dilluns, 1 de setembre de 2008

PETER WATSON, historiador de las ideas; autor de "Historia intelectual del siglo"

“Sólo quien es culto tiene auténtica vida privada”




Tengo 62 años, edad en que Platón, Heine, Priestley o Picasso alcanzaban el cénit. Nací en Birmingham. Soy agnóstico, pero amo las catedrales y los himnos anglicanos. Fui candidato socialdemócrata: ¡vean las patologías del capitalismo! He participado en Ifest de Infonomía

¿Cuál ha sido la idea más brillante de la historia?
El experimento.

¿Por qué?
La idea de manipular la naturaleza para descubrir la ciencia nos liberó de la superstición: nos ha hecho quienes somos.

¿Tiene una segunda idea en su lista?
La idea de alma, pero sólo hasta que la del experimento la superó. Son las dos grandes ideas del hombre y, como ya habrá apreciado, radicalmente opuestas. Geniales. La razón –la ciencia– arrebata al alma –la Iglesia– su territorio poco a poco y ese espacio arrebatado es la medida del progreso humano.

¿Inventamos casual o causalmente?
Esa es la primera gran clasificación de los descubrimientos: los hijos del azar...

¡Eureka!
...Que son miles, como la viagra, hallada por casualidad buscando un medicamento contra la hipertensión, e internet, fruto de la guerra fría, por citar dos recientes; y los resultados de un plan: Mendel fundó la genética sabiendo qué buscaba, entre otras cosas porque un superior del convento fue procesado por buscar lo mismo.

¿La gran época de la creatividad?
Por descontado, el Renacimiento italiano y su factor clave fue que la inteligencia se liberó poco a poco de la Iglesia; pero es menos citada la Alemania de 1890 a 1914. Ningún país había reverenciado tanto la ciencia ni incentivado mejor a sus científicos.

¿En qué sentido?
Se les reservaban los lugares clave de decisión y ellos hicieron a Alemania grande... Hasta que llegaron los militares.

Hoy el científico tiene prestigio, pero no glamur y rara vez auténtica fama.
Porque ha perdido la gloria de la autoría. Hoy la revolución de la información y la complejidad de la ciencia hacen que sólo pueda avanzarse en equipo. Si creas una gran novela o un gran cuadro, se te considera un genio, en cambio no se rinde culto al ego del científico, porque la ciencia hoy sólo es en equipo y sus genialidades son anónimas.

¿Vivimos una época creativa?
Sinceramente y, después de haber estudiado la historia de la creatividad, creo que vivimos momentos muy poco interesantes.

¿E internet? ¿La genética?
Son aportaciones raquíticas a la inventiva humana. Hace un siglo usted y yo no hubiéramos tenido esta conversación, porque estaríamos demasiado emocionados hablando de inventos extraordinarios: el automóvil, el motor, el teléfono, la radio, la energía eléctrica, los antibióticos, las vacunas, la relatividad, el tren perfeccionado, el avión que empezaba a despegar... Y la abstracción, el surrealismo, los ismos, el psicoanálisis, la llegada del marxismo al poder...

Fueron muchas ideas en poco tiempo.
En cuanto a mi generación, ya tuvimos novedades menos emocionantes: el Estado de bienestar, la píldora, el transistor que luego permitió el PC, el descubrimiento de que el hombre venía de África y con ello el fin del cientificismo racista...

¿Y los chicos de ahora qué tienen?
Poca cosa, la verdad. De hecho, han sufrido la degradación de la televisión.

No es nueva: yo ya quedé algo tonto.
Comienza en los ochenta, porque hasta entonces la televisión la hacen creativos que habían leído libros, pero a partir de los ochenta la tele la hacen jóvenes que, sobre todo, han visto la tele... ¡Y se nota! ¡Qué banal es!

Es culpa suya: ¡No vea la tele!
No la veo, pero eso no permite escapar de su degradante influjo. Vivimos la era de la autodegradación instantánea: ¿cuánto dura el impacto de un resultado de fútbol?

Hasta el siguiente partido... O menos.
Pues esa es la evolución espasmódica de lo real hoy. Una emoción instantánea que no exige ningún esfuerzo intelectual y que comienza a olvidarse casi desde el primer momento en que se ha experimentado... Como un resultado de la liga de fútbol.

No todo es fútbol.
Todo se vive ya como si fuera un partido de fútbol, un espectáculo: la emoción fácil e inmediata del espectáculo ha sustituido a la creatividad. La educación hoy es espectáculo; primero lo fue el periodismo, donde los periodistas serios fueron suplantados por humoristas. Como el discurso sobre la actualidad era cada vez más banal, oficialista e irrelevante: ¿Por qué no sustituir a los periodistas por payasos?

Por lo menos con ellos a veces te ríes.
Y una vez sustituida la información por payasos: ¿por qué no hacer de la educación otro circo? Los profesores hoy son evaluados por aburridos o divertidos. A los alumnos les preocupa pasar un buen ratito, porque la medida del éxito es la diversión.

Ellos se lo pierden.
¡No sabe usted cuánto! A la larga, el espectáculo continuo nos vuelve frívolos, superficiales, conformados, dominables con unas cuantas gracias al día.

¿No ha sido siempre así?
No para quienes se educaban. Sólo las personas cultas tienen auténtica vida privada: criterio para elegir su música, sus libros, sus conversaciones, su comida... Y han aprendido, por ejemplo, que la primera vez que escuchas música clásica puede aburrirte, pero si perseveras será una profunda fuente de placer el resto de tus días.

¿Los demás: carne de audímetro?
Viven para engordar cifras de audiencia y cuentas de resultado ajenas.


ESCLAVOS Y MAQUINAS

La televisión crea estados de ánimo instantáneos que se deshacen instantáneamente. Y ese ritmo emocional es hoy el de nuestras vidas: puro espectáculo. Mientras, explica Watson, las élites hacen su política, que consiste en no dejar de serlo. Así se explica que tengamos tecnología para sustituir al petróleo y las energías fósiles, pero sigamos dependiendo de ellas para que quienes se benefician de ese paradigma continúen dominando el juego. Del mismo modo, los griegos conocían la máquina de vapor y en Siracusa ya la utilizaban para mover juguetes en sus templos. ¿Por qué no utilizaban esa fuerza para crear máquinas? ¿Para qué? ¡Si ya tenían esclavos que hacían el trabajo! Y no eran ellos.


LLUÍS AMIGUET
(Foto: Inma Sáinz de Baranda)