divendres, 9 de febrer de 2007

ANTÒNIA CARRÉ PONS, investiga los orígenes de la misoginia

“Los hombres siempre nos habéis tenido miedo”





Tengo 46 años: nuestra cultura idolatra la juventud, pero yo ahora estoy estupenda. ¿Familia? Nada que decir. Lo más importante que nos pasa nos pasa por dentro, pero hay que aprender a escucharse. El hombre se cree racional, pero la literatura y la vida demuestran que es un animal pasional. Ellos envidian nuestra musculatura emocional


–Adán come la manzana por Eva.
–¿Qué manzana?

–Mujer, la de la Biblia...
–Lea el Génesis: no sale ninguna manzana. El pecado de comer del árbol del bien y del mal no era sexual hasta san Agustín, que nos demoniza.

–¿Y convierte a Eva en tonta y mala?
–Secundado por los autores medievales, que no hablan de manzana, sino de uva (Eiximenis),
melocotón (san Vicente Ferrer) o de “una figa” (Jaume Roig).

–Esa figa (higo) tiene segundas...
–Roig fue el gran campeón de la misoginia, pero lo políticamente correcto durante dos mil años ha sido denigrar a la mujer.

–¿Por qué?
–El hombre, por muy intelectual que se crea, se ve superado por nuestra capacidad afectiva y emocional, que lo supera...

–Algunos somos muy sensibles.
–¿De verdad? ... Y trata de conjurarla dudando de nuestro raciocinio.

–Por ejemplo...
–Nos acusa de incontinencia sexual, empezando por Juvenal, que dice de la mujer del césar que, como tantas romanas, hacía de prostituta por las noches para volver a palacio “cansada, pero no saciada”. Roig recoge el tópico de los orificios femeninos “que no los llenaría el Júcar ni el Ebro tampoco”.

–Otros se quejan de la frigidez.
–Se trata de dudar de nuestro autocontrol. Desde hace dos mil años he rastreado cómo nos describen: incapaces de controlarse en el sexo, en la comida, de guardar un secreto; hablamos por los codos, inconstantes...

–... Impulsivas, superficiales, veleidosas...
–En resumen: faltas de seso. Ahí coinciden médicos, teólogos y juristas desde Hipócrates o Galeno hasta los novelistas románticos. Tienen otra cosa en común: desdeAvicena, que observa en su Canon que las mujeres también poseen dos testículos pequeñitos...

–Pero algunas los tienen bien puestos.
–¿Ve? ¡Ahí iba yo! Incluso hoy, el modo más generalizado de halagar a una mujer es decir que es como un hombre. En su subconsciente usted nos considera, como Avicena, hombres de segunda: varones incompletos.

–No lo volveré a hacer.
–Hasta el siglo XIX los neurólogos interpretan las diferencias fisiológicas entre el cerebro femenino y masculino como la evidencia científica de que somos inferiores. El fundador de la frenología, F. Gall, está de acuerdo con Aristóteles, veinte siglos después, en que los cerebros femeninos eran más pequeños, ergo menos capaces.

–¿Y la Ilustración?
–Sigue la línea: Descartes afirma que las señoras somos inferiores en capacidad de raciocinio,
siguiendo a los medievales, que lo constatan al medir muestros cráneos.

–Pero las chicas son más intuitivas.
–¿Lo ve? ¡Otro topicazo milenario!

–Perdón: creí que era una virtud.
–Los filósofos medievales apuntan que si un hombre necesita un consejo madurado y profundo debe acudir a otro hombre, pero si tiene prisa, puede dirigirse a una mujer, porque ellas tienen lo que Eiximenis denomina “consells sobtosos” (súbitos).

–¿Lo ve?
–Santo Tomás ni siquiera nos reconoce ese minicerebro de emergencia, porque sostiene que, excepto en parirle hijos, en todo lo demás un hombre encontrará siempre mejor compañía y más cerebro en otro hombre.

–Una y no más, Santo Tomás.
–Ya san Pablo, para prohibirnos predicar, argumenta nuestra inferioridad intelectual,

–Prohibición aún vigente en el Vaticano.
–Hasta hace un siglo a las mujeres nos negaban el acceso a la universidad y luego esos mismos que nos impedían educarnos nos acusaban de ignorancia. Y tenían de nosotras otros miedos más pintorescos.

–¿Miedo a qué?
–A la menstruación: Plinio ya afirma que una menstruante impide que germinen los cereales y hace que los perros rabien.

–¡En mi pueblo no hacían la mayonesa!
–Un falso prejuicio sostenido por siglos de tratados médicos. Pero esa aversión milenaria a la menstruación pervive, y es tal que a mí se me advertía estúpidamente de no bañarme con la regla o no lavarme la cabeza.

–Todavía circulan leyendas al respecto.
–Con doctrina secular: el concilio de Nicea prohibió en el año 325 la entrada a la iglesia de las menstruantes y de los apestados.

–Si hoy vieran los anuncios de compresas.
–Pues aún tienden a tratar la menstruación como si fuera algo vergonzoso.

–Pero celebran el viril afeitado.
–Los tratados médicos medievales afirman que los hijos pelirrojos lo son por haber sido engendrados durante la menstruación.

–Me imagino que los mellizos entonces...
–Se atribuyen a un coito con múltiples varones. Otra pintoresca obsesión suya es determinar quién obtiene más placer del coito, el hombre o la mujer...

–Eso es fácil adivinarlo.
–Las mujeres, claro, son menos racionales. Así se justifican desde hace siglos barbaridades que aún se cometen hoy: el trovador Raimbaut d'Aurenga aconseja conquistar a la dama con “un bon cop de puny al nas” (un puñetazo en la nariz), y Torroella, en el XV, sostiene que las mujeres sólo entregan su corazón a quienes les hacen más daño.

–¡Qué peligro!
–El teólogo Guillem de Conches demuestra que las violadas acaban por agradecerlo por la “maldad de su carne”. Pero déjeme citar también a Cristina de Pizán, quien lo rebate con éxito en 1405 en La ciudad de las damas. Ya ve que hemos tenido pocas defensoras, pero de mucho mérito.


MEJORES

Descubro a menudo mujeres que valen más que sus hombres y me pregunto por qué se autolimitan para no parecer más inteligentes, cultas o capaces que ellos. Por qué no quieren ser el médico sino la enfermera; ni el empresario sino su secretaria; ni el premio Nobel sino su fiel auxiliar. Carré ha rastreado los orígenes de esa misoginia de veinte siglos que ha acabado convenciéndolas de que no merecen más papel que el que se les adjudica. “Al final –ironiza– nosotras acabamos siendo un ‘coñazo’ mientras ellos son ‘cojonudos’”. También es autora de una estimable adaptación del ‘Espill’ de Jaume Roig, campeón de misoginia, y, mujer sabia, sabe leerlo en contexto sin escándalo, riendo las ocurrencias machistas del disparatado galeno valenciano.


LLUÍS AMIGUET
(Foto: José María Alguersuari)