dimecres, 27 de maig de 2009

SVETOMIR IVANOVIC, neurocirujano en la guerra de los Balcanes

"Aquel piloto español me juró que él no nos bombardearía"



Nací en Kosovo, que sigo considerando serbio. Tengo 65 años y llevo 20.000 operaciones -3.000 en guerra- realizadas durante 38 años. Casado, dos hijos. Fumo. La gran lección de nuestra guerra es que no se puede castigar a todo un pueblo por los crímenes de un hombre


Nadie fue inocente en los cinco años de nuestra guerra, que acabó siendo una carnicería civil.

¿Tiene usted alguna explicación?
Mi abuelo fue general, yo sólo soy médico. Lamento que no hayamos encontrado la forma de convivir tres religiones: la ortodoxa de los serbios, la católica de los croatas y la musulmana de algunos bosnios...

¿Cuál fue su peor momento de guerra?
Ver a los niños operados sin anestesia por un bloqueo. Verlos sufrir y agonizar y morir en Bosnia, en el frente, en Belgrado. Aún nos llegan niños al hospital con secuelas de los proyectiles radiactivos.

¿Cómo se ejerce la cirugía en guerra?
Con improvisación, claro: improvisas. Aprendes que un medicamento casi sustituye al que falta y que con un foco bien situado se ilumina casi como con dos y cómo hacer sobrevivir con menos transfusiones...

¿No recibían ayuda humanitaria?
El primer año, muy poca. Luego, mucha de los japoneses, pero sobre todo aprendes a no necesitarla, hasta constatar que, no es que no haga falta, pero puede sustituirse.

¿Cómo?
La necesidad reemplaza a la tecnología. Se consiguen a veces curaciones casi milagrosas que salen de ti mismo: tú eres el milagro propulsado por esa sensación de estar al límite de lo posible. Operas día y noche...

¿Cuánto?
Cuarenta y ocho horas seguidas. Lo he hecho. Y después no hay descanso, sólo una especie de siesta. Y otra vez al quirófano.

¿No es peligroso para los pacientes?
Claro, en circunstancias normales lo es. Pero estás en guerra. Ellos son lo único que tienes y tú eres lo único que les queda. No hay alternativa ni para ti ni para ellos. Eso, paradójicamente, te confiere de repente una curiosa sensación de poder y libertad.

¿En qué sentido?
Estás allí y después de ti sólo está la muerte, de modo que todo lo que hagas será a favor de la vida. Así curé a una paciente de Mostar que había sido desahuciada por tres equipos médicos humanitarios antes de llegar a mi quirófano. Sólo había tiempo para las soluciones arriesgadas, y ella necesitaba una.

¿Qué hizo usted?
Abrí en tres sitios a la vez -una audacia- y, a la semana, la mujer estaba en su casa.

¿No sucede así en tiempo de paz?
Es diferente. Y no es que no experimente: he publicado en Lancet y revistas de neurocirugía; asistí a clases en la Harvard Medical School y en escuelas médicas de Alemania y Rusia, pero nunca practiqué medicina como bajo las bombas.

Por ejemplo.
Tengo un joven y brillante colega en mi hospital de Belgrado. ¿Sabe cómo lo conocí?

¿...?
Llegó casi muerto a mi quirófano, pero su padre se negaba a que lo operáramos.

¿Por qué?
Aquel buen padre estaba confuso y algo agresivo. Ahora somos amigos, pero entonces tuve que llamar a la policía para que lo echaran. Operé como yo pensaba, y hoy somos amigos y el chaval, un buen médico.

¿Cuándo?
Recuerdo el bombardeo del centro de Belgrado por los aviones de la OTAN en 1999. Yo estaba operando en el hospital, allí en el centro mismo, junto a los cuarteles generales -esa era nuestra desgracia- de la policía y el ejército serbios bajo las bombas.

Algunos pilotos españoles participaron en aquellos bombardeos.
Salvo uno que me prometió que rechazaría la misión, que no nos bombardearía.

¿Cuándo? ¿Dónde?
No le puedo decir más. Se lo prometí. Estábamos en el frente y nos necesitábamos.

En Belgrado también estaba Milosevic.
No podemos aceptar un castigo colectivo por los actos de un individuo y su grupo; del mismo modo que las sanciones económicas sólo castigaron a los más desprotegidos, diez millones de ciudadanos y uno de refugiados. Tampoco se puede demonizar a todo un pueblo por las acciones de un hombre o de su grupo de afines.

¿No se sentían de algún modo, ustedes los serbios, responsables?
La demonización de un pueblo es el más efectivo de los ataques militares y es más barato: sólo necesitas a los medios. De repente, nuestra autoestima se derrumbó y empezamos a creernos culpables de nuestra propia desgracia. Y si no éramos culpables, ¿por qué entonces todo el mundo estaba de acuerdo en que sí lo éramos?

¿Todas las personas a las que intervino usted merecían que las curase?
Nunca fui nacionalista y no dejé nunca -y de eso estoy más orgulloso que de ningún mérito clínico- de ser persona antes que nada. A mi mesa de operaciones llegaron más de 3.000 heridos durante aquellos años. Yo los operaba de día y noche sin saber ni querer saber a qué bando pertenecían.

¿No es ese el juramento hipocrático?
Desde luego, y además no era tan difícil de cumplir después de todo. Al fin y al cabo, debajo de los uniformes, debajo de nuestro cráneo, los cerebros son los mismos.

¿Qué planes tiene ahora?
Estoy construyendo en Belgrado -con tecnología japonesa- uno de los mejores centros de medicina privada de Europa. Ojalá pueda acabarlo, pero me temo que esta paz es inaceptable para los serbios.



Una US esperanza

El doctor Ivanovic sorprende a los académicos de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras de visita en Montenegro al denunciar las secuelas de los bombardeos de la OTAN -en los que participaron pilotos españoles- sobre la población serbia. En Serbia, derrotada, duele la independencia de Kosovo y apenas se sobrelleva la de Montenegro. El doctor enciende cigarrillo tras cigarrillo -había dejado de fumar, pero empezó la guerra- explicando el conflicto y finaliza con un amargo "temo que esto no quede así". Sólo vislumbro una esperanza para la paz cuando cuenta su plan de crear una gran clínica privada y cita orgulloso el nombre de su escuela: ¡US Medical School!



LLUÍS AMIGUET