dijous, 2 d’abril de 2009

PAMELA HARTIGAN, directora del centro de emprededores sociales de la Universidad de Oxford

"Si buscas una gran ocasión, encuentra un gran problema"



Tengo... ¡la edad de entusiasmarme por un buen proyecto! Nací en Guayaquil y vivo en Chamonix. Llevo casada 35 años con mi marido: ha sido un buen proyecto que dura. No espere a jubilarse para hacer lo que quiera. Sea egoísta y mejore el mundo ya: ¡verá qué bien se siente!



Nací en Guayaquil; mi madre era de allí, pero mi padre era norteamericano y fuimos con él de país en país hasta que a los 18 años fui a Georgetown: estudié Relaciones Internacionales...

Buen sitio.
... y ya me quedé en Washington, me casé allí -aún lo estoy- con un australiano hace 35 años e ingresé en el Fondo Monetario Internacional (FMI)...

Una vida bien enfocada.
Lo desenfocado era el FMI; no servía al desarrollo, por lo menos al desarrollo de los países que lo necesitaban.

Hoy tiene más críticos que defensores.
Me fui porque no quería malgastar mi vida acumulando méritos de funcionaria.

Tenía usted prisa.
Quería notar que servía. Es sentido común.

Tal vez tenga sentido, pero no común.
Más de lo que cree. Mis mejores alumnos de la Columbia Business School y Oxford lo tienen: no quieren malgastar sus vidas intentado acumular bonus en una consultoría o en cualquier banco de inversión...

Si es que queda alguno.
... haciendo un trabajo absurdo. Y yo a esos alumnos, los mejores, les digo la verdad: "Chicos, tenéis que ser egoístas como fui yo".

¿...?
Sí, egoístas, porque la mayor forma de egoísmo es mejorar este planeta y dejar tu huella en la memoria de los demás; al hacerlo, notarás que tu vida tiene sentido.

¿Qué hizo usted tras dejar el FMI?
Un máster en salud pública y después ingresé en la institución que -decían- velaba por la salud de la humanidad: la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Una gran oportunidad.
Llegué a ser directora de promoción de la salud; un gran cargo en un edificio inmenso con cientos de burócratas.

Y de sueldo..., ¿una pasta?
Ganaba 325.000 francos suizos (250.000 euros) al año, pero mi marido y yo nos preguntábamos: "¿De verdad necesitamos tanto?". No sabíamos qué hacer con el dinero.

Haberme llamado.
Ahora gano mucho menos, pero el dinero no era ni es el problema: convertirlo en el centro de tu vida es el problema. En aquel momento, lo que me preocupaba es que tenía un cargo en el que no estaba sirviendo a los demás. Por lo tanto, no me hacía feliz.

¿No dejó su huella? ¿Salvó vidas?
La OMS salvaba vidas, sí, sobre todo las de los ministerios de Sanidad y sus burócratas, pero no servía a la salud de las personas.

¿Por eso se fue?
Recibí una llamada del fundador del foro de Davos, Klaus Schwab.

¡Qué suerte!
Le dije que aunque fuera el último empleo en el planeta no lo aceptaría, porque su dinero había sido amasado a costa de la salud de la gente gracias a la maquinaria de las multinacionales farmacéuticas... Bueno, debo reconocer que algo han mejorado.

Pero aceptó.
Me convenció de que con él podría marcar una diferencia, y creamos la Fundación Schwab. Durante ocho años montamos una gran red de emprendedores sociales.

¿Qué es un emprendedor social?
No es la responsabilidad social corporativa.

Estaba de moda cuando había liquidez.
Es un mero lavado de cara humanitario para maquillar beneficios conseguidos con medios mucho menos humanitarios.

Buena definición.
El emprendedor social es una mezcla de Richard Branson y madre Teresa, alguien que utiliza todos los mecanismos del mercado para mejorar la sociedad y utiliza el capital para ponerlo al servicio de la empresa y la empresa al servicio de todos, y no al revés.

Deme ejemplos.
Si usted se opera de cataratas en EE. UU. le costará 1.600 euros, y una lente intraocular, unos 140; Aravind cada día practica 1.000 operaciones en decenas de países en desarrollo por 120 euros y cobra 2 euros por esa misma lente de la misma calidad.

¿Cómo?
Aravind creó Aurolab, una empresa pionera en fabricar instrumentos de precisión a bajo coste con certificado ISO 9001. El fundador de ambas, el doctor Ventakataswamy -le apodamos cariñosamente doctor V- y su equipo han practicado tres millones de cirugías de cataratas y otras oculares.

Aquí se hubieran forrado.
Ni el doctor V ni su equipo trabajan por dinero: logran muchísima más satisfacción notando el agradecimiento de miles de personas a las que salvan de la ceguera.

Buena energía cada día.
Tampoco busca dinero Takao Furuno, que ha revolucionado el cultivo del arroz con un método milenario chino que las multinacionales habían hecho olvidar: el del pato.

¿El pato no se come con arroz?
En vez de utilizar pesticidas inorgánicos de dudoso impacto en nuestra salud, Furuno cría patos en los arrozales que se comen los insectos y mejoran la oxigenación de las espigas al remover las aguas nadando.

Simbiosis al servicio del buen arroz.
Con el arroz ya crecido sustituye los patos -que, si no, picotearían el arroz- por especies de peces que devoran los huevos de los parásitos del arrozal. El resultado es un arroz de excelente calidad y sin pesticidas. Las químicas pierden mercados, pero todos los demás ganamos.




El fracaso del éxito

Pamela da la vuelta al sentido común de escuela de negocios: el éxito de la empresa y del directivo sólo se mide por el dinero que gana. Hoy los emprendedores de Esade-Obra Social de La Caixa y los de Oxford y Columbia coinciden con la profesora Hartigan en que el sueldo se cobra en satisfacción personal y que el dinero es sólo un medio para ser útil a los demás, el verdadero camino para obtenerla. Con esa lógica, la avaricia (el greed que estos días se reprocha a los banqueros ineptos) es mera estupidez y el conformismo se convierte en vergonzosa traición a uno mismo. Pamela, el doctor V o Furuno demuestran que una empresa puede y debe servir para mucho más que para ganar dinero.



LLUÍS AMIGUET