dijous, 5 de març de 2009

SAMUEL FOSSO, narrador de historias de Áfricaen autorretratos; participa en 'Bamako' (CCCB)

"...Y me convertí en el niño más bello del barrio"



Tengo 48 años. Nací en Camerún y vivo en Bangui (República Centroafricana) desde los 10 años. Estoy casado y tengo tres hijos pequeñitos. En África,los políticos se llenan los bolsillos y envían el dinero a una cuenta en Suiza. Fui testigo de Jehová y luego católico



Yo nací con las manos y los pies retorcidos, no podía caminar, por eso mi madre me llevó a Nigeria a casa de su padre, que era un curandero.

¿Qué dijo su abuelo?
"Si es una parálisis natural que proviene de Dios, es imposible curarla; pero si su mal viene de la mano de alguien, con la brujería podríamos curarle". Consultó a sus espíritus y constató que alguien me había embrujado.

¿Quién quería hacerle daño?
El primer marido de mi madre siempre buscó un hijo varón. Ella lo abandonó, escogió a mi padre y quedó embarazada de mí. Aquel hombre quiso verla muerta.

¿Qué hizo el abuelo?
Llamó a todos los curanderos del pueblo, hicieron unos cuantos sacrificios y empezaron a curarme. Tenía 7 años.

¿Nunca había caminado?
No, me arrastraba; no fui ni al colegio. Tras dos años de curas, un día a media noche mi abuelo me sacó de la cama de mi abuela, con quien yo dormía. Ella se despertó y, al no encontrarme, empezó a llamar a mi abuelo a gritos: "¡Tu hijo ha desaparecido!". "¡Mujer, cállate! -dijo él-.Nadie ha robado a tu hijo. Duerme". Pero mi abuela se escondió para observar qué estaba sucediendo.

¿Y?
El abuelo me colocó en el tejado de paja de la casa y me ordenó que bajase. "Abuelo -le dije-, ¿quiere que baje del tejado para que se me rompa lo poco que me queda?, ¿quiere usted que caiga para morir?". Y mi abuelo extendió los brazos: "Déjate caer".

Caray.
Caí al suelo. "Levántate -me dijo el abuelo-. Vete a pedirle comida a tu madre". Y di un paso y otro paso hasta llegar a mi abuela. A partir de entonces, los dedos de mis manos y pies empezaron a enderezarse día a día.

¿Qué cree que pasó?
Mi abuelo era un gran curandero, un hombre que no llevaba vestimenta ni zapatos. Tan poderoso, que en su barrio no podía entrar una mujer que hubiera tenido gemelos ni un hombre vestido de negro.

¿Y eso por qué?
Es pecado. Yo recuerdo que el primer gobernador de la Nigeria independiente era gemelo: a los 7 años sacaron a su madre y a su hermano del pueblo. Jamás volvieron. La décima hija de mi abuelo tuvo gemelos, y nunca pudo volver al barrio; si quería visitar a mi abuelo, tenía que verlo en la frontera del barrio, uno a cada lado de la línea divisoria. Y el día de su muerte sus mujeres (mi abuelo tenía cuatro) no debían llorar ni ver su cadáver. Son reglas de curandero.

¿Animista?
Su poder era contra el mal. Un día él también fue embrujado y consultamos a otro brujo, que nos desveló el nombre del que le había embrujado: "Si no le matas, morirás tú". "Si yo lo mato viviré -dijo el abuelo-, pero todos mis descendientes se irán o morirán. Si yo muero, dos días después me lo llevaré a él". Y es así como sucedió.

¿Usted no volvió con su madre?
No, ella murió durante la guerra de Biafra, que fue muy dura: te ibas a la cama y al día siguiente amanecías rodeado de cadáveres. Y comíamos hierba. No tenía ni ropa: mi abuela le quitó la camisa a un muerto aún caliente para cubrir mi cuerpo desnudo. Tres años después vino a visitarnos el hermano pequeño de mi madre que vivía en Camerún, y me llevó con él al África Central.

Y empieza su etapa en Bangui.
Trabajé con mi tío, que era zapatero; pero era un trabajo muy duro para un niño, así que cuando abrió su tienda de comestibles me puso a vender; y, después, dentro de la tienda abrió un bar, que yo gestionaba; pero el emperador Bokassa dijo que todos los extranjeros que explotaran la licencia para servir bebidas debían pagar una tasa de una increíble suma, y todos los bares cerraron.

¿Entonces decidió ser fotógrafo?
Un día, pasando por el mercado, vi un estudio fotográfico nigeriano y me convertí en su ayudante hasta que pude abrir mi propio estudio, a los 13 años. Siempre a cuenta de mi tío. Fotografiaba bodas, bautizos, fiestas.

¿Por qué se hacía autorretratos?
En África,cuando un niño cumple tres meses lo llevan a un estudio para que le hagan fotos, pero a mí eso no me lo hicieron porque nací anormal, así que decidí recuperar lo que me faltaba de mi infancia.

Entiendo.
Aprovechaba las colas de los carretes para hacerme autorretratos y enviárselos a mi abuela para que viese cómo aquel anormal se había convertido en el niño más bello del barrio. Miraba revistas americanas, veía cómo se vestían los músicos, compraba tela, hacía el patrón, me confeccionaba yo mismo el traje y me fotografiaba.

¿Y cómo llegó a ser internacionalmente conocido?
Un fotógrafo francés vino a Bangui, iba a haber un festival de fotografía por primera vez en África, en Bamako, y se llevó a París esas fotos que yo guardaba para mis hijos. Fui seleccionado. "¡Estos blancos están completamente locos!", dijo mi tío.

¿Qué tal le fue en Bamako?
La gente quería comprar mis fotografías: "¿Queréis que venda mi alma? No puedo hacerlo". Mis fotos acabaron exponiéndose en París y me dieron el premio de Creatividad del Arte Africano. Y ya llevo 30 años haciendo mis reflexiones a través de los autorretratos. Me transformo en mujer burguesa, en pirata, en jefe africano, en Mandela...



Singularidad africana

Lejos de toda corriente artística y desde los 13 años, Samuel Fosso ha aprovechado las colas de los carretes para en la soledad de su estudio hacer sus autorretratos (transformado en bello marinero, mujer liberada, Malcolm X, Mohamed Ali), tan singulares como su propia historia y su manera de contarla. Llama padres a sus padres biológicos, que lo trajeron tullido al mundo; luego a sus abuelos -él, un gran curandero que obró el milagro de que pudiera caminar, cuando ya tenía 7 años-; más tarde fue su tío el que se convirtió en papá, al sacarlo de la guerra de Biafra y llevárselo a Bangui, donde por medio de la fotografía hizo honor al lema de su estudio: "Serás bello, elegante y fácil de reconocer".


IMA SANCHÍS