dimarts, 24 de febrer de 2009

JOAN FONTCUBERTA, filósofo de la fotografía

"La fotografía ya no es memoria, sino acto"


Nací gracias a una foto. Tengo 53 años: la fotografía es un instrumento para pensar, y a mí sigue enseñándome. Conocí a mi hija también gracias a una foto. Soy una calamidad: profeticé que las cámaras en los móviles serían un fracaso. Expongo en la galería Àngels Barcelona


Yo nací gracias a la fotografía. Mi padre y otros reclutas intercambiaron en la mili direcciones de amigas. Y mi padre envió su retrato a la desconocida que luego sería mi madre. La enamoró con una foto.

Debió de ser muy persuasivo.
La prueba soy yo, hijo de la fotografía. Mi hija también está en deuda con la cámara.

Cuéntenos.
Fue prematura. Tras un embarazo y un parto difíciles, su madre quedó en cama convaleciente. Yo, para que pudiera conocer a su hija, como no podía acceder a la sala de prematuros, le di mi cámara a la enfermera y le pedí que tomara una foto de nuestro bebé en la incubadora y corrí a casa a revelarla.

Ese revelado era una revelación.
Que me llevó a otra: "¿Qué hubiera pasado -me pregunté- si la enfermera que hizo la foto se hubiera equivocado de bebé?".

Temor extendido en las maternidades.
Lo revelador es que nada en aquella fotografía podía asegurarnos que aquel bebé de la foto era efectivamente el nuestro...

¿No tenía la nariz del abuelo?
Era la foto de un bebé en una incubadora. Eso es todo. La aseveración de que era nuestro bebé sólo la hacíamos nosotros. Y aquella aseveración era un salto en el vacío.

La verdad es un bebé tan frágil...
En nuestra posmodernidad, la distinción pertinente -fíjese en la política y en la economía- ya no está entre lo verdadero y lo falso, sino entre lo verosímil y lo inverosímil.

El sincero es el que sabe mentir bien.
La diferencia ya sólo está entre mentir bien o mentir mal, porque la verdad la hemos dado por perdida. Y en eso la fotografía es plenamente posmoderna: miente siempre.

Cuando parecía ser prueba de verdad.
Toda fotografía es una mentira que se presenta como cierta. Eso ya lo hemos aceptado. Lo importante es que el fotógrafo le dé una dirección ética a su mentira. El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad.

El fotógrafo somos todos a todas horas.
Eso yo lo aprendí cuando, en un estudio de mercado en los ochenta, me preguntaron si tendría éxito incorporar cámara de fotos a los teléfonos móviles...

¿Qué les dijo?
Que era una tontería y no funcionaría.

Agradezco su sinceridad.
Espero ser mejor profetizando el pasado. Y por eso, porque hoy hay una máquina allí donde hay una persona, la foto ya no se hace para inmortalizar una ocasión solemne. Ya no es la foto de la comunión o la boda. Ya no registra un hecho, sino que forma parte de él. No es memoria del pasado, es parte del presente y tan efímero como él.

En cualquier disco podemos verlo.
Si va a una discoteca, verá a los chavales haciéndose inacabables series de fotos.

Luego las cuelgan en Facebook.
Ya no las guardan. Las envían y las borran. Viven en la foto continua. Y así también redefinen su privacidad. Algunos cuelgan fotos íntimas temiendo y deseando al mismo tiempo que sean públicas.

Contradicciones de lo humano.
Y así la red se convierte en lo que fueron las bibliotecas en tiempos de Cervantes: el lugar para vivir vidas paralelas.

La biblioteca de Babel es digital.
Es la de Borges -fotógrafo: su último libro con Kodama fue de fotografía- y es la noosfera de Chardin o la sociedad panóptica de Foucault: todos observamos todo y somos siempre observados. Cuando llegó el 11-S nadie esperaba que ocurriera...

Yo no. De eso estoy seguro.
... Pero hubo fotos enseguida desde todos los ángulos: nadie esperaba aquello y sin embargo aquel lugar en el cielo estaba siendo fotografiado por cientos de cámaras.

Y después impostado en Photoshop.
La foto digital permite nuevas mentiras. En realidad, ha sido volver a la pintura: de la pincelada a pincelada del pintor al píxel por píxel del fotógrafo digital. Así se construye la mentira. En realidad, la foto analógica y su revelado fueron una interrupción momentánea en esa continuidad desde la pintura con pincel hasta la fotografía con píxel.

¿Hacia dónde?
La fotografía se disolverá en la imagen y por fin no quedará más que la sensación en la retina. Nos enviaremos de cerebro a cerebro las emociones sin que la imagen haga de intermediario. Y nosotros seremos -ya somos- meros contenedores de historiales de emociones: eso es la identidad.

A ver si no me pierdo...
En su 3001 -la continuación de 2001-, Arthur C. Clarke lo explica muy bien: el astronauta que atraviesa el tiempo es recuperado congelado; toman su memoria, que es su identidad, y la graban en un disco duro que insertan en un cuerpo nuevo. Y de ese modo sigue siendo él en otro cuerpo.

Somos memoria, ergo fotografía.
La memoria no es la que conserva lo vivido, sino la que selecciona lo recordado. El gran papel de la memoria es excluir hechos, no conservarlos. Es lo que hace la fotografía. No plasma toda la realidad, sino que selecciona una parte de ella: la que sale en la foto.

Los ojos no son para ver la realidad, sino para evitar verla toda.
Si no lo hiciéramos, sería imposible vivir.

Hágase una foto para La Contra.
Será un paso para cerrar el círculo. Daguerre, cuando inventó la fotografía, creyó que era una curiosidad, un mero espectáculo: ahora vuelve a sus orígenes.



Sin pudor

Basta con darse un garbeo por la red para realizar la fantasía infantil de ser el hombre invisible: atravesar las paredes y fisgar sin ser visto. Fontcuberta me muestra su colección de 150 autorretratos pescados en internet y convierte ese sueño pueril en arte maduro de coleccionista: los hay morbosos, ingenuos, inteligentes, mórbidos, estúpidos, sutilmente eróticos y definitivamente horteras... Tantos y tan variados como personas. Y detrás de todos, la misma pregunta: "¿Pero es que este señor -o señora- no tiene pudor?". Su respuesta sabia: "No sé si los colgaron en la red -algunos creyendo que sólo para sus íntimos- temiendo o deseando acabar en goce clandestino para el ojo público".



LLUÍS AMIGUET