divendres, 12 de desembre de 2008

JOHN MICHAEL BISHOP, pionero de la oncogenética y premio Nobel de Medicina 1989

“¡Ninguna droga da el subidón de acertar con una hipótesis!”






Tengo 71 años: dirijo mi laboratorio y soy rector de la Universidad de California (San Francisco). Mi padre era pastor protestante y yo soy agnóstico con vida espiritual. La medicina sólo es efectiva si es para todos. Colaboro con el Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona


¿Cómo se gana un Nobel?
Esa es una pregunta retórica que me hice para titular un libro. Lo titulé así para llamar la atención...


¿Cómo se gana el Nobel?

Teniendo mucha suerte: estando allí en el momento preciso. Por lo menos eso es lo que hice yo... ¡Y me dieron el Nobel!


¿Se limitó usted a tener suerte?

Y mucha. Mi padre era pastor protestante y yo nací en un pueblecito rural: nada que ver con la ciencia. Yo llegué a ella de casualidad, porque en la facultad de Medicina me interesó más investigar que ejercer.


¿Por qué?

Me gustaba resolver rompecabezas, y el más difícil y maravilloso que existe es el de la vida humana. Aún tengo mucha más curiosidad que conocimientos: ¿usted no se plantea cómo funciona el cerebro?


Sí, pero sin grandes resultados.

¿Usted no ha pensado nunca por qué tenemos conciencia de ser?


¿...?

¡Ahí tiene un rompecabezas maravilloso!


¿Cómo se investiga?

Siga a su nariz tanto como a su cerebro. Aprenda a combinarlos.


¿Investigar es como tirar la red de la hipótesis en el mar de las posibilidades?

Yo no creo que sea tan azaroso, pero es cierto que investigar no se puede programar como el lanzamiento de un cohete. La ingeniería se programa; la ciencia, no, porque la ingeniería planifica los conocimientos disponibles para un resultado concreto, y en ciencia se trata precisamente de descubrir, y a veces no se sabe exactamente qué.


Entonces...

Es más seguir tu nariz, la intuición, pero que se alimenta de conocimientos racionales: de tantas cosas que no sabes que sabes. Y de repente... ¡conexión! ¡Los conectas! Te puede pasar en la ducha, en la carretera, o en el laboratorio, o en sueños...


¿Cómo fue su descubrimiento?

Teníamos la intuición de que los genes tenían un papel central en el cáncer, pero no sabíamos probarlo. Así que buscamos una manera de detectar sus disfunciones en el ADN humano... ¡Y funcionó! Esa fue la hipótesis correcta, pero casi cada día de mi vida me he desmoralizado al descubrir que otras –cientos de ellas– eran incorrectas.


Y así nació la oncogenética.

Ahora parece fácil deducir que si una célula cancerosa es una célula fuera de control, el problema está en los genes, que son los que programan y controlan las células. Sería como un ordenador –el cuerpo y sus células– con un programa dañado –los genes– que destruyera toda información –la vida– en él.

¿Por qué fallan esos genes?

No lo sabemos con precisión, pero sabemos que el tabaco en los pulmones nos introduce sustancias que dañan directamente nuestro ADN y provocan cáncer de pulmón –está demostrado– y también otros cánceres.


¿Hay alimentos que causan cáncer?

Sobre la dieta no hay evidencias claras.


¿Hay otras evidencias claras?

La excesiva radiación solar provoca cáncer de piel, y diferentes virus, los de hígado y linfomas diversos... Hemos relacionado el cáncer de vejiga con sustancias químicas de algunas industrias. Y el cáncer de matriz está causado por otro virus: el del papiloma.


¿La vacuna contra ese virus del papiloma cancerígeno es mejor que los test?

Sé que es cara, pero tiene la ventaja sobre los test de que sirve de una vez para siempre: una vacuna universal contra ese virus sería más efectiva que test universales.


Pues aún sabemos cosas del cáncer.
Pero repasemos los mayores cánceres mortíferos: mama, próstata, colon, páncreas, ovarios… Todavía no sabemos qué causa esos cánceres, pero sí sabemos que, sea cual sea la causa, provoca disfunciones en los genes que controlan esas células: o dañando los genes o haciendo que no funcionen los controles epigenéticos.


¿No se podrían arreglar esos genes?

No: hay miles de millones de células. Lo que sí se está haciendo es reprogramar esos genes fuera del cuerpo e inyectarlos con una célula madre en el cuerpo enfermo para que reprogramen el funcionamiento de esas células. Esa es una línea de trabajo.


¿Qué más hacen contra el cáncer?

Fijamos como objetivo las moléculas que transportan las instrucciones de los genes llamadas proteínas. Podemos fabricar drogas que regeneren esas proteínas dañadas.

¿Y eso funciona?

Algunas de esas medicinas curan en días; logran un efecto espectacular, como el de una bala mágica que destruyera el cáncer.


Por ejemplo.

Tenemos un fármaco que consigue esa reparación genética y así cura una rara forma de leucemia. Tenemos en marcha otras drogas contra el cáncer de colon –aún sin resultado– y de pulmón –aún sin resultado–.


Pues adelante, doctor.

Y tenemos resultados esperanzadores con ingeniería genética en laboratorio para fabricar drogas contra el cáncer de mama.

Y usted empezó todo esto...

Le aseguro que no tenía ni la menor idea de que lo que investigaba iba a servir para algo en medicina clínica. Me alegro, pero yo investigaba por el placer de resolver rompecabezas. Conozco muchas drogas...


Le creo.

Pues... ¡ninguna da el subidón de haber acertado con una hipótesis!




Un esfuerzo divertido


Al Nobel Bishop le hace ilusión salvar vidas, pero cuando le veo excitado de verdad es al recordar las veces en que ha acertado con una hipótesis:
“¡No hay droga –jura extático él, que las conoce todas– que dé mayor subidón!”. Ni nada más depresivo que demostrarse popperianamente en el laboratorio día tras día que una hipótesis es falsa. Últimamente abundan las loas a la cultura del esfuerzo, pero, más que predicar el sudor por el sudor, que es una estupidez para esclavos, recordemos –con Bishop, que no es ningún monje– lo divertido que es investigar: no es que a él le guste quemarse las pestañas en el laboratorio, sino que disfruta tanto descubriendo que acepta gustoso el esfuerzo que conlleva.


LLUÍS AMIGUET

(Foto: Ana Jiménez)