dimarts, 12 de maig de 2009

SEBASTIÀ PIERA, luchador antifranquista y miembro del Ejército Rojo

"Lo vi caer..., siempre me he preguntado si tendría familia"


Tengo 91 años. Nací en Lleida y vivo en la isla de Córcega. Soy viudo, mi compañera entrañable, Trinidad (62 años juntos), murió el año pasado. Tengo 3 hijos, 5 nietos y un bisnieto. Mi padre era maestro de escuela. Sigo soñando con una sociedad igualitaria. Soy agnóstico


¿De qué ha vivido usted?
Estudié un año de Derecho D en 1935, luego vino la guerra, el exilio, la Segunda Guerra Mundial, la cárcel, el exilio y la deportación a Córcega; allí trabajé en la construcción.

¿Iba para abogado y acabó de albañil?
Así es; pero como era capaz de leer un plano, acabé de director general de una gran empresa de construcción, donde me jubilé.

Volvamos al principio.
Al principio yo era feliz en la naturaleza. Me identifico con los árboles y con los pájaros. Salíamos de la escuela y cada uno tenía un nido que cuidar. Ver florecer las cosechas, vendimiar... eran mis pasiones.

La guerra del 36 cambió su vida.
Tenía 18 años. El recuerdo más poderoso ocurrió en la segunda parte de la guerra. Cerca de Igualada, un compañero y yo nos dimos de bruces con los tanques italianos. El oficial mató a tiros a mi compañero y yo le disparé a él. Lo vi caer. Siempre me he preguntado si lo maté, si tendría familia... Salí corriendo mientras las balas recortaban mi silueta y acabé por hacerme el muerto.

¿Se ha encontrado usted con el lado más oscuro del ser humano?
Me he encontrado con más gente buena que mala, con la fraternidad de los que sufren.

¿No es absurdo vivir matando?
Yo tuve que abandonar la universidad porque un loco quería acabar con la democracia. Pero la guerra es atroz, disparas para matar a otro, y eso es una aberración.

Pues a usted la guerra le duró mucho.
Media vida. Yo estaba en los campos de concentración en Francia y el gobierno de la república en el exilio nos mandó unos impresos para que especificáramos a qué país de acogida queríamos ir.

¿Escogió Rusia?
Los escogí todos, quería salir de allí y me enviaron a Rusia. Fui encantado porque los rusos fueron los únicos que nos ayudaron durante la guerra, y admirábamos a ese país que construía una nueva sociedad igualitaria. Nos recibieron como héroes, nos mandaron a casas de reposo, era fantástico.

Pero duró poco...
Sí, hasta que entraron los alemanes y fuimos como voluntarios al Ejército Rojo. Por nuestra experiencia, nos integraron en una unidad de élite para defender el Kremlin. Luego me vistieron de oficial alemán y me enviaron a asesinar al gobernador de Vilna, en Lituania. Caímos allí en paracaídas; nuestro contacto era una bailarina soviética, y las mujeres de la limpieza nos daban toda la información sobre el cuartel general.

La suya es una vida de novela.
Porque puedo contarla. Como era imposible salir con vida del cuartel general alemán, nos lo jugamos al palo más corto y me tocó a mí.

¿Estaba dispuesto a morir?
¡Claro!, era un caso de conciencia. Pero cuando nosotros llegábamos, los alemanes se iban: un mariscal soviético estaba a 20 kilómetros. Tras unos meses de guerrillero por los bosques, volví a Moscú.

¿Allí conoció a Trini?
Sí, la conocía de nombre porque era una mujer destacada en el PSUC. "Mira, Dolores, queremos casarnos y volver juntos a España -le dije a la Pasionaria-. Se quedó helada". "Os podéis casar con la condición de que no tengáis hijos". Fuimos a Rumanía, de allí a Belgrado, a Toulouse y a Barcelona a trabajar clandestinamente.

Y le cogieron.
Sí, se trataba de resistir las treinta noches de tortura del famoso Antonio Creix, que me dejó media cara paralizada. Cuando perdía el conocimiento, me bajaban a los calabozos. Allí, José, un joven contrabandista, abría una naranja y vertía el zumo en mis labios. Sin él no hubiera sobrevivido. Ni sin la ayuda de las prostitutas.

¿Le sacó algo el torturador?
Ni siquiera aquella madrugada del simulacro. Me llevó a la galería, enroscó el silenciador y me puso la pistola en el corazón: "Es tu última oportunidad, contesta".

¿En qué pensó?
En Trini y en mis padres. El miedo se me quedó en el cuerpo para siempre: he soñado ese episodio a lo largo de mi vida.

¿Cuántos años pasó en la cárcel?
Tres, pero tras lo vivido fueron como unas vacaciones. Luego, de nuevo los Pirineos a pie y por fin mi familia. Como siempre, mi madre me dijo: "Sabía que estabas vivo".

¿Por qué lo tenía tan claro?
"Mientras yo lleve este amuleto, tú sobrevivirás a todo", repetía. Parecía un escapulario, pero era mi placenta, que salió entera, y eso entre campesinas es signo de salvación.

Su ideal político acabó mal.
La URSS traicionó ese ideal.

¿Cuáles han sido los momentos más felices de su vida?
Cuando estaba en el ataúd, se lo dije: "Gracias, Trini, por lo feliz que me has hecho". Y tengo tantos recuerdos de tan buenos amigos que me han fortalecido...

¿Es usted optimista?
Sí, mi truco es pensar en cosas buenas.

¿Qué ha sido lo peor?
Lo he visto en mi propio partido: cómo uno hundía a otro para medrar mediante falsedades. Nada peor que la falta de dignidad.

¿Por qué decidió quedarse en Córcega?
Durante la guerra fría, los franceses decidieron deportar a los rojillos, unos 200 españoles. Cada domingo, durante 14 años, debíamos presentarnos en la policía; pero allí también hay encinas y pino mediterráneo.




Dignidad

Según como la cuentes, tu propia historia se hace drama, lamento o aliento, aprendizaje y acicate para quien la escucha. Sebastià, con su cara torcida por la tortura franquista, combatiente en el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial, sabe hacer de la derrota un canto a la dignidad, y de la muerte de su compañera, un canto al amor. Los políticos hicieron de su ideal un lugar donde medrar y el mundo civilizado lo arrinconó en una isla. Pero allí Sebastià pudo ayudar a los obreros llegados de Marruecos y construirse un mundo de amor y respeto. "He sido muy feliz cuando he podido ayudar". Ha participado en el concierto homenaje para las víctimas del exilio organizado por el Memorial Democràtic.



IMA SANCHÍS