dimecres, 1 d’abril de 2009

HELENA VIDAL, hija del exilio español en la URSS

"La España de Franco se parecía a la Rusia de Stalin"




Hoy cumplo 63 años. Nací en Moscú, hija de exiliados españoles, y vivo en La Garriga. Soy profesora y traductora de ruso. Tengo una hija y un nieto (4 años). ¿Política? Hija de comisario comunista, soy una escéptica más o menos progresista. Soy espiritual sin iglesias ni dogmas



¿Rusa o española?
De niña, en Rusia, me sentía rusa..., aunque rara. Y aquí, española..., aunque rara. Era "la amiga rusa", mostrada como un mono de feria. Llegué con 11 años, despojada de mis raíces.

¿De qué estaban hechas esas raíces?
Del olor de bosque, del muguete, de aquellas fresas silvestres, de abedules, de mis vecinos y mis amigas, de la lengua rusa...

Sus padres sí recuperaban sus raíces.
Ellos sí: era 1957, llevaban 20 años exiliados en la URSS, ¡y volvían a España! "Vosotros volvíais, a mí me arrancabais", les dije años después. Yo había nacido en aquel mundo.

¡En la mismísima Rusia estalinista!
Al llegar aquí, vi que la España de Franco era parecida a la Rusia de Stalin: miedo, control, silencio, autocensura, desconfianza...

¿Qué hacían sus padres en la URSS?
Los dos habían huido de España a causa de la guerra, y los dos eran profesores muy vocacionales: en la URSS impartían clase a los niños españoles exiliados, y allí se conocieron, se juntaron y nací yo.

¿Comulgaban sus padres con la revolución soviética?
Mi padre, August Vidal, de Llagostera, al estallar la guerra se comprometió con el PCE y fue comisario del partido. Acabó exiliado en Rusia con otros intelectuales, ¡convencidos de que en cuatro días la Europa antifascista derrocaría a Franco…!

¿Y su madre?
Mi madre, Lina Fernández, era de una familia de la cuenca minera asturiana en la que el padre leía a Marx y la madre iba a misa. Ella se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas. En 1937, con 22 años, partió de Gijón en un barco con mil niños…

A sumergirse en el comunismo real.
Mi madre se curó de la borrachera revolucionaria. De colonias con los niños, se quejó de la escasísima comida servida a las profesoras, y los responsables se excusaron: "Por error les hemos servido la ración de los obreros". Mi madre quedó planchada.

El paraíso proletario, en la frente.
Más le consternó el caso de un lampista que quiso cambiar de empleo para llevarse a su mujer enferma a otro entorno más saludable. ¡Eso estaba prohibido! Le juzgaron en público e invitaron a mi madre a que viese lo bien que funcionaba la justicia soviética...

¿Qué le pasó al infeliz lampista?
¡Le condenaron a cinco años en un campo de concentración! Y tenía familia. Mi madre salió de esa sala y rompió a llorar... ¡Y aún no sabía qué clase de infierno era el gulag!

Total, que su madre se desencantó.
Un día fregó el suelo del pasillo y extendió unas páginas de diario, y una vecina, asustadísima, le conminó: "¡Quite eso, rápido!". Es que alguna página llevaba la foto de Stalin... ¡Por tonterías así podías acabar preso!

Debía de estar harta...
Una vez el partido le pidió que diese un discurso, marcándole la pauta: "¡Yo no soy un loro!", replicó. Mi madre le contaba a mi padre las miserias que veía, de las que mi padre ni se enteraba, enfrascado en sus libros.

¿No se enteraba o no quería enterarse?
Respetaba el sistema. Cuando estás tan metido en algo, no ves la realidad. Y había purgas, delaciones, compañeros caídos en desgracia que desaparecían..., ¡había miedo!

Evoque una estampa de su infancia.
Vivíamos en un cuarto de una casa, compartida con otras familias. Allí criábamos un cerdo: ¡qué enorme, qué pánico! Recuerdo escasez, y que una salchicha era una fiesta.

¿Y qué recuerda de su escolarización soviética?
Cantaba canciones revolucionarias, como los Cara al sol de allí, y me las creía, claro. Mis padres, en casa, no contradecían nada de lo que yo aprendía en la escuela, porque si yo lo hubiese comentado por ahí, habría sido demasiado peligroso para mis padres.

¿Qué era España para usted?
Fotos de la Guerra Civil y la expresión hijos del heroico pueblo español.Por eso al llegar a España me sorprendió mucho que las niñas de mi edad no supieran nada de la guerra, ¡cuando en mi casa era el monotema!

¿Y qué hizo su padre, una vez aquí?
Le ofrecieron un cargo en el partido, y lo rechazó: "¡Yo hice ya la revolución!", se excusó. Empezaba de cero, y quería dedicarse a su familia. Y tradujo la obra completa de Dostoyevski y de los clásicos rusos.

¿Qué le impactó más a usted?
La abundancia. ¡Cada día veía una bandeja llena de frutas...! Era como la cueva de Alí Babá... Pero me notaba como una plantita arrancada. Conseguir raíces siempre ha sido importante para mí. Yo me refugiaba en mis libros escolares rusos, los releía... Y por eso acabé dedicándome al idioma ruso.

¿Qué es lo mejor de Rusia?
Los rusos, lo buena gente, sentimentales y afectuosos que son.

¿Se arrepintieron sus padres de haberse exiliado a la URSS?
Mi madre tuvo allí siempre la mirada triste. Pero fue siempre positiva. Y mi padre escribió que "esa experiencia nos ha hecho mejores de lo que hubiésemos sido sin ella".

De su niñez, ¿le cuenta algo a su nieto?
Le canto las canciones que sé, algunas rusas: así que ya tiene claro que en el mundo hay muchas lenguas... Por lo demás, cuanto menos le traspase mi maleta, mejor.

¿Volvería a Rusia?
He desarrollado raíces aquí... Pero un viaje por allí sí quiero hacer... Medio siglo después, aún sueño con bosques rusos...




Medalla

Impulsora de los estudios de ruso en la Universitat de Barcelona, Helena Vidal regala su testimonio en El dia revolt. Literatura catalana de l´exili (Empúries), obra de Julià Guillamon imprescindible para visualizar el retrato de tantos catalanes a los que la Guerra Civil obligó a rehacer vidas y haciendas en países muy lejanos de la tierra de sus padres. La mayoría se asentó en el continente americano, pero algunos también en la URSS, como los padres de Helena Vidal, que por eso "la nacieron" en la Rusia estalinista. Trae consigo una medalla dorada que aquel régimen concedió a sus padres, y se la cede a Guillamon para una exposición que prepara en el Palau Moja (a partir del 21 de abril).


VÍCTOR-M. AMELA