dissabte, 14 de març de 2009

FERNANDO MEIRELLES, director de cine: ´Ciudad de Dios´, ´El jardinero fiel´ y ´A ciegas´

"La barbarie está aconteciendo hoy, pero no queremos verla"



Tengo 53 años. Nací y vivo en São Paulo. Estoy casado y tengo dos hijos. Me licencié en Arquitectura, pero sólo he hecho mi casa. Hice muchos programas de televisión para el PT de Lula, que hoy me parece muy poco eficiente. Creo en que hay que hacerlo bien en esta vida




Su primera película versaba sobre el servicio doméstico.
Yo fui criado, como toda la clase media en Brasil, por esas mujeres que son como de la familia, con las que se tiene una gran intimidad porque conocen tus cajones y secretos pero con las que al mismo tiempo hay una gran distancia.

Luego se adentró en un mundo desconocido: Ciudad de Dios.
Sí, ocurre lo mismo que con el servicio doméstico, las favelas están integradas en nuestro paisaje pero excluidas de la sociedad. Yo las descubrí leyendo a Paulo Lins. Él me llevó a visitar Ciudad de Dios.

¿Le encañonaron?
Sí, en los primeros cinco minutos; así me adentré en ese mundo del que hasta entonces sólo sabía por los periódicos. Me mudé a Río de Janeiro, alquilé un espacio, hice casi mil entrevistas con niños de favelas, seleccionamos doscientas y, diariamente, durante siete meses, les di clases, un taller de actor.

¿Qué cambió en usted conocerlos?
Dejaron de ser un problema social y se convirtieron en personas.

¿Qué le sorprendió?
Que en las favelas no existe la familia organizada. La familia es una madre, una abuela y los niños. De los doscientos con que trabajé, sólo ocho tenían madre y padre. En sus relaciones reproducen lo que ven, no tienen en perspectiva una familia: entre chicos y chicas no hay afecto, es una relación de uso.

¿Cómo se relacionan con sus madres?
Adoran a sus madres: el sueño de la mayoría es trabajar para comprarle una casa mejor; es una sociedad totalmente matriarcal, lo contrario de la sociedad en la que yo vivo, y ya ve, en un mismo país.

Luego se enfrentó a otras favelas con El jardinero fiel.
Sí, en Kenia. A su lado, las favelas de Brasil son Beverly Hills: con agua, frigorífico, gas, electricidad, ducha y televisión por cable, que pinchan aquí y allí. Las favelas de Kibera, las de mayor extensión en Nairobi, donde viven 800.000 personas, son de barro, sin agua, váter ni electricidad.

¿Puntos comunes?
El sentimiento de pertenencia a una comunidad y lo que ello implica de colaboración.

En El jardinero fiel cuenta cómo las farmacéuticas experimentan con los pobres.
Durante muchos años, el Gobierno brasileño tuvo un gran conflicto con la industria farmacéutica porque quería bajar el precio de los medicamentos. Al final, en el 2000, el ministro de Salud consiguió que se promulgara una ley que permitía fabricar genéricos y creó una empresa para fabricarlos.

¿Investigó sobre el tema?
Contacté con las muchas organizaciones en el mundo que se dedican a denunciar cómo la industria farmacéutica utiliza a la población africana para testar medicamentos sin su conocimiento y con graves efectos secundarios. Una compañía norteamericana -a la que actualmente se está procesando- lo hizo en Nigeria, y es el caso de la película.

Y ahora nos cuenta cómo una epidemia deja ciego a un país.
Leí Ensayo sobre la ceguera en 1997 e intenté comprar los derechos, pero Saramago no quiso venderlos. Cinco años después, un productor canadiense me ofreció dirigirla.

¿Qué le interesó?
La primera idea que me golpeó fue la fragilidad de la civilización: todo parece muy estable, sólido, pero en un momento puede desmoronarse, como ha ocurrido con el sistema económico, que parecía perfecto. Es curiosa la incapacidad humana de ver el agujero que tiene ante sus ojos.

Algunos lo predijeron.
Sí, pero el sistema, la civilización, nunca rectifica hasta el desastre.

La barbarie está a un paso.
Está instalada, la vivimos. Si pensamos en Sudán, Etiopía, Angola, la barbarie está aconteciendo hoy, pero no queremos verla.

También está en cada uno de nosotros...
Sí, después de 6.000 años de civilización seguimos siendo animales muy primitivos. Ahora estamos hablando adecuadamente porque hemos desayunado y tenemos la comida asegurada, pero bajo presión afloraría esa parte de nosotros que creemos domesticada. Un simple incendio y nos pisaríamos unos a otros. Hay en nosotros un centro muy agresivo.

Podemos darnos el lujo de ser civilizados porque estamos confortablemente.
Sí; pese a ello, soy optimista, porque creo en la posibilidad de relacionarnos de otra manera, con más afecto.

¿Hace falta el desastre para descubrirlo?
El sufrimiento nos abre los ojos.

¿Es su caso?
Yo soy muy suertudo, he tenido una vida muy confortable y una familia muy amorosa; pero en el 2005, durante la promoción de El jardinero fiel, me entró una tristeza profunda y decidí no hacer más películas.

¿Pero qué le pasó?
No lo sé, una depresión, un desencanto con el mundo, toqué fondo; sin embargo, fue un periodo muy interesante. Entendí que yo era el administrador de mi vida, resolvía problemas, planificaba, pero no la vivía. Estaba disponible para mi familia, pero no la vivía con intensidad. Me apropié de mi vida gracias a aquel periodo de sufrimiento.

¿Qué percepción cambió?
El tiempo. Ahora, si estoy aquí con usted, estoy aquí con usted, consciente de que este momento es único.




Cineasta reflexivo

Criado en la dictadura brasileña, este arquitecto de una sola casa empeñó su creatividad en renovar la televisión brasileña durante los años ochenta. Diez años después se pasó a la publicidad y su estudio se convirtió en el más importante de Brasil (cinco León de Cannes). Con su primera película, Ciudad de Dios (2002), adaptación del libro de Paulo Lins, ganó más de 25 premios y 4 nominaciones a los Oscar, incluida la categoría de mejor dirección. Su siguiente película, El jardinero fiel (2005), basada en el libro de John Le Carré, le valió un Oscar a la actriz inglesa Rachel Wisz. A ciegas está basada en la novela Ensayo sobre la ceguera,del Nobel José Saramago, y ofrece material de reflexión.



IMA SANCHÍS