dimecres, 29 d’abril de 2009

MANEL ESTIARTE, campeón olímpico de waterpolo

"Cuando pasé del yo al nosotros empecé a recibir mucho"



Tengo 47 años. Nací en Manresa y he vuelto a Barcelona tras 24 años en Pescara (Italia), donde están mi mujer, Silvia, y mis dos hijas, Nicole (18) y Rebeca (16). La exagerada oposición de los políticos, sea quien sea el que gobierne, me decepciona. Soy creyente



No he vuelto a tirarme a la piscina.

¿No?
La gente decía que yo era un pez, pero de pequeño lloraba cuando me hacían meterme en el agua y desde que me he retirado no he vuelto a ponerme gorro y gafas. Para mí, el agua ha sido un medio.

¿Un medio para qué?
Al principio, para estar más cerca de la persona que admiraba, mi hermano mayor, jugador de waterpolo. Luego, la piscina de Manresa se convirtió en mi segunda casa. A las seis y media de la mañana ya estaba en remojo con mi hermana Rosa, nadadora. Luego, al cole, y vuelta a la piscina. Con los años, ese medio me llevó a la felicidad.

¿Por los logros?
Eso no es felicidad, sino emoción del momento; pero el waterpolo ha decidido mi vida, me llevó a Italia y a que en Pescara conociera a mi mujer y naciesen mis hijas.

¿Puñetazos y arañazos bajo el agua?
En el waterpolo hay dureza, y hay quien juega limpio y quien no. Ocurre una cosa: que el árbitro no ve lo que sucede bajo el agua.

Hubo peleas memorables.
Siempre salías a defender al compañero y se liaba. España ha entrado en alguna tangana, cierto; pero si ellos sacaban los cuchillos…

¿Tipo salón del Oeste?
Históricamente, el waterpolo siempre ha sido muy catalán y en la selección española éramos mayoría, gente seria y disciplinada; pero llegaron cinco chavales de Madrid con una chulería deportiva imponente. Nos conocimos y nos fundimos. Ellos aprendieron de nosotros el esfuerzo, y nosotros, de ellos, a ganar sí o sí y a defendernos.

¿Qué más ha aprendido a lo largo de…, cuántos años?
Empecé a los 5 años, lo dejé a los 40 y debuté con la selección española a los 15. El deporte ha sido la vida: humildad, sacrificio, respeto, saber ganar y perder, compañerismo..., o lo aprendes o no llegas.

¿Qué le convirtió en el líder?
A los 18 años quedé máximo goleador de los JJ. OO. y los medios escribieron que era el mejor jugador del mundo, el líder de la selección española.

¿Se lo creyó?
Es posible que entonces quisiera que todo el juego fuera para mí. Era buena persona, pero como deportista no era completo, porque era egoísta.

Nunca nadie le ha tachado de eso.
Me di cuenta a tiempo. Sufríamos tanto, que sentíamos la necesidad de estar unidos, y pasé del yo al nosotros: empecé a repartir juego, a ser más generoso y, en consecuencia, a recibir muchísimo. Fue entonces cuando percibí el olor del deporte en estado puro, empecé a divertirme de verdad, a sentirme deportista, quizá a sentirme líder.

El croata Dragan, más que un entrenador, era un torturador.
Nos preparó durante un año. Era tan duro, que el equipo me pedía que hablara con él. "Yo enseñaré a sufrir a españoles". Nos menospreciaba, y eso nos daba tanta rabia que muchos llorábamos tras las gafas. Le aseguro que nadie se entrenó más que nosotros para los JJ. OO. del 92.

Debió de ser duro perder en casa.
La noche antes piensas que es la oportunidad de tu vida, que no se te puede escapar. Fue una sensación de vacío total. Todos creímos que habíamos perdido el tren, pero cuatro años después el mismo equipo ganó la medalla de oro en Atlanta.

Le cito: "La grandeza, por corta que sea, es para siempre".
Es así. Luego descubres que hay más; pero entonces el waterpolo era nuestra vida, y quedar campeón olímpico, y además con tus amigos del alma... Tanto da que la grandeza sea de tres minutos o de tres años. Al final, todas se acaban: te queda el sabor de lo vivido. La grandeza está en la intensidad.

¿Mantiene contacto con los jugadores?
Sí, aunque luego todo cambia. Cuando era niño, mi madre me decía: "Llegará un día en que tu familia va a ser otra", y yo no lo entendía. Lo mismo ocurre con el equipo.

¿Qué ha sido lo peor?
Deportivamente, no hay peor, en el momento lloras la derrota. La muerte de Rosa.

¿Ha entendido por qué se suicidó dejando dos hijos pequeños?
No, es imposible. Yo me sentí muy culpable porque las últimas palabras -"Rosa, no nos hagas sufrir más"- tras una discusión que tuvo con mi padre se las dije yo. Ella acababa de divorciarse. Estábamos comiendo, se levantó de la mesa, salió corriendo, entró en mi cuarto, la ventana estaba abierta, y se lanzó. Corrí tras ella, pero no pude detenerla.

Y corrió a la iglesia a interpelar a Dios.
Yo me volví loco, la vi impactar en el suelo. Vi como mi madre la recogía y la abrazaba en medio de un mar de sangre, sin llorar. Pero yo, el gran deportista, no pude ni acercarme. Miré arriba y vi a mi padre que se desmayaba. Sólo pude llorar y correr, y me metí en la iglesia a gritarle a Dios.

Pero eso no alteró sus creencias.
No, durante años no pudimos hablar de ella en casa, mi padre se ponía mal. Hoy, recordarla me hace bien, porque era una mujer maravillosa, y sus hijos han crecido bien, genuinos. Han heredado su gran corazón.

¿Qué le hace a uno excepcional?
En el deporte hay una parte que es don y luego hay que entregarse con absoluta pasión; pero yo fui excepcional porque jugué con ellos. Juntos hicimos algo excepcional.



Amigos del alma

Ser el mejor, campeón olímpico, es mucho; por eso cuando hay más, sorprende. La calidad humana de Estiarte, en directo y en su biografía (Todos mis hermanos, Plataforma), lo convierte en alguien tan amable como admirable. Participó en seis Olimpiadas, fue campeón en Atlanta y abanderado del equipo español en Sydney. Durante siete años fue elegido mejor jugador del mundo. Sin embargo, lo que a él le gusta explicar es cómo creció como persona, cómo los lazos emocionales y el amor fueron moldeándolo. No hay en él falsa modestia cuando dedica su vida deportiva a todos los compañeros, a los que aunque jugaban medio minuto entrenaban igual que los demás. "Sí, a todos mis hermanos".



IMA SANCHÍS