dissabte, 13 de juny de 2009

CARMEN TEJEDOR, psiquiatra; dirige el programa de prevención del suicidio del Eixample

"Yo nunca he encontrado libertad en un suicida"



Tengo 66 años. Aún sigo la reivindicación solidaria del 68. Cuando podemos hablar de algo, también empezamos a controlarlo; por eso el mejor remedio contra el suicidio es la palabra. Cada día llegan suicidas a mi consulta: si todos cooperamos, podríamos reducir su número



Si veo a un suicida a punto de lanzarse al vacío, ¿qué hago?
Para empezar, no demuestre nervios ni precipitación e intente buscar ayuda.

...
... Con naturalidad y calma, trate de hacerle hablar con respeto y tacto, encontrando el tono adecuado, preguntándole por su nombre, por qué está actuando así.

Por ejemplo...
"Bueno, vale, Lluís, entiendo que se siente muy mal, explíqueme por qué está aquí...".

...
Debe intentar rebajar dramatismo; aplazar el acto, pero no se enfrente a él ni trate de predicarle, y llámele por su nombre.

¿Por qué?
La libertad del suicida es falsa. Lo explica muy bien The bridge, un documental rodado con cámara oculta en The Golden Gate de San Francisco, lugar habitual para suicidas.

¿Qué explica?
Recoge un suicido frustrado por una foca que empuja al suicida, con las piernas rotas, hacia la superficie: "Me arrepentí -confiesa el pobre- cuando aún estaba en el aire".

Esa foca merece una medalla.
Otro suicida también se arrepiente en el último segundo y se desuella las manos aferrándose a la cornisa: "No era yo cuando me tiré". Ahí está la respuesta de cordura de no reconocerse a sí mismo en la situación.

El retorno de la dignidad.
Por eso hay que afirmarle la identidad al suicida llamándole por su nombre y demostrándole que nos importa; que es alguien para nosotros y que su vida es necesaria.

¿Y si no quiere hablar ahora?
Hágale olvidarse del ahora.

...
Recuerde el tarrito de Alicia en el país de las maravillas donde ponía "Para comer mañana". Para que aplace su decisión, hay que meter el impulso suicida en ese tarrito haciéndole hablar y escuchándole.

"No puedo explicarle lo que me pasa".
Inténtelo: vamos, en cuanto somos capaces de verbalizar un sentimiento, un deseo, un impulso, ya estamos empezando a controlarlo. Y lo mismo sucede con los intentos de autodestrucción y el suicidio.

Quien mucho avisa no se mata.
Falso: quien mucho habla de suicidio es quien acaba cometiéndolo. Hablar de quitarse la vida es un indicador de riesgo: tómeselo en serio.

Bueno, los suicidas son ínfima minoría.
El 10 por ciento de nuestra población ha pensado en poner fin a su vida alguna vez y el 1,5 por ciento lo ha intentado, pero es muy difícil dar estadísticas fiables, porque el suicidio se suele encubrir.

¿Por qué?
El suicidio sigue siendo algo vergonzante. El 10 por ciento de los suicidas deja una nota. Recuerdo una ilustrativa al respecto que decía: "Y, sobre todo, hija mía, di a las vecinas que ha sido una embolia y no que me he tomado unas pastillas".

¿Por qué el suicidio avergüenza?
Porque creemos que es un acto libre y si hay libertad hay culpa, así que existe una especie de juicio popular que condena de antemano al suicida y a quienes le rodean.

¿Suicidarse no es nunca un acto libre?
Yo nunca he encontrado libertad en el suicida: siempre eran víctimas de un estado anímico alterado que no les permitía decidir libremente.

¿No hay un suicidio racional?
El 95 por ciento de los suicidas presentan claros síntomas de trastorno mental: depresión, ansiedad, irritabilidad, impulsividad patológica. El otro 5 por ciento es el denominado suicidio balance,al que se llega tras un diagnóstico de enfermedad somática terminal.

¿Y entonces?
Suele haber una depresión más o menos encubierta.

¿Hay familias de suicidas?
Existe un factor genético comprobado en grupos endogámicos como los amish. Y también hay sociopatías que lo favorecen.

¿Como en la anomia de Durkheim?
La falta de referencias, de sentirte de un grupo, te hace más vulnerable a las depresiones, y en ese sentido será interesante comprobar si las redes sociales digitales nos protegen de esa soledad anómica.

¿El amor sigue matando?
Seguimos suicidándonos por amor. El desengaño amoroso aún es la primera causa de suicidio en todas las edades, pero suele ir acompañado de otras disfunciones.

Por ejemplo...
Los cinco factores que favorecen el suicidio son el trastorno mental; los pensamientos o ideas suicidas tras intentos previos; una enfermedad somática crónica; el desarraigo social, o impactos externos que rompen el equilibrio emocional del suicida.

¿Hablar del suicidio lo propicia?
Ocultarlo lo propicia. En cambio, una actitud social proactiva ante el suicidio lo reduce. La prueba es nuestro programa de intervención en la Dreta de l´Eixample, que ha logrado reducir un 66 por ciento las repeticiones de intentos suicidas.

¿Cómo?
Haciendo que, además de los médicos, todo el barrio participe en prevenir el suicidio: residencias geriátricas, servicios sociales, escuelas, asociaciones de vecinos, bomberos, policías... Poca inversión con mucho resultado. Es un modelo que ahora implementarán en otras comunidades.




Ellos, primero

El derecho a decidir la propia muerte es mejor cedérselo graciosamente a quienes nos hacen la vida imposible. Se me ocurre como antídoto contra la glorificación del suicidio amoroso que impregna nuestra cultura desde Calixto y Melibea hasta los amantes de Teruel -"tonta ella y tonto él", que apostillaban las comadres sabias- o al nihilista de los Sex Pistols. La doctora también tipifica el suicidio balance -el que se decide frente a una dolencia terminal- como una decisión no muy libre sino muy enferma, y esa opinión -desde su posición en absoluto religiosa- es digna de una buena polémica. La doctora Tejedor asegura que del suicidio -como testimonian los suicidas frustrados- siempre te arrepientes.



LLUÍS AMIGUET



1 comentari:

Anònim ha dit...

Denuncio publicament akest bloc http://mysuicidio.blogspot.com, amb comentaris del 2013 on es donen idees per al suicidi. Si us plau que algu clausuri aquest bloc!