dijous, 4 de juny de 2009

Sir HOWARD DAVIS, director de la London School of Economics (LSE)

"La banca existe para servir al ciudadano y no al revés"



Tengo 58 años, bastantes para haber vivido otras crisis y saber que esta también la superaremos. Nací en Manchester, pero esta es mi semana feliz, porque soy del Manchester City. Yo voto a la americana: no a los partidos sino a los líderes. Colaboro con el Cercle d'Economia.



Sabemos que el aumento de la riqueza sólo aumenta proporcionalmente nuestra satisfacción si nuestra renta es muy baja...

De no poder comer a comer la satisfacción es enorme.
... Pero a medida que nos hacemos más ricos esa proporción mayor riqueza-mayor satisfacción,se hace más difusa.

Por ejemplo...
En los países pobres que alcanzan por primera vez la riqueza que asegura alimentación para todos se produce enseguida un aumento proporcional en la cantidad de ciudadanos que se declaran satisfechos.

Lógico.
... Pero esa proporcionalidad desaparece cuando un país ya próspero aumenta algo más su riqueza. Los ciudadanos entonces no se declaran más felices en la proporción en que son más ricos. El primer coche da satisfacción, pero cuando ya tienes tres...

¿Usted no hablaba de regular bancos?
Sígame, por favor. Esa proporción se rompe, pero en cambio hemos descubierto que una vez alcanzado cierto nivel de renta, aparecen otras causas de insatisfacción.

A saber.
Lo que hace infeliz a la gente en los países ricos es la percepción de que pueden volver a ser pobres: el riesgo de perder lo que han ganado, aun cuando esa pérdida no signifique volver a la pobreza.

Ahora mismo sufrimos la decepción de que nuestros pisos han perdido valor.
Si usted tenía 10 y perdió 9 será más desgraciado -aunque todavía le lleve uno de ventaja- que quien nunca ha tenido nada: perder algo deprime más que no haberlo tenido.

Y si encima mi vecino tiene más...
¡Esa es la otra pata de la paradoja! La percepción de desigualdad nos hace infelices -sobre todo si somos nosotros los que tenemos menos- y más aún si percibimos esa desigualdad como el resultado de una retribución injusta del talento y el esfuerzo.

Hasta ahí de acuerdo.
Y qué prefiere usted: ¿Crecer un 1,5% anual estable durante 10 años o sufrir altibajos en su riqueza -incluyendo algunos de fuertes pérdidas-, aunque la media resultante al cabo de una década sea de un 2% anual?

Crecer menos con menos sobresaltos.
Esa respuesta no es tal vez la más objetivamente inteligente, pero es la más humana. Si la diferencia cuantitativa entre un crecimiento sin sobresaltos y otro con enormes altibajos no es grande, usted preferirá calidad en ese crecimiento y no sufrir esas euforias y pánicos tan deprimentes.

¿Y...?
Pues bien, las objeciones que se plantean a la regulación de los mercados son que merman la creatividad y la creación de riqueza.

¿Y no es así?
Concedamos que tal vez en alguna medida, sí, pero admitamos también que la regulación palía esos altibajos que nos hacen desgraciados y que crean paro y sufrimiento.

¿Por qué no dejar a los bancos que purguen sus errores sin pagarlos nosotros? ¿No eran antiintervencionistas?
Porque si los abandonáramos a la pura lógica del mercado a la que muchos de sus directivos se entregaron sin la más elemental precaución, ahora no quedaría ni un solo banco operativo y todos sufriríamos más.

¿Y quién purgará sus culpas entonces?
Si busca culpables, reparta culpas: primero, el exceso de liquidez permitido por los bancos centrales durante años con tipos de interés demasiado bajos; segundo, los bancos privados que olvidaron toda prudencia y compitieron por dar crédito sin garantías y los de inversión, que crearon un sistema bancario paralelo sin supervisión...

De acuerdo.
... Pero también los consumidores que pidieron créditos que no podrían pagar si subían los tipos. El hecho de que no esté prohibido conducir a 200 por hora no te obliga a jugarte la vida a esa velocidad. Si te la juegas y te matas es culpa tuya. Y por cierto, todos los periódicos también jalearon la euforia mientras les siguió entrando publicidad.

¿Y ahora qué?
Regulación: mejor y más regulación. Y previa a la creación de instrumentos financieros no posterior. No se deben aprobar nuevos derivados hasta que no se demuestre que no ponen en peligro el mercado; igual que no se vende un juguete hasta que no se demuestra inofensivo.

El Banco de España reguló.
Y muy bien, pero ha sido insuficiente ante el huracán financiero y ahora veremos cómo salen de esta alguna cajas españolas.

¿Cómo regular sin burocratizar?
El contribuyente ya ha puesto su dinero en los bancos de forma que ha quedado claro que los bancos existen porque sirven al ciudadano y no al revés. Existe un contrato social previo a la pura propiedad privada de los bancos que les somete a ese servicio al interés general.

No creo que les guste saberlo.
Hace un par de años los banqueros se hubieran reído de una afirmación así: ellos sabían crear riqueza con sus bancos, pero ahora está claro que sus bancos no existirían sin nuestros impuestos. Y, por lo tanto, deben aceptar supervisión y regulación.

¿Cuánta?
La regulación financiera debe ser como esos baches artificiales en la carretera: no impiden la circulación de capitales, ni siquiera son auténticos límites de velocidad, pero disuaden de correr.




Bancos con fin

En la estela de Adam Smith, sir Howard enfoca su análisis al final último de toda teoría económica: servir a la satisfacción humana. Todo lo demás: banca y regulación incluidas deben subordinarse a ese fin. De esa forma, Davis desautoriza los modelos económicos que ignoran nuestro bienestar para servir a un equilibrio de autómatas. Por eso, apunta en Regulación financiera mundial (Paidós) que la recesión ha renovado el olvidado contrato social entre el ciudadano y la banca: la banca no es una actividad privada más; no es otro negocio, sino que existe para servir a la sociedad y no al revés. Y por eso debe regularse, y más ahora que en media Europa la mantienen los contribuyentes.



LLUÍS AMIGUET