dilluns, 9 de març de 2009

ED PARSONS, cofundador y portavoz de Google Earth; diserta en Globalgeo, Fira de Barcelona

"Somos la última generación que podía perderse"



Tengo 43 años y hace 20 que soy cartógrafo. Nací en Londres. Mi teléfono móvil Google permite mostrar mi situación a mi equipo en todo momento: menos mal que mi mujer no quiere saberla. Los mapas fueron el poder de unos pocos: hoy nosotros se lo hemos dado a todos



Si tomo el sol in púribus en la terraza... ¿podrían fotografiarme sus satélites y hacerme salir en Google Earth?
...

... Es una leyenda urbana.
Lo más detallado que puede fotografiar uno de nuestros satélites para Google Earth sería algo como esta mesa: 50 cm de diámetro.

...
No sé si lo que a usted le preocupa que fotografíen los satélites tiene esas dimensiones.

...
Entonces, tranquilo, hombre. Y tranquilice, además, a sus lectores: los tecnólogos geoespaciales no estamos pendientes de lo que pasa en los tejados de Barcelona.

¿Qué es lo más pequeño que ha reconocido en una foto de satélite?
Un cisne a punto de alzar el vuelo en un lago de Canadá.

Magnífico.
El azul profundo del lago y la blancura del ave permitieron detectarlo en una foto magnífica y ya ve que inolvidable.

¿Qué desfase de tiempo hay entre lo que vemos en Google Earth y el presente?
Nosotros componemos las imágenes con información de satélites y otras múltiples fuentes: transcurren entre uno y tres años desde que se toma la imagen hasta que se puede ver en Google Earth. Cada día renovamos alguna parte del planeta, de forma que nunca una visión es igual a la anterior.

¿Qué es lo más útil que ha conseguido Google Earth?
Soy geógrafo y cartógrafo. Lo primero que aprendí en la universidad es que un mapa es poder. A veces es la clave del poder.

Por lo menos, lo fue.
Muchos perdieron la vida antaño por robar, copiar o simplemente mirar un mapa: era un instrumento de dominio para las élites, para aristócratas y gobernantes.

¿Ya no lo es?
He trabajado para instituciones como la UK National Mapping Agency y otras cuya máxima preocupación era precisamente evitar la fuga de información: no querían compartir su poder con la gente...

Una típica obsesión de burócrata.
... Por eso ha sido enormemente liberador para mí cofundar Google Earth, junto con nuestro equipo de ingenieros, informáticos y cartógrafos GIS (Geographic Information System): hemos repartido el poder de la cartografía con todos...

Todos los que tengan un PC con ADSL.
En principio, cualquiera. Y eso es la esencia de la democracia digital que ahora nace.

¿No censuran nada por seguridad?
Nosotros nunca censuramos, pero las fuentes que nos proporcionan información -algunas, militares o estatales- sí censuran.

Por ejemplo...
Es censura convertida hoy por la tecnología en anacrónica, ociosa y ridícula: tras el 11-S, a alguien en la Administración estadounidense se le ocurrió difuminar en las fotos por satélite los contornos de... ¡la Casa Blanca!

Edificio absolutamente desconocido.
Una foto que puede tomar cualquiera que pasee por Washington. Del mismo modo, sus prevenciones de secreto a menudo son contraproducentes y más que disuadir atraerían a un potencial terrorista.

¿En qué sentido?
Pues ese difuminado impuesto en algunas áreas en realidad está proclamando: "¡Aquí hay algo de interés nacional o militar!".

Tapar es el mejor modo de exhibir.
También -modestamente- hemos cambiado la forma en que concebimos el mundo. Metimos Darfur en la agenda de la Casa Blanca.

¿Cómo?
Cuando empezó a saberse del genocidio de Darfur, nadie sabía bien ni dónde estaba. Hace sólo unos años hubiera costado una fortuna convertir ese genocidio en un asunto candente para la opinión pública...

¿Y ustedes qué hicieron?
Dar información y poder a los que quisieran. Con Google Earth, pudieron comprobar que, efectivamente, las tropas gubernamentales y sus aliados habían incendiado casas y pueblos -se veía en las fotos de satélite- y habían desplazado a la población.

Una masacre.
En colaboración con el Museo del Holocausto de Washington, interpolamos testimonios y fotos de la matanza en la red con las de los satélites, y hubo eco en los medios. Así se creó un clima de opinión que propició la inclusión de Darfur en la agenda de política exterior de Estados Unidos.

Buen ejemplo.
Hay tribus amazónicas que han utilizado Google Earth para denunciar talas masivas de selva en sus territorios, y hemos desarrollado una aplicación que permite comparar imágenes de un área a lo largo del tiempo, lo que evidencia el cambio climático.

¿Algún uso indeseable?
Mire mi móvil Google: llevo una aplicación que permite a mis colegas de trabajo ver en todo momento dónde estoy.

Muy indeseable.
No, porque yo les he autorizado.

Que exista la opción ya condiciona: si su jefe pide controlarle y usted se niega, deberá buscar excusas para negarse.
Afortunadamente, mi mujer no quiere tenerme localizado siempre. Si ocurre algo grave, dice que preguntará a mis compañeros.

¡Qué peligro!
Usted siempre podrá decidir quién le puede controlar. La libertad es ampliar la capacidad de elección.



Ojo al móvil chivato

A Parsons le preocupa que, del mismo modo que ya nadie sabe dividir -¿para qué, habiendo calculadoras?-, nadie sepa leer mapas -¿para qué, con Google Maps en el móvil?-: "Somos la última generación que podía perderse". A mí lo que me acongoja es perder el derecho a perderme. Porque su dichoso móvil Google permite a cualquiera -él jura que sólo con previo consentimiento- ver en qué rincón del planeta estás en cada momento. La mera existencia de ese chivato ya nos está condicionando ahora. Millones de almas -antes libres- tendrán que inventarse excusas para no dar acceso a su localización continua a jefes/-as, novios/-as y padres obsesivos. Habrá que recuperar las benditas cabinas.


LLUÍS AMIGUET