dimecres, 5 de setembre de 2007

EDMOND H. FISCHER, premio Nobel de Medicina 1992

“El éxito es hijo de mil errores”





Tengo 87 años y gané el Nobel a los 72, afortunadamente: me hubiera atontado recibirlo de joven. Nací en Shanghai: mi abuelo fundó allí un periódico. Tengo dos hijos, dos nietos y un yerno con el que, increíble, me llevo bien. Soy un agnóstico de laboratorio. Me mantengo alejado de la política por higiene. Toco el piano y leo bioquímica por placer


–Mi abuelo materno era periodista de L'Aurore y, tras el caso Dreyfuss, tuvo que exiliarse en Vietnam; después fundó en Shanghai el primer periódico francés en China: Le Courrier de Chine, por eso yo nací en Shanghai, donde mi padre era el titular de un prestigioso bufete. A los ocho años me enviaron a estudiar a Suiza y allí me sentí muy solo.

–Usted sólo era un niño.
–Pero en aquel internado tomé una decisión que hizo más por mi vocación que cualquier beca: mi mejor amigo, Wilfried Haudenschild, y yo nos juramentamos –a los 16 años– para acabar con las enfermedades y las guerras del mundo: él lucharía por la humanidad como ingeniero y yo como científico.

–Noble propósito.
–Ese juramento me impidió dedicarme profesionalmente a la música, que amo, y a la que he dedicado miles de horas de estudio. Me hice químico y me aburrí estudiando materia muerta hasta que descubrí el placer de la bioquímica, y a ella he dedicado mi vida en el sitio más apasionante en el que un ser humano puede trabajar: un laboratorio.

–¿Por qué es tan divertido un laboratorio?
–Porque en él sabes dónde y cuándo empiezas pero nunca dónde ni cuándo acabas.

–¿Eso es una ventaja?
–Eso es maravilloso, aunque desconcierte a quienes creen que pueden tenerlo todo planificado y bajo control. Un laboratorio es la vida misma: sabes que si trabajas conseguirás algo, pero no sabes ni cuándo ni qué.

–En su caso, el premio Nobel.
–¡No va así! El Nobel no es como la medalla de oro de unos JJ.OO. para la que el atleta se mentaliza, trabaja, se prepara y gana. El Nobel te lo dan –o no– por añadidura, cuando tu vida y tu trayectoria profesional ya tienen un sentido. Si te lo dan, bien; si no, pues no cambia nada en tu trayectoria: tendrás o no un éxito, el que tú te quieras conceder, pero no por haber o no haber recibido el Nobel.

–Para usted, que lo logró, es fácil decirlo.
–Yo tuve la enorme suerte de que me dieran el Nobel en 1992 a los 72 años, cuando ya llevaba dos años jubilado, y por un descubrimiento que había hecho 50 años antes.

–¿Eso es suerte?
–Al haberlo recibido ya retirado me evité el peligro de entontecerme por la vanidad. Me refiero a contestar a periodistas que igual te piden un pronóstico sobre la liga de béisbol que la solución del hambre en el mundo.

–Lo siento: no era mi intención...
–Usted me está preguntando quién soy y eso creo que sí se lo puedo contestar.

–Así que le dieron el Nobel por casualidad.
–Me arriesgué a que me lo dieran trabajando mucho, pero sin sufrimiento, la verdad, porque tenía una enorme ilusión. Edwin G. Krebs y yo fuimos premiados por lograr una reacción que podía haber sido un trabajo más, pero, por casualidad, resultó ser decisiva para entender los procesos celulares.

–¿Es habitual esa suerte en el laboratorio?
–Tienes que buscarla con esfuerzo y talento, pero no logras nada sin ella. La ciencia debe más a la casualidad que al genio.

–Hay mucho sudor tras esas casualidades.
–El trabajo se puede planificar; el punto de partida lo tienes y el objetivo lo puedes elegir, pero el destino final de todo viaje científico es una incógnita. Y por eso me apasiono cada día cuando sigo a mis alumnos y sus trayectorias: nadie sabe dónde va a surgir el próximo descubrimiento espectacular.

–¿Usted les anima?
–Yo soy el viejo pesado que les dice qué han de hacer: es maravilloso aconsejar a otro lo que tiene que hacer sin tener que trabajarlo y sin asumir los riesgos de equivocarse. ¡Ah! Pero si, por casualidad, alguna vez acierto con mi consejo nunca me olvidó de recordarles a mis chicos lo mucho que me deben.

–Es usted demasiado modesto.
–Me limito a reconocer la evidencia: la suerte es nuestra primera colaboradora en el laboratorio; la segunda es la equivocación: en ciencia, el éxito es hijo de mil errores.

–¿Dónde está la perseverancia?
–Detrás de las dos: recuerde que Mendel sólo quería mejorar sus guisantes, pero perseveró y acabó descubriendo las leyes de la genética, una revolución para la humanidad.

–Pero el método Mendel era muy riguroso.
–Supo dudar. Einstein solía repetir que miles de experimentos positivos jamás serían capaces de probar sus teorías; en cambio sería suficiente uno solo negativo para demostrar que estaba del todo equivocado. La duda es la maleta más valiosa del equipaje de los genios y la que más falta en el de los fanáticos.

–¿En qué sentido?
–Si los fanáticos políticos o religiosos aceptaran una posibilidad –aun remota– de que pudieran estar equivocados, ahora mismo no tendríamos ninguna guerra en el planeta.

–¿Un descubrimiento puede planificarse?
–No, pero podemos crear una atmósfera propicia al saber y a la inteligencia, que apoye la investigación y reconozca que los peligros para el futuro de la humanidad no están en la ciencia sino en la ignorancia...

–¡Proclamémoslo!
–... Por eso me entristece tanto comprobar que hay quien se opone, en nombre de una mal entendida moral, a aprovechar células madre de embriones humanos, que van a ser lanzados al vertedero como desecho hospitalario, para la investigación genética que hoy es esperanza cierta de muchos paralíticos y de millones de enfermos.

–¿No existe peligro de banalizar y manipular el origen de la vida humana?
–El peligro está en no investigar cómo se origina nuestra existencia y en no aprovechar ese saber decisivo para curar.



La duda sabia

¡Qué tarde deliciosa con Fischer en la playa del Kempinski de Fuerteventura! Un puñado de doctorandos sigue nuestra conversación y otros departen con los 14 premios Nobel que participan en el Forum de la Excelencia 2007. Fischer es un habitual del encuentro y disfruta sembrando la duda –primer atributo del científico– entre las jóvenes promesas del laboratorio; y la ironía, entre sus colegas. Les regalo de su parte cuatro frases para animar
el camino de todo aprendiz: “El peligro nunca está en la ciencia sino en la ignorancia”; “La ciencia debe mucho más a la casualidad que al genio”; “En el laboratorio, el acierto siempre es hijo de mil errores”; “El Nobel te cae –o no– por casualidad, pero tienes que arriesgarte con tu trabajo a que
te toque”; “Duda y aprenderás”.



LLUÍS AMIGUET
(Foto: Joan Pujol)