divendres, 17 d’abril de 2009

DONATELLA ROVERA, responsable de Aministía Internacional (AI) para Oriente Medio

"No puedo cambiar el mundo, pero sí hacerlo menos malo"



Mi padre es argentino; mi madre, rumana nacida en Italia, como yo, que me crié en Francia y vivo en Londres, desde donde viajo a Oriente Medio. Llevo 18 años recogiendo testimonios de guerra para aclarar crímenes contra la humanidad. Colaboro con la Fundació Alfons Comín



¿Ha conocido a alguien que disfrute matando?
Sí, he tratado con gente que hacía daño sólo porque podía hacerlo...

¿Dónde?
Investigué, por ejemplo, los horrores de la guerra de Argelia en los noventa. Una mañana aparecía un pueblo entero..., 300 personas degolladas y el gobierno me negaba a mí que hubiera habido un solo muerto...

¿Y usted qué sabía?
Yo conocía a las familias asesinadas. Había estado allí antes. Ese es nuestro trabajo: estar allí y hablar con todos; evitar de algún modo que en el peor de los conflictos se destruya el puente humano.

Lo de Argelia fue un enigma macabro.
Había descontento por la pobreza; odios heredados del periodo poscolonial y un ejército argelino donde se enfrentaban varios clanes cuando, como recordará, se interrumpió el proceso electoral...

¿Cuál fue su estrategia allí?
Lograr que aquellos asesinatos no salieran gratis a quienes los cometían.

¿Cómo?
Llamamos la atención internacional. En otoño de 1997, al fin conseguimos que el mundo se preocupara por las masacres argelinas.

¿Y qué?
Hubo presiones diplomáticas.

¿De qué sirvieron?
Sirvieron, porque con ellas habíamos logrado que el coste de asesinar allí subiera.

¿Matar ya no salía gratis?
Deberíamos lograr que quien atente contra los derechos de una persona sepa que podría tener que responder por ello. En realidad, el 85 por ciento de nuestro trabajo es un gris, anónimo y desalentador ir y venir que a menudo da la impresión de que no lleva a ningún sitio... Y eso si me dejan entrar en el país: Israel nos impidió la entrada en Gaza durante su última invasión.

¿Le prohíben la entrada a menudo?
En Marruecos no nos dejaron entrar hasta 1993; en Argelia no pude entrar ni en 1992 ni en 1993: pasaba años esperando visados, y en Túnez llegaron a declararme persona non grata en 1993 y 1994.

Algo habría hecho: tal vez algo bueno.
Un ministro tunecino aseguró en una entrevista que yo ya podía volver; cogí el avión, pero volvieron a rechazarme en la aduana. Ya le he dicho que a menudo me da la impresión de que vago por el mundo para nada.

Puede que intentarlo sea importante.
He intentado hacer lobby para que se abra una investigación sobre la última invasión de Gaza. He visto a diplomáticos balbucear excusas absurdas... Y no lo hemos logrado.

No me habla del 15 por ciento bueno...
¡Es lo que me mantiene trabajando! En ese porcentaje está, por ejemplo, un grupo de ex militares israelíes que hace sólo un par de años eran odiados por los palestinos y hoy trabajan por la paz con los palestinos.

¿Por qué?
Hay quien goza matando, pero también hay personas que -entre gente enloquecida que se asesina- saben reconocer a otro ser humano bajo el disfraz de enemigo. Y eso nos permite a todos continuar siendo personas.

...
Por eso vale la pena seguir trabajando. No creo que vayamos a cambiar el mundo, pero tal vez logremos hacerlo algo menos malo.

¿Por qué ingresó en AI?
En el año 1990 vi un anuncio en The Guardian. Pedían lo que yo sabía: árabe y conocimientos del mundo árabe y hebreo, y experiencia en Israel. Yo había estudiado en Alejandría y Jerusalén.

¿Cuánto le pagan?
Treinta mil libras (alrededor de 30.000 euros) al año. Y a eso dedúzcale impuestos. Ya ve que no trabajamos por dinero.

¿Está mejor hoy Oriente Medio?
Quien no vea que empeora es un iluso.

¿Y usted trata de ser equidistante?
Sólo si los hechos lo son. Mi trabajo es construir una red de relaciones que permitan reunir testimonios para extraer algo de la verdad que al hacerse pública permitirá que se haga justicia para defender los derechos de israelíes, árabes, palestinos y de cualquier otra persona.

¿Cómo logra que le den esa confianza?
Saber árabe, por ejemplo, me permite evitar el traductor, que puede intimidar a los testigos. Así logré demostrar que los de Hamas estaban asesinando e intimidando a otros palestinos cuando empezaron los enfrentamientos entre ellos y Al Fatah.

¡Qué complejo, ese conflicto!
Las guerras son un laberinto diabólico, pero si logras sacar a la luz un poquito de verdad, se consiguen cosas, tal vez pequeñas...

¿Más ejemplos?
En el 2006 logramos testimonios de soldados israelíes que reconocieron haber disparado artillería a bulto -indiscriminadamente- sobre el sur de Líbano.

¿Y qué?
Yo los había visto, pero lo importante era lograr que los soldados lo reconocieran...

¿Por qué hablan con usted?
¿Por qué hablan los testigos con los periodistas? Porque son personas, y quieren decir la verdad, pese a todo.

No deben de ser muchos.
La mayoría cree que los israelíes -o los palestinos- nunca son verdugos; siempre son víctimas. Y tratan de intoxicarte con su visión. Y en medio de ese caos de odio e intereses estás tú, como una hormiguita, reuniendo testimonios y datos...



El puente humano

Encuentro en Donatella a una mujer tan abatida por conseguir tan poco como convencida del valor de ese tan poco. Convenimos en que las personas -así, tomadas de una en una- somos más importantes que cualquier idea, religión, país o bandera: no hay esfuerzo más meritorio que el de evitar que nos asesinen en su nombre. Y eso lo saben las personas capaces de ver bajo el uniforme enemigo a otros humanos. También están los asesinos, pero si estos temen -aunque sea poco y sólo un segundo- ser denunciados por alguien como Donatella, ese esfuerzo vale la pena. Se lo digo y sonríe: me confiesa su adicción al trabajo y después me cuenta más animada que pronto se tomará un año sabático.



LLUÍS AMIGUET