dimarts, 3 de febrer de 2009

CHRISTINE DELPHY, fundadora de ´Nouvelles Questions Feministes´

"Mucha ministra, pero la pobreza aún lleva faldas"


Tengo 66 años: me pregunto a menudo si los años te hacen mejor o peor. Nací y vivo en París: los parisinos podemos ser muy desagradables. Soy directora de investigación en el CNRS: cuanto mayor es el nivel académico, menos mujeres verá. El feminismo acaba de empezar


Cuando yo iba al colegio, las chicas tenían que encender las cerillas de un modo femenino -hacia fuera, un poco cursi- y los chicos de un modo viril, como hacia dentro...

¿A usted le afectaba el juego?
... A mí me gustaba silbar, hasta que una de las monjas me dijo: "Deje de silbar. ¿No sabe que cuando las niñas silban, la Virgen llora?".

Espero que eso no le marcara.
La desigualdad no se presenta en tu vida de una vez, como un perro que entra en tu habitación, sino que forma parte del ambiente que respiras día a día hasta que casi no la percibes, hasta que no te das cuenta de que están discriminándote.

Las cerillas y el silbido son niñerías.
Eran su forma de señalarme mi sitio: "Tú eres niña y esa condición determina todo lo que haces, desde encender una cerilla o reprimirte para no silbar hasta obedecer a tu marido, a tu jefe, a los hombres". Así te predisponían a aceptar la inferioridad como algo natural y no como una vergonzosa imposición.

Mujer, las cosas han cambiado.
¿De verdad?

Por lo menos hay muchas ministras.
Pretender que las muchas ministras significan un cambio real en nuestra situación como mujeres es como creer que, porque Obama es presidente, la situación de los negros en EE. UU. va a ser mucho mejor...

Son símbolos: por algo se empieza.
Debajo de ese desfile de ministras permanece intacta la misma estructura profunda de dominación que somete y margina a las mujeres; así que, si olvidamos el papel couché, hablaremos de datos. Y los datos muestran que las mujeres somos por lo menos igual de desiguales que siempre.

Las chicas ya silban si quieren.
Pero los hombres -es un escándalo admitido- ganan más sólo por serlo: en España, las mujeres ganan como media un 26,3 por ciento menos que los hombres. Del mismo modo, las mujeres estamos ahora pagando más por la misma recesión: fíjese en que vuelven los working poors (trabajadores pobres) manchesterianos a las ciudades europeas.

¿En qué sentido?
Los working poors tienen un empleo, sí, pero con un salario y unas condiciones tan deficientes que, aunque trabajen, no se les incluye en el Estado de bienestar. Pues bien, no es casualidad que el 80 por ciento de estos trabajadores con obligaciones y sin derechos sean mujeres, que, por algo también, son mayoría en el último escalón social, el de los técnicamente pobres.

¿Qué es ser técnicamente pobre?
Ingresar la cuarta parte del salario medio: en España sería cobrar menos de 6.000 euros anuales. Y las mujeres son mayoría en esta categoría; muchas de ellas, madres que sacan adelante hijos sin tener pareja.

¿Cada vez hay más madres solas?
Cada vez hay menos niños y más madres: el deseo de maternidad y la capacidad de realizarlo se ha universalizado, pero la realidad económica sólo permite a la mujer tener un hijo, dos a lo sumo. Y la realidad social las hace a menudo madres solas.

Hay madres que ascienden de cargo.
Son pocas, porque la mayoría tiene que elegir entre su promoción y sus hijos y elige volver a casa pronto por ellos. Sus compañeros de trabajo se aprovechan y les ganan el pulso del ascenso prolongando sus horarios: trabajan más horas para demostrar su mayor motivación y capacidad. Y así, aunque sean peores, ascienden antes que ellas.

Más horas no significa más resultado.
Para muchos directivos, sí. Es otro modo de perpetuar la dominación machista. También encontramos a los casados que a lo único que aspiran es a no irse pronto a casa.

¿"El casado ir a casa no quiere"?
Es otra realidad observada por los sociólogos: los eternos estudiantes ya maduros que buscan cualquier curso, "pero que empiece a las seis de la tarde", porque saben que en casa les espera la obligación de compartir el cuidado de los niños y las tareas domésticas.

Y ya hay permiso de paternidad.
Pero debería ser obligatorio. Ahora sólo las madres toman el de maternidad, porque también son las que cobran menos y tienen menos expectativas de promoción.

Pues parecía que la historia cambiaba.
Sólo la historia de gabinete de prensa que sale en los periódicos y la tele, pero la historia de verdad, la profunda, es lenta y difícil de cambiar. Debajo de la espuma de las modas y las apariencias, subsisten las estructuras de dominación y la explotación de millones de mujeres.

Algo habrá mejorado.
Sí, ahora el maltrato a las mujeres es noticia y antes era una realidad admitida como normal, pero sórdida y brutal, que sufríamos en silencio como parte inherente de nuestra condición femenina.

Es un progreso, al cabo.
El progreso definitivo será desde luego cuando dejen de asesinarnos; pero es cierto que ese cambio de sensibilidad y la movilización de todos - vecinos, conocidos, amigos, médicos, compañeros...-está consiguiendo que cambie ese ambiente opresivo que amparó el maltrato sexista durante siglos.

¿Qué recuerda de Simone de Beauvoir?
Era una mujer que lo decía todo con pocas palabras y mucho sentido del humor. Fundamos Questions Feministes en 1977 y la refundamos Nouvelles Questions Feministes en 1980. Al final llegó a financiar la revista de su bolsillo.



Presidentas pobres

Delphy hace gala de mala uva parisina y cuesta dios y ayuda arrancarle una sonrisa. No tiene sentido del humor, pero tiene razón: pionera del feminismo europeo junto con Beauvoir, pega una ducha de realismo feminista al mujerismo de papel couché que decora nuestra arena pública. Las empresas del Ibex apenas cuentan con un 7,4 por ciento de señoras en sus consejos; en cambio, en las listas de la pobreza y el paro, la proporción es inversamente proporcional: allí mandan, sobre todo, madres solas que presiden hogares y administran presupuestos que apenas llegan al salario mínimo. Cualquiera diría -a veces las cifras son tercas y carcas- que las mujeres han perdido la revolución sexual.



LLUÍS AMIGUET