dilluns, 16 de març de 2009

FÉLIX ARES, doctor en Informática

"Sueño con un robot que me haga la cama"


Tengo 61 años. Soy leonés, científico, profesor de Arquitectura y Tecnología de Computadores, y asesoro al Museo de la Ciencia de Donosti. Estoy casado y tengo gemelos treintañeros. Soy de centroizquierda. Soy ateo. Presido la sociedad para el avance del pensamiento crítico


¿Cuál fue el primer robot de la historia?
Homero cita en La Ilíada dos estatuas de oro "semejantes a jóvenes vivos, con inteligencia, voz y fuerza", en las que Hefesto, su dueño, se apoyaba para desplazarse.

¿Debo creer a Homero?
Crea que siempre hemos soñado con máquinas que hagan cosas para nosotros.

¿Y cuándo lo conseguimos?
Herón de Alejandría, en el siglo I d. C., fabricó un teatrillo con figuritas que interpretaban ¡cinco actos de una obra!, con engranajes movidos por vapor de agua.

¿No hay otro precedente más práctico?
Juanelo Turriano, el relojero de Carlos V, construyó un "hombre de palo", autómata que según la leyenda le hacía la compra.

¿Fueron los autómatas protorrobots?
Sí. Hubo muchos en los siglos XVIII y XIX: uno tocaba el órgano, otro dibujaba, otro escribía... Y otro jugaba al ajedrez, como el inventado por el español Leonardo Torres Quevedo en 1914, tan ingenioso que es digno precedente de la inteligencia artificial.

Bravo por Torres Quevedo.
Que, por cierto, inventó el telekino: un mando que emitía señales de radio y con el que dirigió un barco. ¡Nuestros mandos a distancia son sus herederos!

¿Cuándo podemos hablar de robots?
En checo hay una palabra para el trabajo duro y forzado: robota. Una obra teatral de Carel Kapek creó en 1920 hombres mecánicos para trabajos duros: robots, los bautizó.

Y hoy trabajan en nuestras fábricas.
Sueldan vehículos, montan circuitos electrónicos, rastrean Marte, operan rodillas, fabrican fármacos... No tienen aspecto humanoide, ¡pero hacen muchas cosas por nosotros!

Pero aún no son inteligentes, ¿eh?
Cada vez que una máquina empieza a hacer algo que antes considerábamos inteligente... ¡dejamos de considerarlo inteligente!

Bueno, aún hay clases...
Resulta que lo singular de la inteligencia humana son las emociones. Lo llamamos sentido común. Y nos permite funcionar, tomar la mayoría de las decisiones. Tomarlas con la razón sería inviable, bloqueante.

¿Hasta dónde es capaz hoy de llegar la inteligencia artificial?
Hasta donde hace unos años creíamos dificilísimo: ganarnos siempre al ajedrez, por ejemplo. Basta con ejecutar muchísimos cálculos complejísimos muy rápidamente.

¿Podrá predecir un computador el clima que hará aquí el 16 de marzo del 2019?
Si el clima es un sistema caótico -como se sospecha-, no: cualquier ínfima variación -el aleteo de una mariposa- altera el proceso hasta lo impredecible. Pero si el clima no fuese un sistema caótico -como algunos mantienen-, sino sólo un sistema complejísimo, sí predeciremos el clima..., aunque a costa de cálculos potentísimos, claro.

¿Y hasta dónde no puede llegar hoy la inteligencia artificial?
Hasta donde hace unos años creíamos facilísimo: traducir lenguas. Hace 58 años, Chomsky profetizó que sería lo primero que haríamos. ¡Y seguimos sin conseguirlo!

¿Por qué resulta tan complicado?
Porque la palabra fresa no es sólo una palabra: conlleva asociada una red de millones de conocimientos, sentidos, sentimientos, sensaciones, emociones, experiencias, recuerdos... Todo eso está en el traductor humano, pero ¿cómo introducirlo en una máquina de modo ordenado y coherente?

Dígamelo usted.
Al poderoso cerebro humano le cuesta dieciséis años de aprendizajes interiorizar un idioma con sus sobreentendidos. Diseñemos computadores capaces de aprender, ¡y que aprendan, como los niños! Quizá dentro de cincuenta años lo consigamos.

Computadores con sentido común.
Sí. Si a un ordenador le preguntas cómo acabar con un conflicto entre dos tribus, concluirá que eliminando a una de las dos. Pero el sentido común es otra cosa, ¿verdad?

Pero si aprenden, quizá un día el ordenador nos diga: "Prefiero no hacer esto".
No necesitamos que sean tan listos. Basta con el sentido común justo para ayudarnos.

¡O quizá se enamoren! ¿Y entonces?
Recuerdo un computador al que se le alteraban las funciones cada vez que cierta chica entraba en el recinto en que estaba. ¿Se había enamorado? Descubrimos que las fibras de la blusa de esa chica, cargadas electrostáticamente, ¡eran lo que le perturbaba!

¿Hacia dónde avanza la investigación en inteligencia artificial y robótica?
Traducciones, comprensión de manuscritos, de lenguaje oral con ruido de fondo... Una persona sabe discriminar una voz en un bar ruidoso, una máquina no sabe.

Algo que parece tan fácil...
¡También nos parece fácil caminar! Pero apenas hemos logrado que un robot lo haga.

¿Lograremos que una máquina vea?
Hemos logrado que reconozca a un perro en todas sus posturas. ¡Increíble logro! Y ya casi tenemos brazos protésicos con sensores de tacto y presión. Y chips que funcionen como el hipocampo, donde implantarlos en casos de parkinson: ¡fuera temblores!

¿Qué tipo de robot le gustaría lograr?
Uno que hiciese las camas.

¿Algo tan simple?
¿Simple? Distinguir sábanas de mantas, cogerlas, desdoblarlas y doblarlas, colocarlas en el lugar exacto... ¡es complejísimo! ¡Será una de las últimas cosas que roboticemos!



HAL 9000

Nuestro empeño en crear inteligencia artificial nos ha impelido a escrutar en la inteligencia de los seres vivos: el objetivo es conseguir esclavos que nos liberen de tareas fatigosas. Hablando de inteligencia artificial, de robots, de computadores hoy capaces de proezas como pilotar trenes y aviones..., acabamos hablando de cómo hacer una cama. Félix Ares, que fue programador de ordenadores y que colaboró con la NASA, es un ameno divulgador científico: en su libro El robot enamorado (Ariel) traza Una historia de la inteligencia artificial cuajada de datos, anécdotas e ideas. Su ídolo es HAL 9000, de Una odisea en el espacio,esa "máquina que aprende", como las que Ares me anticipa.


VÍCTOR-M. AMELA