dimarts, 31 de març de 2009

JOSÉ JAVIER PARLADÉ, sacerdote, misionero comboniano

"Hacer la guerra es mucho más fácil que construir la paz"



Tengo 67 años. Nací en Sevilla y vivo en Yirol, en el sur de Sudán, donde he creado una misión. Estudié en Sevilla, Valencia, Italia, y árabe en Siria. Yo nunca he votado, me fío muy poco de los políticos, tengo la impresión de que se preocupan únicamente de sí mismos



¿Pidió que le enviaran a Sudán?
Sí, hace 38 años, porque era un país musulmán donde era complicado abrir iglesias.

¿Le gustan los retos?
Sí, y además quería construir algo desde el principio y según mis ideas.

¿Qué ideas?
No se trataba de exportarles un Dios, sino de descubrir con ellos el Dios que allí habita. Así que puse mucha atención en olvidar mi cultura y mi Dios para ponerme a buscar con ellos. Fue fácil: en medio de tanta pobreza y necesidad, Dios estaba muy presente.

No lo demuestra.
Dios no realiza. Dios no me va a quitar el dolor que me produce el reuma, pero me va a dar una manera distinta de vivir mi situación. Yo, para comprender, vivo como ellos: si ellos van a pie, yo también; siembro para comer y camino kilómetros para buscar agua. Y, antes que iglesias, creé escuelas.

¿Y fue feliz?
Mucho, pero tras un periodo de ocho años volvió la guerra, que lo destruye todo, incluidos los valores. No sabe las atrocidades que vi. En Maban, de noche, sufríamos constantes ataques, así que dormíamos en el bosque.

¿Sus superiores no le trasladaron?
Lo intentaron, pero los ancianos del lugar se negaron a dejarme ir porque yo era el único que lograba enfrentarse con los militares. Acabamos viviendo en el bosque, donde organizamos una escuela con 7.000 alumnos y un hospital.

Cuénteme lo que vio.
Las milicias del norte, árabes que los militares armaban, se llevaban a las mujeres y los niños, que vendían como esclavos. A los niños los subían a un camello, les ataban los pies y le daban agua al camello, que al hincharse los descoyuntaba, así no escapaban.

...
Cerca de Yirol, mujeres, ancianos y niños lograron huir de un ataque de las milicias árabes. Cuando llegaron a la primera ciudad árabe, los militares les dijeron que pasaran la noche en un tren de carga, que al día siguiente los llevarían a un lugar seguro. Pero llegaron las milicias y los quemaron vivos frente a la indiferencia de los militares. Prometí que algún día trabajaría allí.

A usted se lo llevaron los militares.
Me tuvieron en la cárcel quince días. Cuando me soltaron me fui a abrir una misión más al sur, en Raga, cerrada por la guerra. Las escuelas gubernamentales, de cristianos y musulmanes, habían desaparecido. Sólo existía una escuela coránica, en la que para estudiar debías convertirte al islam.

¿Qué tipo de personas encontró allí?
Muchos cristianos aterrorizados. Cornelio, el sultán de la tribu aya, tenía las manos agujereadas: se había negado a hacerse musulmán y lo habían clavado a un árbol. Al sultán de los creish lo metieron en un saco lleno de guindillas y lo apalearon hasta dejarlo ciego. A mí sólo me expulsaron diez veces en los doce años que estuve allí.

Buen promedio.
La primera vez me tuvieron dieciocho días de viaje escoltado por un policía. Allí donde llegaba, me encarcelaban. Estaba tan furioso que no lograba ni rezar, tras unos días logré calmarme y le dije al de la ametralladora que me trajinaba de aquí para allá: "Ya me he calmado, vamos a ser amigos. Cuando necesites algo de mí, no tengas miedo, que te ayudaré".

Tiene usted coraje.
Cambiar tu estado de ánimo lo cambia todo. Cuando volví a encontrar a Dios y se me fue la rabia, pude empezar a sacar partido de lo que estaba viviendo. Serenarse y abrirse es el paso previo a cualquier cambio.

¿Qué fue lo que cambió?
Pese a todo, logramos crear una escuela para 1.800 niños y otra para 700 niñas. No volvieron a expulsarme porque los rebeldes tomaron la ciudad, pero durante meses nos bombardearon a diario. La gente se refugiaba en mi casa, tuve que atender el parto de una mujer aterrorizada que dio a luz ahí mismo. Al niño le llamó Guerra.

¿Cómo acabó el asunto?
Los árabes reconquistaron Raga y tuvimos que huir. A los que se quedaron los mataron. Así llegamos a Yirol, aquella preciosa ciudad destruida, conquistada y reconquistada cinco veces, a la que prometí volver.

¿Por fin vive en paz?
En la guerra, el que tiene la fuerza lo tiene todo. En Yirol no había una sola escuela y ya tenemos 27, aunque estén debajo de los árboles y todos los maestros sean voluntarios -no reciben ningún salario-. Estamos haciendo muchas cosas, pero hacer la guerra es mucho más fácil que construir la paz.

¿Qué es lo más estimulante?
La esperanza que observo en la gente. Yo no veo el futuro claro, pero la gente piensa que las cosas han cambiado y todos quieren estudiar y ser dueños de su vida.

¿Pesimista, padre?
El ser humano a veces es muy poco humano, somos muy débiles. Podemos hacer grandes cosas, pero para eso hay que cambiar la mentalidad tanto allí como aquí, en el primer mundo, donde también manda el más fuerte. Fíjese, pese a todas las barbaridades que le he contado, creo que allí hay más humanidad.

Pero si van a machetazos.
Sí, como nosotros durante cuatrocientos años. Los europeos les hemos dejado unas fronteras absurdas, así que tienen que volver a organizarlas y lo hacen de la única manera que el ser humano, por ahora, sabe hacerlo.




Esperanza

Es un hombre sencillo y sonriente, un andaluz sudanés ("hacía 36 años que no me ponía un alzacuello, ¡qué calor me da!") que me explica con claridad el conflicto de Sudán, entre el norte (árabes e islamistas) y el sur (comunidades negras, cristianas y animistas), en el que vive atrapada la población, sobre todo mujeres y niños a quienes les gustaría progresar, estudiar y vivir en paz. Es uno de esos misioneros admirables que perseveran en la idea de que la educación y la posibilidad de ganarse el pan acabarán creando una generación capaz de hacer frente al futuro. La Asociación Amsudán (www.amsudan.com) le ayuda a crear esa esperanza para los 4,5 millones de sudaneses que viven en la pobreza.



IMA SANCHÍS