivencia?
Antes yo tomaba las depresiones de los demás por males imaginarios de gente flaca de ánimo: no creía que fuesen algo que no pudiera solucionar una copita de jerez... No: es una enfermedad. Una patología mental..., como la que padecía mi hermano mayor, paranoico. ¡No sé si aquello me hizo filósofo, pero sí que me hizo más loco...!

¿Qué le pasaba a su hermano?
De niños, cada noche, en nuestro dormitorio, mi hermano me relataba su versión de hechos del día, del todo delirante: un lápiz azul decía que era rojo... Yo le contrariaba, claro, y entonces me pegaba. Aprendí a corroborarle, ¡y no es nada fácil para un niño subvertir sus propias percepciones...!

¿Y cómo sé yo ahora mismo que mi visión no es delirante, que no estoy loco?


¿Por qué me mira así?



Alegre lucidez

"Un hombre camina con sendas sandías bajo los brazos y, al tomar un recodo, ve la espalda de un hombre que camina ante él con sendas sandías bajo los brazos. ´¡Soy yo!´, piensa. Intenta alcanzarse, vanamente. Hasta que desiste: ´Y ¿para qué alcanzarme?´, concluye". Rosset aplaude este cuento, porque ilustra su convicción de la inexistencia de un yo personal -un "yo preidentitario"- y de la inutilidad de buscarlo. Disfruto con Rosset -Savater lo considera uno de los filósofos europeos más originales y sugestivos de hoy-, del que aprecio un irónico humor que emparento con la lucidez. La que emana de sus diáfanas obras, como Principios de sabiduría y de locura y Lejos de mí (Marbot).


VÍCTOR M. AMELA