dilluns, 20 d’abril de 2009

MANUEL J. BORJA-VILLEL, director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

"El éxito sólo es una obsesión anglosajona"



Tengo 51 años: intento no momificarme. Nací en Burriana; estudié en la CUNY de Nueva York y he dirigido el Macba. Ya no hay élite y masas, sino múltiples minorías. El éxito sólo es una obsesión anglosajona: aquí preferimos la amable vida en común al triunfo en solitario



Cuando llegué al Reina Sofía descubrí que el cargo incluía coche oficial... ¡Y chófer!

En Barcelona también pagamos unos cuantos.
Pero este es de Madrid. El primer día, al salir del despacho, me dijo: "Don Manuel: ¿adónde le llevo?". Y yo, algo cortado, le respondí: "Llámame Manolo, hombre". Y él me contestó: "Como quiera, don Manolo, ¿adónde le llevo?".

¿Más diferencias Madrid-Barcelona?
En Barcelona, la dimensión es local -y eso no es un juicio de valor-, mientras que en Madrid todo adquiere proyección global. Barcelona es una ciudad que aspira a Estado, y Madrid, en cambio, es el Estado que intenta ser ciudad.

Barcelona-Madrid: dos ciudades distintas y una misma obsesión identitaria.
A veces los dos tienen estreñimiento identitario también. Es importante no perder el sentido de la realidad y del momento en que vives. Debemos asumir que hoy la identidad cultural de una ciudad ya no es sólo una ni está vinculada sólo a un territorio nacional.

¿Qué define a una ciudad, entonces?
Lo que está pasando es que la identidad nacional se desvanece en un mundo en el que todo se relaciona con todo.

¿En qué sentido?
Las ciudades se han emancipado de sus territorios. Hoy una gran ciudad, más que escaparate de una identidad, tiene vocación de hub o de puerto donde se cruzan gentes que vienen de todas partes y van hacia todas partes, y se mezclan y antagonizan múltiples identidades culturales de todo el planeta.

¿Ya no hay culturas nacionales?
No como en el XIX, cuando se forjó el imaginario del Estado nación y la capital era el escaparate máximo de sus señas: capital de una nación, un patrimonio cultural, una lengua, una cultura, un territorio...

Y unos que mandaban allí.
... Y la clase dirigente de Barcelona está perdiendo oportunidades, entretenida en contemplar el ombligo de su pasado de vanguardia industrial y pionera cultural de la modernidad. Lo fue, pero en el XIX.

Una gran época para ellos.
Catalunya leyó muy bien la modernidad artística: Dalí, Picasso, Miró, Tàpies... Pero no lee -o no le han dejado leer- tan bien la contemporaneidad. A Madrid, en cambio, sí le han dado medios y ha tenido la habilidad de leer mejor esa contemporaneidad, donde todo está en relación con todo, lo cual también le ha conllevado una indeseable atracción hacia la banalidad y el espectáculo.

A veces lo que no se entiende es el arte contemporáneo...
Eso es un cliché como decir que los madrileños son chulos, los valencianos, festeros y los catalanes, peseteros... Y el arte contemporáneo, incomprensible.

¿Usted no es un funcionario del arte?
A mí no me molesta que se quejen del arte contemporáneo, me molestaría mucho más que nadie dijera nada de él, pero lo cierto es que cada día viene más gente a los museos: al Macba y al Reina Sofía y a todos.

Hay más turistas que indígenas en ellos.
Los turistas son los verdaderos proletarios contemporáneos: se levantan al amanecer, vagan sin descanso de museo en museo y de ruina en ruina haciendo largas colas para todo: comer, sentarse, ir al lavabo...

... Y pagan: ¡turistas del mundo, uníos!
Los museos que se llenan para contemplar arte que fue minoritario demuestran que ya no hay élites y masas, sino muchas minorías culturales interesadas en cientos de cosas diversas sin una jerarquización clara.

Antes tenías patria, hoy eliges tribu.
Tribus: minorías que popularizan sus culturas -no necesariamente las vulgarizan- independientemente de dónde sean y estén. Hoy es difícil hablar de arte "español", "catalán" o "austriaco"... ¿En función de qué? ¿Del pasaporte del artista? ¿De quién lo subvencionó? ¿De en qué museo se exhibe?

Quien paga suele poner su bandera.
Lo que no cambia es que crecer como persona es rechazar el papel que se te asigna. En las tragedias griegas, el personaje que no se rebelaba contra su destino asumía las culpas de sus padres: debía redimir una especie de pecado original. Por eso, el Otelo de Pasolini, ante una Desdémona encantada con su destino de ser asesinada, se niega a ser el asesino, y al final los espectadores se niegan a ser pasivos e inician una revuelta creativa que los hace mejores.

Y los teatros, vacíos.
La cultura no es llenar los teatros porque haya que llenarlos. Al revés, rebelarte contra tu destino es arte, educación y cultura: ser culto no es ir al museo, al cine o a la universidad a tragarte lo que te den, sino cuestionarte si quieres seguir siendo espectador o estás harto de ser Otelo o Desdémona.

¿Defiende usted la cultura de la queja?
Rebelarse con sentido requiere esfuerzo y creatividad y disciplina: mucho más que asumir tu destino sin cuestionarlo. Incluso es interesante plantearse la definición de creador. A ver: ¿dónde está escrito que para ser alguien tienes que escribir un libro?

¿...?
Aby Warburg apenas escribió, pero es el padre de la historia moderna del arte...

Era un genio sin libros.
Pero con biblioteca. Hoy la cultura se fragmenta en mil audiencias, y cada uno hace sus navegaciones: la creación empieza en esa elección de ruta, aunque no firmes obras.



Genios sin firma

¿Dónde está escrito que para triunfar hay que haber firmado grandes libros, cuadros, películas o por lo menos un modesto blog? ¿Quién dice que el éxito no sea saber disfrutar de obras ajenas y desistir de afirmar el ego para la eternidad? Pero, sobre todo, ¿por qué demonios hay que triunfar? Dando un paradójico paseo por el Reina Sofía repaso con Borja Villel la gigantesca nómina -la anónima inmortal- de grandes hombres que no pintaron, escribieron ni dejaron su firma bajo obras imperecederas, y convenimos en que fueron tremendos artistas capaces de cuestionar la necesidad misma de legar a las generaciones venideras todo el peso de sus egos. Tal vez los diez mejores escritores no escriban.



LLUÍS AMIGUET