dilluns, 4 de maig de 2009

CLARA ROJAS, durante seis años vivió secuestrada en la selva por las FARC

"No quiero ser toda mi vida la víctima de un secuestro"



Tengo 45 años. Nací y vivo en Bogotá (Colombia). Soy licenciada en Derecho y Ciencias Políticas. Antes de que me secuestraran las FARC era asistente de políticos, como Ingrid Betancourt, pero eso no está en mi futuro. Soltera y con un hijo de 5 años. Soy de centro y católica



¿Qué tipo de personas eran los guerrilleros?
Intento no calificarlos. Sufrí momentos de grave aislamiento, y esa es una forma de violencia.

¿Qué relación había?
Convivíamos con los guerrilleros rasos, jóvenes analfabetos que nos traían la comida y nos prestaban la radio. Ingrid y yo estuvimos aisladas dos años, luego nos sumaron al grupo de los canjeables: 38 personas (28 soldados y policías).

¿Por qué había tan mal ambiente entre los secuestrados?
Parecía inminente un operativo militar y en el último todos los rehenes habían muerto. Íbamos vestidos como los rebeldes, no podían distinguirnos, y los guerrilleros tenían orden de dispararnos si las cosas se ponían feas. Sentíamos pánico.

Entiendo.
En un secuestro todo es tan terrible que las emociones negativas brotan continuamente. El mayor trabajo es manejar pensamientos y actitudes. Además, a los dos años y medio de cautividad me quedé embarazada, y eso creó más tensión todavía.

Pero las peleas que cuenta en su libro son casi infantiles.
Sí, muy triviales. Todos queríamos atención. La mayor carencia es la emocional.

¿Por qué se tomaron tan mal su embarazo el resto de los rehenes?
Cada uno temía que los otros pensaran que era el padre. Los reuní y les dije que estuvieran tranquilos, que ninguno de ellos lo era.

Sus disputas con Ingrid (porque ella no le dejaba acudir a sus clases de francés o le negaba el diccionario) parecen….
Absurdas, sí, ja, ja, ja. Se debe a que vivíamos con un miedo constante, y el miedo te descontrola. Tuvieron que separarnos.

¿No vio actitudes admirables en nadie?
Un soldado secuestrado, en una de las caminatas por la selva, me dio una estampita. Y cuando Emmanuel nació, otros se pusieron a bordar y a hacerle sudaderas y zapatitos.

¿Su hijo fue un regalo del cielo?
Pese a que ambos estuvimos a punto de morir en el parto, me dio las ganas de vivir que me faltaban. Aprendí a vivir el momento presente, y eso es una bendición.

¿Qué fue lo más doloroso?
Cuando se llevaron a mi hijo porque mis compañeros se quejaron de que yo recibía más atenciones que los demás. Emmanuel tenía el bracito roto y el enfermero consideró que estaría mejor cuidado entre los guerrilleros. Me pasé un mes aullando e hice una huelga de hambre de nueve días.

Difícil de entender: unos secuestradores no te devuelven un hijo porque aúlles.
Ellos daban soluciones. En las caminatas, a mi hijo lo llevaba una guerrillera fornida. Cuando Emmanuel cogió la leishmaniasis se lo llevaron de nuevo y no lo volví a ver hasta que me liberaron. Los guerrilleros insistían en que el niño estaba bien, lo que era cierto, pero para mí fue terrible.

No acabo de entender que una situación así no te una en lugar de separarte.
La mayoría de las personas, ante la tensión, saltan. Los soldados vivían con una cadena al cuello porque los ataban durante la noche. Imagine cómo amanecían.

Usted también estuvo encadenada.
Al principio, Ingrid y yo intentamos fugarnos cinco veces y acabaron por encadenarnos un mes a un árbol. Eso me llevó a un silencio tenaz durante meses.

Y cuando Emmanuel quiera conocer a su padre...
Hoy en día no tengo ninguna información de su padre, de manera que no le puedo ofrecer mucho, pero sí la historia.

¿Recuerda algún sueño en cautividad?
Ocho meses antes de que me liberaran soñé que la Virgen me decía que iba a reencontrarme con mi hijo, y lo asumí como cierto. Los ayunos que le ofrecí me ayudaron a reforzar mi voluntad y ser más perceptiva.

Se despidió de los guerrilleros...
Les hice una señal con la mano y ellos se acercaron y nos dieron un abrazo. Fueron escenas muy criticadas.

Fue a ver a un comandante a la cárcel.
Martín Sombra me envió un mensaje para que fuera, y fui para ver si tenía algún contacto y podíamos liberar a los que quedaban. Temía por su vida.

¿Él le daba leche condensada y libros?
Sí, y yo le llevé lo mismo. Lo vi mal, y para animarle me atreví a decirle que se afeitara. Conseguí que dejara la guerrilla.

¿Qué ha aprendido de esencial?
Que las situaciones traumáticas hay que afrontarlas para poder pasar página. No quiero ser toda la vida una víctima del secuestro. Hoy sé que a partir de debilidades puedes ir logrando fortaleza; debes poner de tu parte para, por lo menos, ser libre emocionalmente, mantener la esperanza y encontrar cosas positivas en esa situación.

¿Por ejemplo?
Me dieron naranjas y me parecieron un manjar. Sembré las semillas y las vi crecer. Sucedieron cosas muy dolorosas con mis compañeros, pero el perdón es liberador.

¿De qué actitud se arrepiente?
La impaciencia y la desesperación me dañaban el estómago. ¿Por qué me causo este dolor?, me repetía, hasta que lo vencí.

¿Qué le ayudó?
Organizar rutinas diarias y no tomar partido en discusiones cuyo resentimiento todavía dura, y Dios, sobre todo él, al que le rogaba: ayúdame a ayudarme.



Condición humana

En enero del 2008, los guerrilleros de las FARC liberaron a Clara Rojas tras seis años de secuestro. Para librarse de la condición de víctima ha escrito su testimonio, Cautiva, editado por Mosaico. La acompañan dos guardaespaldas. Todavía hoy se pregunta por qué accedió a ir con Ingrid Betancourt, entonces candidata a la presidencia de la República, a aquel peligroso viaje al corazón del territorio guerrillero. Se emociona, llora o ríe, cuando rememora su vida entre guerrilleros y cautivos, una experiencia traumática y llena de contradicciones que la cambió para siempre. En la selva concibió y dio a luz a Emmanuel, hoy, alegría de su vida; descubrió su auténtica fortaleza y la condición humana.




IMA SANCHÍS