dissabte, 16 de maig de 2009

JIRÍ MENZEL, director de cine, ganador de un Oscar (1968) por 'Trenes rigurosamente vigilados'

"Vive decentemente para poder morir tranquilamente"



Tengo muchos años. Nací y vivo en Praga. Lo de los hijos y las señoras mejor lo dejamos. ¿Ideología política?... Por encima de todas las ideologías, vivir como una persona decente. No creo en el señor Dios, pero vivo de manera que, si acaso existe, no se enfade conmigo


¿Le aburre la seriedad?
Sí, mucho, y me parece que no es sincera. Cuando alguien dice algo inteligente y no lo dice con una sonrisa, no me lo creo. En la seriedad hay sobreactuación.

Si hiciera una película sobre su vida, ¿cuál sería el primer fotograma?
Estábamos en guerra, no había qué comer, pasaban aviones y había que meterse en los refugios. Yo nací en eso, así que no imaginaba otra vida posible.

¿Creció con madre y padre?
Y con dos hermanas. De mi madre aprendí a tener siempre miedo de lo que dijeran los demás, y de mi padre, a ser culto y no hacer tonterías; pero eso último no lo he logrado.

... Menos mal.
Mi padre era un intelectual, periodista, ymi madre una costurera, una buena combinación. Él siempre tenía la cabeza en las nubes y ella los pies en el suelo. Los dos tenían sentido del humor, pero cada uno el suyo: lo que hacía reír a uno, al otro no le gustaba.

¿Se pudo usted rebelar contra algo?
Como para la mayoría de los checos, mi defensa ante el totalitarismo fue mofarme de la situación. Quería hacer teatro, pero como el Estado lo pagaba todo, él decidía, y decidió que yo no tenía talento para el teatro. Derivé a la televisión, un medio en expansión donde no hace falta talento; pero un profesor me enseñó a hacer largometrajes.

¿Qué era lo bueno y qué lo malo de trabajar para el Estado?
Lo bueno es que económicamente todo estaba asegurado. Todo, desde los coches hasta los preservativos se hacían según el criterio de un burócrata que, si se olvidaba de algo, no se hacía. De vez en cuando no había papel higiénico o carne; pero películas, sí. ¿Quiere mi definición de socialismo?

Sí.
La gente hace ver que trabaja y el Estado hace ver que paga. Había que someterse a la doctrina de qué película se podía hacer y qué no. Y quería decirle algo inteligente, pero se me ha escapado...

La inteligencia es escurridiza.
En realidad, no hay gran diferencia con lo que ocurre ahora, donde los artistas, siendo libres, tienen que someterse a las exigencias de los que manejan el dinero. Muchas de las películas que hice en la época del totalitarismo, hoy ningún capitalista me las subvencionaría, pero eso no significa que yo volviera atrás.

Queda claro.
Ahora por lo menos podemos quejarnos.

Es tan aburrida la gente quejosa... ¿Usted qué piensa del ser humano?
Que es incapaz de aprender. Ahora volvemos a tener idiotas que reivindican a Hitler.

Usted ¿qué ha aprendido?
Que nada se puede tomar en serio si no quieres acabar con úlcera de estómago. Sobre todo, no puedes tomarte en serio a ti mismo.

¿Tiene alguna úlcera?
No. Yo era un niño mal alimentado y acomplejado frente a las chicas. Después, de la noche a la mañana, fui famoso, y acto seguido me fui al carajo. De nuevo subí y otra vez para abajo. Esas subidas y bajadas me salvaron. He tenido una vida feliz.

Hábleme de esa vida feliz.
He conocido a gente fantástica, y eso me hace bien, y he podido ganarme la vida con lo que sé hacer. Mis maestros fueron una gran generación de cineastas y novelistas; todo lo que recibí tengo que devolverlo, no al arte o los intelectuales, sino a la gente. Y tengo que hacerlo de tal forma que lo entienda mi mamá y no avergüence a mi papá.

Difícil.
Lo difícil ha sido tener que elegir entre lo malo y lo peor y estar contento por poder elegir sólo lo malo.

¿Qué virtud admira en los otros?
La armonía, y creo que el mundo actual la impide bastante, somos todos muy crueles e irascibles. Fíjese en la literatura y el teatro que se hace, se regodean en el mal. Hoy los que tienen más peso son los perversos.

¿Existe una salida individual ante ese mundo tan banal?
Sé una cosa: que uno debe responder de todo lo que hace. Yo debo responder de lo que dejará en la cabeza de la gente una película o una obra de teatro mía.

¿Usted qué quiere contarle a la gente?
Si escribes para decir algo, se convierte en serio y deja de ser sincero.

Nada como la humilde naturalidad.
Los buenos autores escriben porque escriben, y con lo que la gente se quede es cuestión de cada cual. Yo tenía dos compañeros de estudio: Vera Chytilovà y Schorm. Chytilovà quería enseñarme; Schorm, sencillamente, era. Aprendí más del segundo.

Muchas de sus películas son adaptaciones de Bohumil Hrabal.
Gran amigo. No parecía un escritor; de hecho, era un obrero grande y hermoso al que la fama no le volvió tonto ni orgulloso. Dejó escrito que su lápida fuera bajita: "(...)para que los perros puedan orinar en ella".

Imagino que cuando ganó el Oscar se le pasaron los complejos con las mujeres…
En esa época estaba desgraciadamente enamorado. Sigo teniendo muchos complejos, pero si tienes cerebro sabes que los complejos son cadenas en los pies. De todas formas, crecí en una época en la que la modestia se apreciaba.

¿Qué merece la pena en la vida?
Vivir decentemente para poder morir tranquilamente.



Tierna ironía

Comparte con sus compatriotas un sentido del humor irónico e inteligente, que fue oxígeno para soportar las duras fases dictatoriales. Ha llevado al cine varias obras de su amigo Hrabal (Trenes rigurosamente vigilados, Alondras en el alambres, Yo serví al rey de Inglaterra), tocado como él por el don del humor, la ternura y la compasión: "Para hacer películas es necesaria cierta compasión por el ser humano". Tuve el placer de entrevistarlo cuando vino a recoger el premio internacional Terenci Moix por Yo serví al rey de Inglaterra. Así empezó nuestra charla: "La razón por la que yo no puedo ser serio es esta señora". "¿Su señora?". "No, mi secretaria". "¿Y eso?". "Perdería autoridad".



IMA SANCHÍS