dijous, 12 de març de 1998

VLADIMIR DEZHUROV, cosmonauta ruso

"Me encanta ver la Tierra a mis pies"




Tengo 36 años. Nací cerca de Moscú. Soy teniente coronel de las Fuerzas Aéreas rusas y cosmonauta. Estoy casado. Tengo dos hijas, Ana (14 años) y Svetlana (10). Soy Leo. Conduzco un Audi 100. Mi talismán es un muñequito astronauta. ¿Tendencias políticas? Soy militar. Me encanta la velocidad. Estuve en la Mir y seré el comandante de la nave Soyuz en viaje a la Estación Espacial Internacional, en 1999


—Volar en avión debe de parecerle a usted como ir en patinete.
—Hombre, sí, viene a ser corno ir en coche.

—¿Cúanto tiempo ha vivido usted en el espacio exterior?
—Seis meses, con cinco caminatas espaciales incluidas.

—¿En cuánto está por ahora el récord humano de permanencia en órbita?
—En un año y cuatro meses. Tiene este récord un médico ruso llamado Valen Polakov.

—¿Qué efecto sobre el cuerpo humano tiene una estancia tan prolongada en el espacio?
—Que vuelves a la Tierra más fuerte: ¡ahí arriba tenemos por norma hacer ejercicio fisico dos veces al dia!

—¿Podría yo subir a la estación Mir y participar en una misión espacial?
—Hummm... No creo. Demasiadas dioptrias. Con esas gafas no podría usted ponerse el casco. Y las lentillas no son prácticas. Y debería pasar un estricto control médico que no sé si superaría.

—De acuerdo, pero ¿vale la pena subir ahí arriba, realmente?
—A mí me encanta pasear por el exterior de la nave y ver la Tierra a mis pies. Es una bonita imagen. Se ve España.

—Ah. ¿Y qué me dice de su vida sexual ahí arriba?
—Allí arriba no hay vida sexual.

—¿Ni vídeos ni revistas? ¿Nada?
—Nada. No hay tiempo.

—¿Y no hay mujeres cosmonautas? ¿No hay tiempo para algún romance?
—Hay mujeres cosmonautas, sí, pero con esos trajes que llevamos, es como si no hubiese diferencia de sexos.

—¿Duermen ustedes bien, al menos?
—Muy bien, porque trabajamos y nos cansamos mucho. Te duermes y te quedas flotando. Como hay ingravidez y corriente de circulación de aire, tu cuerpo va dando vueltas por la nave, como un globo. Es muy agradable.

—Cuénteme ahora algo desagradable.
—Cuando se estropearon los ordenadores de la Mir y nos quedamos sin luz. Fue complicado, porque hubo que hacer la reparación casi a oscuras. ¡Pero lo conseguimos!

—Brindaron por el éxito, supongo. ¿Un poco de vodka?
—No! No podemos tener vodka: demasiado peligroso. Brindarnos con café, té y leche.

—¿Sin vodka, sin caviar? ¡No!
—Caviar rojo sí teníamos, es verdad.

—¿Y es cierto que hubo una fuga en el depósito de excrementos y que quedaron flotando por la nave?
—No. Eso no es cierto.

—Me alegro. ¿Cuál era su comida favorita en la MIR, por cierto?
—Patatas con cerdo. En puré y envasadas al vacio, claro.

—Además de buen estómago, ¿qué virtudes debe tener un buen cosmonauta?
—Primero una muy buena salud, desde luego. Luego, ser psicológicamente muy equilibrado, flexible, saber trabajar en equipo y tener rapidez de reflejos.

—¿Qué tipo de experimentos hacen ustedes en la MIR?
—Observaciones astronómicas y terrestres, experimentos fisicos, de producción de medicamentos en ingravidez... Muchos, muchos...

—¿Cuánto cobra un cosmonauta como usted por hacer ese trabajo?
—Mi sueldo normal como militar del Ejército ruso.

—Dígame la verdad: ¿no le da mucha pereza volver ahí arriba, con lo a gusto que se está aquí en la Tierra?
—Sí, pero ese es mi trabajo. Me da la misma pereza que debe darle usted ir a su trabajo.

—Pero no llego a pasar miedo, y usted sí debe de tenerlo a veces...
—¿Miedo? No!

—¿Ni siquiera cuándo sale a pasear al exterior de la nave?
—No. Estás demasiado concentrado en lo que haces. Y más te vale estar con centrado: un pequeño error y...

—¿Y...?
—Pues hay riesgo de quedar suelto y de convertirte en un pequeño satélite humano alrededor de la Tierra...

—¿En ese caso, cuánto tiempo duraría usted con vida?
—Si sucede al poco de salir afuera, unas seis horas. Es la autonomía de oxigeno que tiene el traje espacial.

—En “2001, una odisea del espacio”, eso le sucede a un astronauta, que se pierde en el cosmos rezando el padre nuestro. ¿Reza usted ahí arriba?
—No. Creo en Dios, pero ahí arriba no hay tiempo ni de rezar.

—¿Y de ver la tele?
—A veces pedimos a la base que nos conecten en los monitores las noticias de la televisión rusa. Pero siempre hay tanto trabajo que hacer que tampoco tenemos tiempo ni para eso.

—¿Y para soñar? ¿Qué me dice de la vida extraterrestre? ¿Cree en ella?
—No... Vaya, es muy dificil que exista. A la Mir no ha venido nunca un alienígena a llamar a la puerta, al menos.

—Y si llama uno, ¿qué haría?
—Le invitaría a pasar y a conversar.


VÍCTOR-M. AMELA
(Foto: Pedro Madueño)