dijous, 17 de juliol de 2008

RAY KLUUN, su novela autobiográfica se ha convertido en superventas en toda Europa

“Abandóname y te librarás de mi cáncer”




44 años. Nací en Tilburgo y vivo en Amsterdam. Tenía una agencia de marketing, pero mi vida cambió. Enviudé y me he casado de nuevo. Tengo 3 hijas. Creo en otra dimensión y estoy seguro de que mi primera esposa ha estado apoyándome mientras escribía nuestra historia


Llevábamos una vida feliz, teníamos muchos amigos, dinero y una preciosa hija de 2 años; un cáncer de mama mal diagnosticado acabó con la vida de mi mujer en poco tiempo.

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Judith estaba muy orgullosa de su aspecto, era una mujer bellísima, pero en medio año se convirtió en otra cosa: esquelética, sin mama, sin pelo…

¿Y a usted qué le ocurrió?
En la sala de espera del hospital, antes de las sesiones de radioterapia, no dejaba de preguntarme qué hacía yo allí, entre gente mayor y desahuciada. “¡La gente de 30 años no tiene cáncer!”, me repetía una y otra vez.

Estaba rabioso.
Sí. Al principio lloramos mucho juntos y nos preocupaba qué peluca iba a ponerse. Tras un tiempo... Nosotros sabíamos el uno del otro que no éramos totalmente fieles, pero después de medio año ir con otras mujeres se convirtió en una obsesión para mí.

¿Por qué?
La gente tiende a escaparse abusando de la debilidad con la que se siente más a gusto, pero yo entonces no analizaba nada.

¿Se sentía culpable?
No, vivía en una especie de montaña rusa, no pensaba. Cuando estábamos juntos intentábamos afrontar la enfermedad, y mis escapadas nocturnas eran algo diferente, al margen. El cáncer es una patología extraña, hasta las últimas semanas lo que te duele son las cosas que haces para luchar contra él, pero no el cáncer en sí. Nuestra vida era normal, íbamos de vacaciones, salíamos...

Y usted acabó buscándose una amante.
Sí, mi actual esposa. Al principio era una escapada más, pero acabé contándole cosas que ya no les contaba a los amigos.

¿Por qué?
Ante una enfermedad mortal, todos los que te quieren entran en shock, pero tras un tiempo ya no saben cómo afrontar el asunto y tú no insistes en los pormenores; y ningún amigo se atreve a preguntarte cómo son las relaciones sexuales con una mujer que tiene un solo pecho, de manera que estas cosas íntimas las hablaba con mi amante.

¿Qué le contaba?
Que la presencia del cáncer era tan fuerte que no había tiempo para la intimidad; ocurre como cuando nace un bebé, el sexo queda relegado. Las pocas veces que tuvimos sexo fingíamos que la mama estaba allí. Pero quisiera explicarle algo.

...
En casa yo era el apoyo físico y emocional, y sé que suena injusto éticamente, pero con mi amante podía ser hombre.

¿A qué se refiere?
En casa debía ocuparme de la compra, de las cosas del hogar, de cuidar a nuestra hija. Es decir, en el momento álgido de tu vida te encuentras haciendo lo que esperarías hacer a los 60 años. Mi esposa se sentía tan culpable que me pedía que saliera a divertirme los viernes por la noche, así que llevaba una doble vida.

¿Llegó a cogerle manía a su mujer?
Hubo un momento en que pensé que ya no la quería, ingenuamente siempre había creído que, ante la enfermedad, el amor y el apoyo surgían automáticamente. Fui a todas las tandas de radioterapia con ella y ella estaba muy contenta conmigo, pero yo odiaba los hospitales y el cáncer, es decir, todo lo que tenía que ver con ella en aquel momento.

Y confundió la enfermedad con Judith.
Cuando ya el cáncer se había extendido, me dijo un día: “Sigo amándote mucho y soy muy feliz contigo, pero si no estás seguro de que me amas, no quiero seguir a tu lado el poco tiempo que me quede”.

¿Cómo llegaron ahí?
Yo disfrutaba la vida cuando no estaba con ella, ambos nos dábamos cuenta de que el cáncer se había llevado la pasión. Nos fuimos a Cannes unos días y allí me dijo: “Si me abandonas, quedas libre del cáncer, quiero que tomes una decisión antes de volver a casa”. Entones me di cuenta de que la quería muchísimo y quería estar con ella. Poco después, el médico nos dijo que era cuestión de meses.

...
Ambos dejamos de trabajar y nos vinimos al hotel Arts, a Barcelona, jugábamos al escondite los tres, disfrutábamos como locos. Luego alquilamos un castillo en Bélgica e invitamos a 50 amigos, era todo alegría.

¿No hablaban de la muerte?
Sólo tuvo que estar en cama los diez últimos días de su vida, y entonces profundizamos mucho, fue una experiencia espiritual increíble. A todos nos emociona ver a una pareja de ancianos cogidos de la mano; esa ternura, ese amor, no tiene nada que ver con el egoísmo de la juventud, cuando se da esa lucha por que el otro no te impida disfrutar de tu vida, ¿me entiende...?

Perfectamente.
“Estos son los días más felices de mi vida”, me dijo al final. Alrededor de su cama, en casa, estábamos los amigos y la familia. Había mucho humor y amor. Ella ya no tenía miedo, estaba como iluminada y lo único que le costaba aceptar era dejar a su hijita.

¿Ella eligió el día de morir?
Sí, tras su muerte compré una caravana, me fui tres años a Australia con mi hija y acabé escribiendo este cuento de hadas tan crudo sobre la potencia que tiene el amor puro que tuve la suerte de percibir y que me ha convertido en una persona más feliz. El cáncer nos desnudó a ambos y nos unió.


Lo que importa

Ray era un joven despreocupado con una bella y talentosa mujer. Una pareja moderna que disfrutaba de la vida y cuya máxima preocupación era dónde iría el próximo verano. Pero el cáncer irrumpió. Antes de morir, a los 36 años, Judith le dijo a Ray que escribiera la historia. Una mujer va al médico (Emecé; Columna, en catalán) ha vendido más de un millón de ejemplares. Kluun no disfraza sus miserias, miedos y contradicciones, sus escapadas con otras, su repulsión hacia esa vida de hospitales. Un relato intenso y honesto que acaba convirtiéndose en lección de amor: “De eso trata el libro, de ser tolerante con la debilidad ajena y de lo que realmente importa”.


IMA SANCHÍS
(Foto: Kim Manresa)